La pobreza de la Belle Epoque

3 de julio, 2018

 

Por Pablo Schiaffino Profesor de la Universidad Torcuato Di Tella

 

No hace mucho recibí un entry enciclopédico de dudosa seriedad que, al definir a la Argentina de la primera parte del Siglo XX, la colocaba como un país destinado a ser aquella potencia económica que “será como” Estados Unidos de Norteamérica. Era la visión que se tenía del país en la primera parte del Siglo XX, hoy distante y utópica, donde los llamados del destino nos ponían, tarde o temprano, del lado de los ganadores. La Belle Epoque, la riqueza de las pampas y la Buenos Aires como espejo de una París burguesa pero progresista y de sueños migratorios ascendentes.

 

¿Realmente se puede hablar del fracaso argentino como un país que fue desarrollado y que, por diversos motivos, termina siendo expulsado de ese edén económico de las grandes ligas?

 

¿Realmente se puede hablar del fracaso argentino como un país que fue desarrollado y que, por diversos motivos, termina siendo expulsado de ese edén económico de las grandes ligas? En el imaginario colectivo existe la idea de Paraíso perdido que, ya sea por una o varias causas entrelazadas, remiten a explicar porque el país pasó a tener una importancia mundial menor en el transcurso del Siglo XX. Este fracaso se ha explicado por el tipo de inserción económica internacional, los vínculos con los socios comerciales, la falta de ahorro local, la concentración de las actividades económicas en una única región, el peronismo, las instituciones político sociales (el conflicto campo-ciudad ) y hasta los errores en las políticas de industrialización con malas decisiones de inversión. En definitiva, ¿por qué no fuimos y qué nos pasó?

 

El fracaso implica un desfase entre lo esperado y lo que ocurre, pero la Historia quizás sea otra: tal vez, en definitiva, nunca fuimos

 

El fracaso implica un desfase entre lo esperado y lo que ocurre, pero la Historia quizás sea otra. Tal vez, en definitiva, nunca fuimos. Para atenuar esta idea, se puede sostener que las condiciones iniciales a comienzos del siglo pasado eran menos promisorias de lo que se piensa. Si, es cierto, existió una expansión de la frontera agrícola con elevados niveles de productividad y la utilización de una nueva tecnología (el ferrocarril) permitieron a la Argentina gozar de los beneficios de la primera globalización. No, no es cierto que éramos realmente ricos: para el nivel de ingreso per capita, Argentina tenía un nivel de capital humano (tasas de alfabetismo y años de educación promedio) muy por debajo de la media mundial. Al cuantificar los stocks de capital humano con los que Argentina contaba durante fin del Siglo XIX y la primera parte del XX, se observa que los determinantes del crecimiento de largo plazo ya estaban comprometidos desde que este país trazó sus fronteras.

 

Existieron, sin embargo, intentos de corregir este problema del desarrollo económico. Políticas educativas para educar todo el país como imaginó Sarmiento, pero no lograron revertir el resultado de tendencia. Entre 1914 y la década de 1890, las diferencias educativas entre Buenos Aires y el interior lograron achicarse, pero de ninguna manera se observó convergencia alguna. Cuando el modelo de crecimiento agrario se interrumpe en 1914 por la Gran Guerra, Argentina tiene un doble problema: en la comparativa mundial (contra países como Canadá o Australia) está muy poco educado y, puertas adentro, es un país terriblemente desigual en sus tasas de alfabetismo.

 

¿Qué explicaban estas diferencias? Si comparamos con Estados Unidos, Canadá y Australia, el país tenía profundas desigualdades regionales. La Capital Federal, Rosario, Córdoba, La Plata y algunos partidos más tenían tasas de alfabetización de primer mundo hacia 1914; los del norte del país, definitivamente no. Se conjeturan varias explicaciones. Por un lado, las zonas más ricas parecen tener mejores escuelas y por ende, riqueza se asocia a mejores niveles educativos. Pero también sé observa que los niveles de educación se explican por la presencia de inmigrantes europeos. En otras palabras, independientemente de las escuelas, las desigualdades regionales en los indicadores de capital humano pueden explicarse por la desigualdad en la distribución de estos inmigrantes.

 

Canadá comenzó siendo un país inequitativo en su capital humano pero que, con el paso del tiempo, zanja las diferencias y las regiones más pobres convergieron a las más ricas. En Argentina, un censo educativo de los ‘40 no muestra convergencia alguna. ¿Hoy acaso es necesario recurrir a las estadísticas para notar las diferencias entre el interior y Buenos Aires? Podríamos decir que el problema de Argentina no es la desigualdad educativa sino su persistencia, y el correlato que esta desigualdad tiene sobre los niveles de productividad de la economía. Tal vez la madre de todos los problemas sea este. Durante la primera globalización la educación jugó un rol menor (Inglaterra, por ejemplo, logró la Revolución Industrial con bajas tasas de alfabetismo cien años antes), pero en la segunda globalización y mirando hacia el futuro, la educación parece ser un determinante vital del crecimiento sostenido.

 

Podríamos decir que el problema de Argentina no es la desigualdad educativa sino su persistencia, y el correlato que esta desigualdad tiene sobre los niveles de productividad de la economía

 

Nuestro país ingresó al Siglo XX con una economía heredada de la época colonial (dependiente del Potosí) con bajos niveles de productividad. Esa vieja estructura coexistió con otra, moderna, agraria, ubicada en las pampas con trabajos más calificados y atractores de mano de obra inmigrante europea. Esa configuración desigual se vio reflejada también en los niveles de educación que, a forma de síntesis, dejó al país con bajos niveles de capital humano. Ese problema que yacía debajo de la superficie argentina de nuestros tatarabuelos comenzó a pasar factura, año tras año, década tras década. Será también el problema de nuestros nietos y explicará, también, por qué Argentina nunca será desarrollado.

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