Mercosur-UE: las razones detrás la demora

Periódicamente se anuncia un próximo cierre exitoso de las negociaciones Mercosur-UE, que comenzaron en 1999 y –tras estar interrumpidas entre 2004 y 2010– continúan hasta hoy

 

Por Tomás Múgica Analista político

 

Periódicamente se anuncia un próximo cierre exitoso de las negociaciones Mercosur-UE, que comenzaron en 1999 y –tras estar interrumpidas entre 2004 y 2010– continúan hasta hoy. A pesar de avances significativos, el acuerdo no llega, al menos hasta el momento. El nuevo horizonte es septiembre, según declaraciones de ayer del canciller, Jorge Faurie. Las razones profundas de este resultado tienen sus raíces en la economía política interna de cada uno de los bloques.

 

El proteccionismo agrícola de la UE resulta un obstáculo para el acceso pleno de los alimentos del Mercosur al mercado europeo, y para el comercio agropecuario birregional en general. Su principal expresión es la Política Agrícola Común (PAC) y su primer defensor es Francia, el mayor productor y exportador agrícola del continente.

 

Durante la visita de Mauricio Macri a su país en enero, el presidente Emmanuel Macron señaló su preocupación por la exposición de los productores bovinos a un eventual acuerdo. Aunque la negociación parece haber avanzado en ese punto, otras preocupaciones del sector agroindustrial, como las indicaciones geográficas y el acceso de los productos lácteos europeos al Mercosur, figuran entre los principales temas que traban el acuerdo en este momento.

 

Frente al desafío de Donald Trump al régimen multilateral de comercio, la UE –al igual que China– busca mostrar su compromiso con el librecambio. Así lo indica el acuerdo firmado con Japón esta semana. Claro que ese compromiso no abarca –nunca lo hizo- el comercio agropecuario, sino que está limitado por las demandas de los grupos de interés intrabloque, entre los cuales el lobby agrícola es de especial importancia. Las necesidades de política exterior, al menos por el momento, no se imponen a las demandas políticas domésticas.

 

De parte del Mercosur, el capítulo más conflictivo es el del comercio automotriz y de autopartes –especialmente en lo que se refiere a reglas de origen y los plazos de desgravación. A ello se suman cuestiones como las compras gubernamentales y la propiedad intelectual. Las dos economías más grandes del bloque tienen una estructura industrial significativa, que deberían defender en el marco de un acuerdo con economías de mayor desarrollo. El desafío es contar con herramientas que permitan brindar protección y apoyar la reconversión de los sectores sensibles en función de las condiciones impuestas por un eventual tratado.

 

Mientras tanto, el tiempo corre. Todavía hay una posibilidad de cerrar las negociaciones, si existe voluntad política suficiente. Si no se alcanza un acuerdo en un plazo breve, las próximas elecciones en Brasil complican el panorama. Una vez que nuestro vecino entre en el ciclo electoral, cualquier definición quedará en suspenso. Luego será el turno de Argentina. Todo se volverá más incierto. Tal vez sea la oportunidad de replantear los términos de una negociación cuya contribución –al menos en su condición actual– al desarrollo autónomo y sustentable de nuestro país genera considerables dudas.

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