El futuro del orden mundial

Muchos hablan de una alternativa multipolar, en la que varios Estados puedan discutir las normas

 

Por Atilio Molteni Embajador

 

Bajo el título “Por qué debemos preservar las instituciones y el orden internacional”, un importante número de especialistas estadounidenses publicaron una solicitada que tuvo como principal destinatario al presidente Donald Trump. El texto apareció en el New York Times e indica que los firmantes no respaldan la gestión del jefe de la Casa Blanca, a pesar de los grandes beneficios que, según ellos, aportó al país.

 

Tan infrecuente análisis da pie para escarbar algo más en las posiciones del que hoy ocupa la Oficina Oval y especular acerca de las eventuales consecuencias de ese pensamiento. Sus enfoques se destacan por varios aspectos.

 

Una impiadosa crítica a las actuales alianzas militares, debido a que su estructura induce a sobre-extender notablemente las fuerzas de Estados Unidos y a generar un escenario de antagonismo con sus aliados, rasgos que no son útiles para proveer, en forma adecuada, a la defensa común.

 

La percepción de que Washington mueve sus piezas con desventaja debido a las presentes características de la economía global y a su secular déficit comercial, lo que origina tensiones con aliados tradicionales como la Unión Europea (UE), Japón, Canadá y México, y un obvio e inevitable estado de guerra comercial con China.

 

Su simpatía personal hacia los dirigentes fuertes y autoritarios, así como hacia ciertos movimientos nacionalistas y populistas.

 

Su valoración de que los problemas internos de su país son evidente consecuencia de las dificultades externas.

 

Este razonamiento lo indujo a decidir improvisados y muchas veces torpes retiros de proyectos, acuerdos u organizaciones como la Alianza Transpacífica (TPP), el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, la Unesco, el Acuerdo Nuclear con Irán y el Acuerdo de París sobre Cambio Climático, lo que también incluyó furtivas amenazas de retiro de la Organización Mundial de Comercio (OMC). Sus opiniones se alinean con la actual cultura aislacionista que prevalece en vastos sectores del pueblo estadounidense a partir del fin de la Guerra Fría, etapa en la que no son muchos los ciudadanos que comparten la razonabilidad de la proyección del poder y del liderazgo norteamericano, al haberse evaporado de la memoria las razones que motivaron ese estado de cosas.

 

Cabe recordar que la preeminencia de Estados Unidos en el mundo surgió al finalizar la Segunda Guerra Mundial, etapa en la que dejó atrás su proverbial aislamiento y empezó a colaborar con Estados de pensamiento similar para sostener el nuevo orden internacional, cuya preeminencia nunca llegó a ser absoluta. Washington sólo fue el motor más influyente del sistema, debido a un conjunto de características geopolíticas que favorecían esa actividad. Bajo esa percepción estableció una serie de normas de cooperación para hacer posible la paz y la estabilidad económica, lideró la organización de instituciones globales para administrar dicho sistema (como la ONU, el Banco Mundial, el FMI y el Gatt, hoy devenido en OMC). Los antedichos objetivos surgieron de conductas pragmáticas, no de visiones ideológicas, y son subproducto de una modalidad efectiva para superar el origen de dos guerras catastróficas, evitar la competencia estratégica con los Estados europeos y una región Asiática hasta ese momento empobrecida, así como por las condiciones económicas circunstanciales, donde vivía el flagelo del proteccionismo comercial y un entente en el que cada país daba rienda suelta a sus intereses.

 

Grandes componentes de ese orden tuvieron contenido liberal, debido a la intención estadounidense de forjar un sistema económico que le permitiera aumentar su propia riqueza y competitividad como potencia líder, un escenario que requería crear mercados abiertos de naturaleza global.

 

Otro de los insumos de tales procesos, estuvo en el paralelo fortalecimiento de las democracias (en distintas olas de democratización), sin obtener el mismo éxito que el visto en la cruzada por la globalización económica debido a que, en muchos casos, las situaciones individuales chocaron frontalmente con los intereses de carácter global de Washington.

En otras situaciones, porque la tendencia de los pueblos fue buscar la protección de gobiernos fuertes, lo que provocó la subsistencia del autoritarismo, especialmente en Rusia y China. En ciertos momentos del zenit de su poder, Estados Unidos logró que otros países compartieran sus puntos de vista, e inclusive toleraran sus visibles excesos, ya que fuera de su territorio Washington no se sintió constreñido por las leyes y las instituciones de su propia creación. Muchos Estados admitieron la primacía y el poder norteamericano, por simpatía hacia esa visión del mundo y por su propio interés nacional.

 

La idea madre de estos procesos fue que la preservación de la paz estuviera a cargo de la ONU. Sin embargo, ello resultó efímero cuando la ex URSS dejó de ser un aliado y se transformó en un enemigo potencial, hecho que generó la necesidad de montar una elevada presencia militar de los Estados Unidos en Europa y la creación de la OTAN. Durante la posterior Guerra Fría, la elevada rivalidad global y el conflicto ideológico derivó en un mundo bipolar y geoestratégicamente competitivo el que, con diversas formas y modalidades, no desapareció del todo. Luego, por breve espacio de tiempo, se desarrolló la sensación de hegemonía de los Estados Unidos como la única superpotencia, una consecuencia que parecía natural ante el desmembramiento de la ex URSS y de otros acontecimientos de naturaleza equivalente. A pesar de ello, ese orden mundial siguió primando pues no había sido creado para enfrentar a Moscú, y sus principios se aplicaron, por ejemplo, cuando en 1991 Saddam Hussein amenazó la estabilidad mundial. Fue un momento de gran convergencia internacional, durante el que la competencia parecía cosa del pasado, en virtud del poder que exhibió Washington y dio vida, erróneamente, al concepto del “fin de la historia”.

 

Pero la Segunda Guerra en Irak, la crisis financiera de 2008 y sus grandes cimbronazos bancarios, energéticos y alimentarios permitieron entender que estaba concluyendo el predominio exclusivo de Estados Unidos y comenzaba, por su menor gravitación, un ciclo muy distinto.

 

La pregunta que aún sigue sin respuesta es qué va a pasar con el orden internacional liberal cuando Putin y Xi Jinping se alejen de ese eje del poder, por ser Estados autoritarios que ven amenazados sus intereses. Muchos hablan de una alternativa multipolar, en la que varios Estados puedan discutir las normas desde una situación privilegiada, con cierta preponderancia de Estados Unidos, pero donde también figuren China, India, Rusia, la UE y Brasil, quienes también deberían tener incidencia sobre las decisiones en virtud de su importancia objetiva en términos de población, dimensión económica y potencia militar (con la observación de que la UE no es un país sino una organización de Estados, que nunca declinaron ciertos aspectos de su soberanía).

 

Al comparar estos indicadores desde 1990 –en pleno orden unipolar– y 2017, se destaca que China aumentó su participación en el PNB y sus gastos militares (del 1.7% al 15%, y del 1.6% al 13.8%). La India también, en una proporción menor (del 1,4% al 3,3%, y del 1,4% al 3,6%, respectivamente), mientras la UE bajó su PNB en diez puntos y sus gastos militares en cinco, Japón su PNB en siete y Estados Unidos lo disminuyó al 24,3%, pero sigue siendo el del mayor gasto militar del mundo (36,1 %) mientras la Federación Rusa no tiene gran significación, salvo por la importancia de sus arsenales nucleares.

 

En todo caso hoy la alternativa más evidente podría ser un orden internacional cuyos componentes se vean condicionados por las opiniones privilegiadas de Estados Unidos y China. Algunos especialistas hablan del G-2, debido a que esta última alternativa puede dominar la economía mundial, con limitaciones geoestratégicas ante la existencia de influyentes Estados y entidades regionales, (como Japón, India y la UE), del grado de éxito de su proyecto sobre una nueva Ruta de la Seda, lo que está condicionado por la proyección de su capacidad militar y por el nivel que alcance e su ingreso per cápita.

 

En este caso, Argentina debería tener en cuenta que van a quedar atrás muchas características del orden mundial liberal que tuvo su vigencia durante setenta años, pues en China el capitalismo tiene características distintas y la democracia es un objetivo culturalmente lejano y distinto, no una realidad.

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