Las confusas aristas del pacto de la Casa Blanca

Sería torpe creer que el acuerdo aprobado en la Casa Blanca permitirá resolver tan insólito conflicto

 

Por Jorge Riaboi Diplomático y periodista

 

Aunque el mundo respiró con alivio al observar que los líderes de la Unión Europea (UE) y Estados Unidos finalmente apelaron al diálogo para frenar una absurda guerra comercial entre aliados estratégicos, sería torpe creer que el acuerdo aprobado el pasado 25 de julio en la Casa Blanca permitirá resolver, por sí solo, tan insólito conflicto. La movida también sirvió para recordar una y otra vez los pronósticos de recesión global que existen para mediados de 2019.

 

Por lo pronto, la reunión no dejó claro si esta vez los gobiernos y negociadores se atendrán tanto a los términos de referencia aprobados por ambos líderes, como a las reglas de la OMC, o si las partes intentarán un enfoque con sabor hegemónico, lo que sería un disparate conceptual cuando están alrededor de la mesa dos potencias con parecido músculo económico y comercial. Hasta ahora la totalidad del conflicto nació y se desarrolló, en cierto modo, por ignorar a sabiendas las normas del sistema multilateral. Tal respuesta es necesaria para saber qué capacidad de presión retendrá Estados Unidos, algo que ninguna mente responsable y lógica puede vaticinar con acierto.

 

Tanto Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión de la Unión Europea (UE) como el presidente Donald Trump aclararon que el acuerdo no incluye la terminación automática de las medidas que hoy destruyen o menoscaban el comercio bilateral, y afectan por default a los precios, ingresos, volumen y el comercio de otras naciones. Su contenido se dirige a evitar nuevas restricciones al intercambio mientras dure el proceso orientado a definir como será la paz comercial y a crear mayores fuentes genuinas, justas y equilibradas de intercambio recíproco, a partir de una especie de congelamiento del status quo y de negociar la plena liberalización de ciertos comercios sectoriales, en los que no estará presente la industria automotriz. Las nuevas concesiones estarán amparadas en la idea de aplicar cero arancel de importación, cero restricciones comerciales (las que de hecho, aclaro yo, están prohibidas bajo las reglas de la OMC aprobadas en la Ronda Uruguay) y cero subsidios. La instrucción de los mandatarios a sus negociadores “de élite”, engloba la solución del existente paquetito de beligerancia comercial, como parte de las reglas que éstos deberán pergeñar con el objeto de dar vida a este miniacuerdo capaz de ensamblar un nuevo enfoque y un nuevo flujo de intercambio bilateral.

 

El respetado economista Fred C. Bergsten, del Peterson Institute, que fue uno de los primeros en señalar como positivo el nuevo diálogo bilateral, también advirtió que Trump salió exultante tras recibir el año pasado al presidente de China, Xi Jinping, en su Club Mar-a-Lago, para luego caer en la desenfrenada guerra comercial y psicológica actual, la que se caracteriza por la total falta de brújula y predictibilidad racional. Y aunque muchos imaginan que todo esto parece un bluff infantil, la realidad es que Washington sigue la escalada a toda máquina con la imposición de medidas complementarias de dudosa legalidad OMC (ver mi columna de la semana pasada), como la reparación inicial de US$ 12.000 millones (el titular del USDA estimó pérdidas de exportación no inferiores a los US$ 20.000 millones siempre que este jolgorio no supere el semestre) a los agricultores damnificados por la caída de las ventas externas, medida que incentiva la búsqueda y reemplazo de los mercados perdidos, como el chino, lo cual expande la lucha comercial y afecta los intereses de terceros.

 

Veamos el paquete. El manifiesto interés europeo de comprar gas natural licuado (LNG en inglés) para reducir su amplia dependencia energética de Rusia y mejorar la competitividad del Viejo Continente, al que Juncker se comprometió en la Casa Blanca, no es un tema nuevo. Durante la negociación que se desarrolló entre 2013 y 2016 con vistas a crear la Asociación Transatlántica de Comercio de Inversión entre Estados Unidos y la UE (cuya sigla inglesa era TTIP), Bruselas pidió repetidamente crear un capítulo especial sobre el tema en el marco de ese acuerdo, a lo que Washington se opuso de manera inflexible (ver mis columnas anteriores en El Economista y otros medios). Además, las partes ya avisaron que primero será necesario construir la infraestructura para exportar el LNG, lo que no se hace en un par de horas, y el negocio debe ser atractivo y viable, una condición que implica contar con sólidas garantías de demanda, volumen y durabilidad de las operaciones. Es preciso recordar que durante casi cincuenta años las exportaciones estadounidenses del sector energético estuvieron manejadas por un cepo oficial a lo Guillermo Moreno, que sólo pudieron eludir, caso por caso, aquellas naciones que tenían acuerdos de libre comercio con Estados Unidos. La revolución del shale gas emergió en la última década.

 

Argentina y Brasil deberían seguir con gran atención la curiosa y llamativa apertura de la UE a comprar más soja estadounidense, una alternativa que le viene muy bien a Trump después de la represalia China que cerró el mercado de ese país a las exportaciones estadounidenses. La oferta de Juncker supone una patada en la mesa a todo lo que dijo y hace la UE en esa materia, algo que no sería una mala noticia para el Mercosur, si fuera una opción creíble. Y para que lo sea habrá que ver como se concibe la voltereta políticodoctrinaria de Europa en dicho ámbito. Los lectores de esta columna saben que en los últimos años el Euro-parlamento decidió trabajar con todo vigor e impudicia en sustituir la importación de soja y otras sustancias proteicas importadas de Estados Unidos, Brasil y Argentina, por una producción local que sería brutalmente antieconómica, protegida y subsidiada (la UE también registra una amplia historia de incumplimiento de sus compromisos y, en este capítulo, habla de desconocer los Acuerdos Blair House suscriptos en 1993 y reflejados en el Acuerdo de Agricultura de la OMC). Sin embargo, ello es lo que propicia dicho Poder Legislativo (el muy pulido proyecto de Resolución Parlamentaria cuenta con aplastante respaldo) como parte de la Política Agrícola Común que entraría en vigor en 2021 (ver mis columnas anteriores). También esa importación supondría un claro testimonio de que el deseo político de prohibir la entrada de los demonizados organismos genéticamente modificados (OGM), ya que la producción regional de la UE fue prohibida hace tiempo, resultó ser una parodia fraudulenta, fundada en manipulaciones y prejuicios cuasi religiosos, ajenos a las evidencias y principios científicos hasta ahora conocidos.

 

Adicionalmente, demostraría que la categórica objeción al glifosato, por potenciales riesgos cancerígenos (la OMS y el Euro-parlamento dixit), habría surgido de una decisión ambivalente que Bruselas compró e impulsó sin dudar. Y por último demostraría que Juncker es un líder poco confiable, ya que empezó su actual período como presidente de la Comisión de la UE diciendo que, por razones democráticas, y dado que la mayoría de la población comunitaria se opone a los OGM, éstos productos deberían ser desterrados de la región, un proceso que se viene desarrollando con notable agresividad y eficiencia.

 

A todo esto, y dado que las importaciones agrícolas del Viejo Continente van a industriales del sector privado, ¿sobre qué base puede asegurar la UE que las mismas habrán de aumentar y beneficiar preferentemente a los Estados Unidos? ¿Trata de incorporar el capitalismo de amigos? ¿Tanto cambiaron de opinión los consumidores europeos como para estar dispuestos a olvidar de la noche a la mañana las preferencias que les inculcaron los lobistas agrícolas y ambientales? Es raro que los observadores de estos temas no percibieran que absolutamente ninguna de las propuestas incluidas en el diálogo de la Casa Blanca se refieren a la liberalización del comercio agrícola, cuyo vínculo al proteccionismo reglamentario fue uno de los factores que indujeron a congelar el proceso destinado a crear el TTIP en la época de Barack Obama.

 

Dos puntos más. El primero, se refiere a las oportunidades de comercio que se vayan a crear para los sectores de servicios, químicos, productos farmacéuticos, médicos y la soja. Si las negociaciones que concreten la UE y Estados Unidos no están formuladas bajo las reglas aplicables a los Acuerdos de Libre Comercio o de Uniones Aduaneras caerían, a priori, en el casillero del Principio de Nación más Favorecida y de las demás reglas generales de la OMC. De modo que toda la membresía de esa Organización debería agradecer a los dos gobiernos signatarios este proceso sectorial de liberalización, por cuanto serán potenciales usuarios de las nuevas concesiones sin dar más que una sonrisa a cambio (a esto se lo llama ser un free-rider). Ello demuestra que el gobierno chino se queja de vicio y que Donald Trump y Jean-Claude Juncker no habrán de dejar a nadie a la intemperie.

 

El segundo es sólo para Jean-Claude. Al haber aceptado crear el 16 de julio un Grupo de Trabajo con China presidido por un viceministro para elaborar una propuesta destinada a reformar la OMC, y al haber aceptado acompañar otro proceso de reforma con delegaciones de pensamiento similar (like-minded) en la reunión sostenida con Trump para satisfacer el mismo objetivo el 25 de julio, parece estar cayendo en la figura de bigamia intelectual y política, ya que esos dos gobernantes tienen visiones muy diferentes del mismo proyecto. Habitualmente se prohíbe la bigamia, porque nadie puede servir a dos patrones al mismo tiempo. Cher Monsieur, vous avez la parole (estimado señor, usted tiene la palabra).

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