Sobre los ciclos cambiarios (parte III)

En Argentina, el potencial efecto político del ciclo cambiario complica las posibilidades de lograr un tipo de cambio competitivo y estable

dólar peso inflación

 

Por Pablo Mira Docente e investigador de la UBA

 

Las dos notas anteriores (I y II) versaron sobre la naturaleza de los ciclos cambiarios en Argentina. En la primera parte se describían las características de la apreciación y posterior depreciación del tipo de cambio real y, en la segunda, se presentaron algunas posibles estrategias para desterrar este círculo vicioso, y sus limitaciones. Esta nota concluye la serie.

 

El economista Arslan Razmi (Universidad de Massachusetts en Amherst) escribió recientemente un artículo provocador en el cual revisa las diferencias históricas, tanto estructurales como políticas que distinguen la experiencia con la política cambiaria del caso asiático frente al latinoamericano. Los datos presentados por Razmi desde 1960 muestran diferencias importantes entre ambos grupos de países. Asia mostró, en promedio, una devaluación real estimada de alrededor del 13% mientras que América Latina mostró una revaluación real promedio de 1%. Según Razmi, Argentina muestra apreciaciones promedio de ¡60%! En parte, esto se refleja en la cuenta corriente, con los países latinos experimentando un déficit para el período de 1,8% del PIB y los asiáticos mostrando un superávit medio de 2,7% del PIB.

 

Algunos factores estructurales presentados en el paper también son interesantes. La subvaluación cambiaria de Asia convivió con una mayor participación de las manufacturas en el producto, con un promedio de 25% del PIB, frente al 20% en América Latina. En las exportaciones, las diferencias son aún mayores. En Asia representan 57% del PIB y en América Latina 20%, con una diferencia nítida además en cuanto a su composición, que en los países de Oriente es predominantemente industrial. Finalmente, el empleo industrial representa en Asia el 26,4% del empleo total contra 21,4% en nuestro continente.

 

Estos números proveen una aproximación bastante clara de la participación relativa del sector transable en las economías de estos dos grupos, mucho mayor en Asia. Razmi estima además el monto de inversión en el sector transable en cada caso, y encuentra que, nuevamente, los asiáticos nos llevan mucha ventaja.

 

El artículo recorre además las muy diferentes condiciones iniciales que enfrentaron ambos continentes a la hora de encarar su política cambiaria. En primer lugar, los países asiáticos tenían en los ‘60 una economía con alta informalidad y desempleo, lo que significó una mayor intensidad de uso del trabajo en la producción de exportables. Segundo, Asia traía una suerte de “memoria histórica” de producción de transables asociada a políticas de crecimiento orientadas a la exportación en el pasado. Y tercero, la mayor presencia de empleo en los sectores transables hacía políticamente más tolerable propiciar una política de tipo de cambio competitivo.

 

Estas condiciones eran mucho más moderadas en América Latina durante la posguerra que, por distintas razones, había desarrollado una economía más cerrada y orientada al mercado interno. En ese entorno, las preferencias políticas del votante mediano inevitablemente favorecían a la apreciación, hecho que de alguna manera debía ser reflejado en las opciones de política con posibilidades de llegar al poder.

 

En Argentina, ese potencial efecto político del ciclo cambiario complica las posibilidades de lograr un tipo de cambio competitivo y estable, porque las preferencias del votante estarían asociadas a una estructura actual de la economía donde predominan los servicios no transables. A lo que cabría agregar otro aspecto estructural de suma importancia: el empeoramiento de la distribución del ingreso, que creó un decil diferencialmente rico dispuesto a todo para evitar que se le restrinja su derecho irrenunciable a consumir importaciones suntuarias y vacaciones en el exterior a un precio accesible.

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