Las crisis como síntoma de nuestra incapacidad para adaptarnos a la globalización financiera

3 de julio, 2018

 

Por Ramiro Albrieu Investigador del Cedes

 

Cuando se discuten las razones del declive relativo de Argentina en la escena global suele mencionarse el cambio en el contexto global luego de la crisis de 1930, o la llegada del peronismo algo después.

 

Menos importancia se le suele dar a las dificultades que el país tuvo –y todavía tiene– para adaptarse al mundo posterior a la explosión del sistema de coordinación global de Bretton Woods, es decir, al cambio de contexto global ocurrido a principio de los ’70.

 

Cuando se discuten las razones del declive relativo de Argentina en la escena global suele mencionarse el cambio en el contexto global luego de la crisis de 1930, o la llegada del peronismo algo después

 

No se trata, por supuesto, de que sea éste el único causante del rezago argentino sino, en cambio, de pensar qué nudos debemos desatar hacia delante. Y la recurrencia de crisis financieras y cambiarias es sin dudas un nudo clave: disminuir la volatilidad macroeconómica es el primer paso necesario para que las políticas públicas y los comportamientos del sector privado piensen más allá del corto plazo. Argentina es sui generis en esta materia: bajo cualquier métrica de crisis financiera que se elija, nuestro país se ubica en el top 3 global en términos de la recurrencia de este tipo de eventos.

 

¿De qué se trata el orden global que emergió casi cinco décadas atrás? Tiene tres elementos centrales.

 

  • El primero, que los flujos privados de capital se globalizaron como nunca antes.

 

  • El segundo, que las instituciones supranacionales que con anterioridad regularon las finanzas internacionales se retiraron.

 

  • El tercero, que las políticas inflacionarias y las de contención de la inflación en economías avanzadas determinan en buena medida los movimientos en las finanzas globales.

 

En este contexto, las turbulencias macroeconómicas en el mundo emergente aparecen cuando se tensa la política monetaria en los países centrales, como está ocurriendo en la actualidad en Estados Unidos. Para un país como Argentina se disparaban varios shocks al mismo tiempo: menor competitividad de las exportaciones debido a que somos parte de la zona dólar, precios de las materias primas más bajos, un comercio internacional reducido y complicaciones en la cuenta de capital debido a la reducción en el valor de la garantía para tomar deuda externa (básicamente los recursos naturales). Aparte del episodio actual, hubo dos de este estilo en las últimas décadas: principios de los ’80 y fines de los ’90.

 

Los shocks por si solos no generan las crisis y es clave el grado de resistencia de la economía frente al cambio de viento global

 

Los shocks por si solos no generan las crisis y es clave el grado de resistencia de la economía frente al cambio de viento global: a mayor vulnerabilidad, mayor será el impacto. Y allí es cuando Argentina parece no haber aprendido las lecciones de las crisis pasadas, como hizo Chile en los ’90 o Perú en los 2000. En vez de administrar en forma prudente los períodos de apetito por el riesgo emergente, Argentina alternó fases de represión financiera (como en los últimos años del kirchnerismo) con otras de apertura indiscriminada y total desdén sobre el efecto sobre el tipo de cambio de las entradas masivas de capitales de corto plazo (como la primera mitad del Gobierno de Mauricio Macri).

 

Es una visión bastante establecida en el mundo que en materia de finanzas internacionales las soluciones de esquina no son óptimas: la represión excesiva impide aprovechar las oportunidades que ofrece el mundo y la liberalización irrestricta aumenta los riesgos de una crisis financiera. En cambio, cierto esquema de controles de capital –en conjunto con regulaciones macroprudenciales– es la clave para cobrar los beneficios y minimizar los costos de la integración financiera.

 

¿Cómo serían los grandes lineamientos de una integración financiera de este estilo?

 

  • Primero, debería promover la Inversión Extranjera Directa (IED). Debe hacerse con cuidado, con previo análisis del diseño contractual por parte de todos los involucrados, y con asesoramiento de entidades internacionales y ONG para temas sensibles como lo asociados a los recursos naturales.

 

  • Segundo, debería fomentar el crecimiento de los mercados de renta variable. Los mercados de acciones, por ejemplo, cumplen con dos requisitos muy importantes en materia de flujos de capital: tanto los vaivenes de precios de activos como del tipo de cambio son absorbidos por el acreedor. Así, debemos incentivar la captación de fondos del exterior para bonos en moneda doméstica. Si bien el espacio para esto es más reducido que antes, el trabajo conjunto con organismos multilaterales (como hizo Uruguay con el Banco Mundial, por ejemplo) puede hacer la diferencia al respecto.

 

  • Tercero, tenemos un problema de seguro insuficiente en el sector público y un sector privado sobreasegurado, y eso estuvo detrás de las crisis financieras del pasado. Carlos Díaz Alejandro definía la inestabilidad financiera externa como una situación donde hay mucha deuda externa tomada por el sector público y muchos activos externos en manos del sector privado.

 

  • Por último, hay que desestimular la entrada de capitales especulativos de corto plazo. El “hot money” –como se conoce a estos fondos– es uno de los principales factores que explican las crisis en las economías emergentes.

En el medio de una crisis financiera como la que estamos viviendo, escribir esto puede parece atemporal. Pero debe quedar anotado para el futuro: en las bonanzas mal manejadas está la semilla de las crisis. Y si en el futuro evitamos este tipo de turbulencias agregadas, podremos extender el horizonte lo suficiente como para que sean viables las apuestas de largo plazo. Mientras eso no suceda, seguiremos entrampados, girando en falso.

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