Ahogados en un vaso de agua

¿Qué debe hacer el Gobierno ante la difícil coyuntura económica?

Por Jorge Bertolino Economista

 

En numerosas notas, en esta misma columna, hemos intentado reiteradamente, con nulo éxito, influir en la construcción de una alternativa superadora de la poco exitosa política económica actual.

 

Los dos recomendaciones fundamentales en las que hemos puesto énfasis una y otra vez, hasta cansar a nuestros lectores, han sido.

 

  • Disminuir rápida y significativamente la presión impositiva global de la economía, mediante la eliminación de todas las gabelas nacionales, provinciales o municipales que gravan los costos de las empresas. Reducir al 25% el Impuesto a las Ganancias de las empresas y al 15% a las del sector Pyme. Eliminación de los impuestos a los Ingresos Brutos provinciales. Eliminación de los impuestos que incrementan los costos laborales no salariales.

 

  • Efectuar reformas estructurales para disminuir el “costo argentino”: reforma laboral, reforma administrativa del sector público, reforma del sistema jubilatorio. Eliminación de todos los beneficios sociales que no estén debidamente justificados, principalmente las más de un millón de sospechosas pensiones por invalidez otorgadas en la última década, las que deben ser auditadas detalladamente, conservando sólo aquellas que estén debidamente justificadas.

 

 

El propósito de este conjunto de cambios, que debiera ser anunciado como parte de un acuerdo con la oposición  política y social es el de determinar un puñado de políticas de estado que incrementen significativamente la rentabilidad empresarial. El horizonte temporal es clave. La marea inversora que provocaría el compromiso opositor de mantener bajos los impuestos y los costos estructurales sería dantesca.

 

Un futuro con bajos impuestos y bajos costos estructurales, que permitiría producir más y generar más y mejores empleos y salarios es seguramente deseable y preferido por la mayoría de los partidos políticos y los actores sociales.

 

Pero, lamentablemente, en la mayoría de los casos, esta preferencia es a beneficio de inventario. Se desea el escenario, pero no se está dispuesto a pagar los costos políticos necesarios para generarlo.

 

Tampoco parece existir el sentido de urgencia que desde aquí reclamamos. Por caso, el Gobierno de Mauricio Macri tiene programado finalizar su gradual aplicación en algo así como cuatro o cinco años. Pero la falta de acompañamiento de la oposición genera abrumadoras dudas en el universo inversor nacional e internacional.

 

El título de esta nota alude a la confusión social, que no permite vislumbrar una salida al final del largo túnel de estancamiento y frustración  en la que estamos inmersos desde hace varias décadas. No debemos engañarnos: no estamos asistiendo al fracaso de un Gobierno, sino al de la sociedad toda, que no ha sido capaz de generar un liderazgo simplificador de la problemática económica. Hemos generado, en cambio, liderazgos políticos enamorados de recetas económicas alambicadas y complejas, con especialistas de diferentes escuelas, cada una a su debido tiempo, explicándonos las dificultades para crecer debido a un mundo reticente a otorgarnos las ventajas que necesitamos para hacer realidad nuestros sueños de grandeza y bienestar.

 

Deberíamos entender, de una buena vez, que la economía es mucho más sencilla de lo que nos predican a diario los expertos y opinadores. Es la presencia de rentabilidad en los proyectos de inversión presentes y futuros lo que determina el nivel de crecimiento, primero de la economía en su conjunto, y luego de los ingresos de la población.

 

Es sencillo salir de la situación actual y crecer aceleradamente con el marco descripto por nuestras recomendaciones. Países tan disímiles como China, Chile, Polonia, Etiopía, Vietnam, Irlanda, entre otros, crecen año tras año entre 7% y 8%, duplicando cada lustro su ingreso per cápita, mientras nuestro país continúa enmarañado en un sinfín cíclico de artificios monetarios y cambiarios inconducentes.

 

Sería conveniente abandonar la búsqueda de la alquimia salvadora y sumergirse con pasión y decisión  en la compleja tarea de generar los consensos necesarios para traer al presente ese escenario futuro fascinante que nos espera si superamos inteligentemente nuestras conventillescas desavenencias.

 

No es tarea del economista, sino del político, generar el proceso descripto en estas líneas. Finaliza aquí nuestra tarea. Pasamos la posta al Presidente, sus ministros, la oposición, los sindicatos, los empresarios y el resto de los actores sociales.

 

Solo debemos agregar que una escenificación dramática del “pacto para el crecimiento y el desarrollo acelerado de la economía y la sociedad” que aquí proponemos puede ser útil para galvanizar en su apoyo a la opinión pública nacional e internacional.

 

Un anuncio formal y conjunto con la oposición, por cadena nacional, y la firma de un compromiso escrito de eliminar de la competencia política este núcleo de coincidencias básicas, describe adecuadamente el escenario propuesto.

 

La discusión política y la competencia electoral, ineludiblemente girará siempre en torno de la preferencia social por mayor distribución (con mayores impuestos y/o trabas estructurales o regulatorias) o mayor crecimiento (con menores impuestos y/o trabas estructurales o regulatorias).

 

Debe suspenderse esta discusión por cinco años, quizás renovable a propuesta de los firmantes para permitir la aparición de los primeros frutos de las ideas propuestas.

 

Si creciéramos cinco años seguidos a 7-8% anual, seguramente abandonaríamos definitivamente las retrógradas ideas que definieron la organización de nuestra economía en las últimas décadas y el nuevo modelo se enraizaría profundamente en la mente y los corazones de nuestra gente, haciéndose imposible retornar nuevamente al estado anterior a su aplicación.

 

Dejemos a estas ideas, por un momento, dormir el sueño de los justos, y analicemos a continuación el devenir de la economía nacional de los próximos meses y años sin los cambios propuestos en esta nota.

 

  • Los instrumentos ortodoxos de política económica están a punto de agotarse. Asistiremos a continuación (en los próximos días o meses) al resurgimiento de alternativas probadamente inútiles para generar crecimiento y desarrollo, aunque quizás las únicas disponibles en ausencia de la aplicación de nuestra propuesta, para intentar aplacar la furia devaluatoria y la preocupante espiral recesiva que, lamentablemente, recién ha comenzado, y se agravará en los próximos meses.
  • Se intentarán artilugios cambiarios tales como una devaluación compensada con nuevas retenciones a las exportaciones, o un desdoblamiento del mercado cambiario que fije un valor más bajo del dólar para las exportaciones y para algunas importaciones y otro más alto para el resto de las importaciones y para las transacciones financieras y el turismo.
  • Se intentará gravar a los sectores de más altos ingresos para disminuir el déficit fiscal. Esto es lo que propone la oposición, y el gobierno seguramente cederá y permitirá que esta desastrosa idea se haga realidad. Subir la presión impositiva y disminuir la rentabilidad de la inversión es exactamente lo contrario de nuestra propuesta y de lo que el país necesita para crecer y desarrollarse.
  • El valor de la divisa necesario para equilibrar el sector externo, en ausencia de cambios estructurales y disminución de la presión impositiva, es muy superior al actual. El incesante incremento del precio del dólar generará una inflación permanentemente alta y sostenida, provocando una disminución de los ingresos reales de una vasta mayoría de la población. Esta situación generará un descontento aún mayor y se incrementará el riesgo de manifestaciones violentas de este sentimiento de frustración social.
  • Si la sociedad tolera la baja generalizada del nivel de vida y el incesante incremento de la pobreza y la marginación social, asistiremos, luego de uno o dos años de penurias a un resurgimiento transitorio de la producción y de las exportaciones. Se inflará nuevamente el gasto público y comenzará nuevamente el ciclo populista, incrementando el déficit fiscal, generando un nuevo round de desequilibrios en el sector externo. Nuevas presiones devaluatorias harán repetir el escenario del comienzo, dejando todo a fojas cero. La economía del Día de la Marmota.
  • En diez años estaremos hablando de otra década perdida, mientras otros países habrán cuadruplicado sus ingresos, utilizando las sencillas recetas que recomendamos en esta columna y que tan empecinadamente nos negamos a aplicar.

 

Para no extendernos excesivamente, dejamos para una próxima entrega la justificación teórica, histórica y conceptual, a nivel internacional primero y local después de las ideas y propuestas aquí expresadas.

 

Si seguimos ahogándonos en el vaso de agua de las desavenencias y las grietas, priorizando los intereses electorales en lugar del bienestar de las próximas generaciones, que Dios y la Patria nos los reclame.

 

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