Las guerras comerciales, una nueva complicación

13 de julio, 2018

Después de un mes de respiro, volvió el rojo comercial con Brasil

 

Por Héctor Rubini Instituto de Investigación de la Facultas de Ciencias Económicas y Empresariales de la USAL

 

La semana muestra síntomas inequívocos de estabilización del tipo de cambio. El torniquete monetario con altas tasas de interés dio sus frutos y por unos días, cuanto menos, podría esperarse que las expectativas alcistas empiecen a moderarse.

 

El frente externo ha sido indicado repetidas veces como causal de esta crisis cambiaria. Sin embargo, no hubo causas en sentido estricto de la huida hacia el dólar y la sangría de reservas del BCRA. El efecto manada, gradual pero persistente, fue la reacción del mercado ante un BCRA que subestimó inicialmente la corrida y luego reaccionó de manera homeopática y tardía. La evidencia al respecto es más que clara: Argentina y Turquía fueron los más vulnerables, y en nuestra región en particular, sólo Argentina padeció una crisis cambiaria que terminó con la caída de la conducción de la autoridad monetaria y el pedido de ayuda financiera al FMI.

 

Pero…

 

El segundo semestre, sin embargo, sí se perfila como el de potenciales cambios adversos en el frente externo. La guerra comercial entre EE.UU. y China cambió de rumbo la semana pasada con las represalias chinas a los aranceles aplicados por Washington. Sin embargo, la Casa Blanca se apresta a aplicar un arancel de 10% a las importaciones de productos chinos por U$S 200.000 millones. La lista de bienes que podrían ser gravados afectados fue publicada en un documento de 195 páginas de la Oficina del Representante Comercial, Robert Lightizer, y abarca autopartes, electrodomésticos, textiles, cosméticos y productos agrícolas, entre otros. Una decisión en línea con la amenaza de Donald Trump de penalizar a China por “no cambiar sus prácticas desleales relacionadas con la adquisición a Estados Unidos de tecnología y propiedad intelectual”.

 

La primera ola de aranceles sobre importaciones chinas, vigentes desde la semana pasada recaen sobre más de 800 posiciones por U$S 34.000 millones, básicamente bienes de capital, instrumental médico y autopartes. Actualmente la Casa Blanca está elaborando otra lista de importaciones chinas por otros U$S 16.000 millones que estarán sujetas a un arancel de 25% en alguna fecha posterior al mes de agosto. No se sabe todavía cuándo entrará en vigencia el arancel de 10% de la lista de esta semana, pero las autoridades chinas han respondido que esta amenaza es inaceptable y que en caso de aplicarse, responderán con las contramedidas necesarias, aunque sin dar detalles.

 

Difícilmente se pueda pensar en que esto no se va a concretar. En la cumbre de la OTAN de esta semana, además, Trump amenazó con retirar a EE.UU. de la alianza militar si los países europeos no aumentan sus aportes con más gasto en defensa para el organismo. Difícilmente lo haga, aunque podría ser el prolegómeno de un avance con nuevos aranceles a importaciones de Europa, Rusia y otras regiones que, con relación al acero, al aluminio y otros productos también han respondido con represalias comerciales.

 

Desde Washington, a su vez, se observa con preocupación el desarrollo de la industria china de semiconductores en el extranjero, los subsidios oficiales al desarrollo del sector, y la posibilidad de que las autoridades chinas podrían restringir el acceso de empresas estadounidenses al mercado chino de semiconductores. Frente a este panorama, ya en junio Trump amenazó con una cuarta ronda de aranceles sobre importaciones chinas por otros U$S 200.000 millones, pero todavía la oficina de Lightizer no dio a conocer otra lista de productos a ser gravados.

 

La idea de Trump es la de seguir adelante, bajo la idea de que la economía estadounidense se está fortaleciendo y de que esta política contribuye a incrementar la reputación de Washington en el exterior, y en particular la credibilidad interna del Partido Republicano, con vistas a las próximas elecciones legislativas. Sin embargo, aun cuando el comercio bilateral es deficitario para EE.UU. y la guerra de aranceles provocaría más daño a China en el comercio de bienes por una razón aritmética: las importaciones chinas de productos estadounidenses en 2017 sumaron U$S 130.000 millones. Sin embargo, nada impedirá al Gobierno chino optar por respuestas en el comercio de servicios y en otros campos por fuera de las relaciones comerciales.

 

Ciertamente, al igual que con el endeudamiento creciente del Tesoro y del gradual enfriamiento de la política monetaria de la Fed, estamos en presencia de un proceso gradual de reducción de comercio exterior de EE.UU. y otros países que no tiene marcha atrás, al menos en el corto plazo. Todas las partes terminarán perdiendo ingresos por ventas, producción y empleo, y esto aumentará la incertidumbre y la aversión al riesgo de los inversores. Algo inevitable a medida que se sumen medidas comerciales discriminatorias de EE.UU. a otros países, o inclusive entre otros países.

 

Esto significará un fortalecimiento del flight to quality, que bien podría llamarse flight to safety y significar una menor demanda de papeles de países emergentes, mayor costo financiero para la emisión de deuda de estos países en los principales mercados de capitales y mayor volatilidad de las primas de riesgo soberano para los papeles de deuda pública que no sean investment grade.

 

Al igual que la suba de tasas que se viene anticipando desde hace más de un año y medio, se trata de cambios graduales y que tornan más que evidente la necesidad de sostener políticas macroeconómicas prudentes y de minimizar la exposición a la volatilidad de los mercados internacionales.

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