La cumbre de Trump y Putin

Es la primera vez que, a esta altura del proceso, no se conozcan indicios verificables acerca de cuales fueron los temas o las conclusiones alcanzadas

 

Por Atilio Molteni Embajador

 

Aunque la opinión pública sabe que el pasado 15 de julio se reunieron en Helsinki los presidentes de Estados Unidos y la Federación Rusa, los observadores destacan que esta es la primera vez que, a esta altura del proceso, nadie posee indicios verificables acerca de cuales fueron los temas o las conclusiones alcanzadas en tan singular diálogo.

 

El encuentro estuvo precedido de sugestivos antecedentes. Por ejemplo, sus animadas, informales y reservadas charlas en dos conferencias internacionales; las alusiones que hizo Trump en su campaña electoral, en la cual había anticipado que trataría de mejorar las relaciones con Moscú y por el peculiar optimismo que exhibió el Kremlin ante su victoria en las urnas. En adición a ello, el mundo político sabía que ambos presidentes tenían interés en gestionar los problemas internacionales de manera efectiva y de conducir sus deterioradas relaciones bilaterales hacia nuevos parámetros de normalidad.

 

El jefe de la Casa Blanca no parece mimetizarse con el tradicional concepto bipartidario de Washington, básicamente orientado a contener los ímpetus de Moscú, ya que Trump ve en Putin a un líder fuerte y determinado, con quien sólo él puede negociar adecuadamente. No obstante esa expectativa, la reunión de Helsinki llegó con bastante demora por una compleja ecuación de factores condicionantes. Entre ellos, las sanciones internacionales impuestas a Rusia por la anexión de Crimea; la condena por su intervención en Ucrania y en Siria y, por sobre todas las cosas, la masiva percepción del Gobierno de EE.UU. de que la gestión de Vladimir Putin decidió interferir en la campaña presidencial que culminara en noviembre de 2016. Según recientes noticias, el 6 de enero de 2017 se supo, siendo Trump presidente electo, que él contaba con información de los servicios de inteligencia respecto de que la orden de hacer sabotaje cibernético en Estados Unidos había partido del despacho de Vladimir Putin.

 

Esa última cuestión fue evolucionando y se agravó hasta afectar los objetivos políticos de la agenda Trump. Por empezar, las acciones del primer mandatario destinadas a acotar y cuestionar los alcances de la investigación judicial que se lleva a cabo sobre el sabotaje externo, la que se halla a cargo del consejero especial Robert S. Müller III, y se guía por el encargo de determinar si se cometieron delitos (incluyendo en ello el deseo de establecer si hubo gente asociada al actual Presidente que coordinó con los operadores rusos el proceso orientado a sesgar la elección) y si tales hechos generaron amenazas para la seguridad nacional. Paralelamente, en ambas cámaras del Congreso (donde los republicanos son mayoría) hay esfuerzos por interpretar que pasó en las elecciones de 2016, incluyendo los alcances de los contactos entre Moscú y las personas involucradas en el manejo medular de la campaña electoral del actual Presidente. Trump siempre negó tales especulaciones, las que atribuyó al esfuerzo demócrata por ocultar su ineptitud electoral.

 

En ningún momento las consecuencias de esa trama interna llegó a la Cumbre de Helsinki. Dicha reunión se concretó por el deseo explícito del Presidente Trump y sin que se definiera, al menos por los canales regulares, una agenda expresa para conducir el diálogo. Por lo que trascendió, los mandatarios conversaron más de dos horas acompañados solamente por sus intérpretes. Posiblemente, con el deseo de crear un espacio para desarrollar sus puntos de vista acerca de los desafíos que enfrentan y pudiesen incidir sobre la hoja de ruta de sus futuras relaciones.

 

Sin embargo, los acontecimientos previos a esa jornada, mejoraron la situación táctica de Putin, ya que la reciente visita de Trump a Europa, donde cuestionó a sus aliados tradicionales de la Unión Europea (UE), a los que terminó por calificar como “enemigos” comerciales, y de denostar a los miembros de la OTAN por haber aprovechado la generosidad norteamericana a la hora de sufragar los gastos de la defensa común, o aun forzando los hechos para descalificar a las líderes de Alemania y el Reino Unido, hizo que el jefe de la Casa Blanca llegara a Helsinki como un conductor débil, con el exclusivo respaldo de la importancia objetiva de su propio país. Tras esas jornadas, Europa interpretó que la Alianza Atlántica, sus instituciones y gobiernos habían experimentado una profunda lesión, un cuadro que viene siendo objeto de análisis desde mediados de 2017. A pesar de ello, el presidente de la Comisión de la UE, acompañado por el Presidente del Consejo, tenían previsto ir a Washington con la intención de bajar los decibles y reconducir la cooperación.

 

Al margen de lo anterior, es obvio que el interés de Estados Unidos por mejorar las relaciones con Moscú parece un objetivo razonable. Por lo pronto resulta un tinglado que sirve para discutir la solución de varias situaciones de alto valor estratégico. Si bien en el pasado la distensión fue uno de los ejes determinantes de las relaciones bilaterales, hay muchos observadores que hoy estiman sensibles, y de alto riesgo, otras ramificaciones de ese vínculo. Tal diagnóstico se asienta en el tenor de las ambiciones de Rusia, las que se materializan en un visible fortalecimiento militar y en la presencia de un líder como Putin que es un dirigente peligroso, cuyas actividades demandan permanente atención. Informes de las características de la “Estrategia de Seguridad Nacional” (NSS) –diciembre de 2017– y la “Estrategia de Defensa Nacional” (NSD), –enero de 2018–, asignan a Rusia (y a China) el carácter de potencias revisionistas que tienen motivos para amenazar tanto el poder, como la influencia y los intereses de los Estados Unidos, con gran posibilidad de erosionar su seguridad y prosperidad. Curiosamente, tales insumos estratégicos no son los que atraen el mayor interés presidencial, ya que el Jefe de la Casa Blanca no valora en toda su amplitud las opiniones de los organismos competentes de su país y exhibe una interpretación muy personal acerca de cuál debe ser el papel de Estados Unidos en el mundo.

 

Algunos suponen que los objetivos de Putin en la Cumbre de Helsinki consistieron en buscar entendimientos que le aseguren una perspectiva favorable a su poder militar en los acuerdos de desarme y en el control de armas; en bajar las restricciones al despliegue de tropas y ejercicios de la OTAN dentro de Europa Oriental, en un arreglo para Siria que reconozca su influencia en ese país y en la consolidación de Al-Assad. Asimismo, un entendimiento sobre la situación de Ucrania, el reconocimiento de facto sobre su control de Crimea y el gradual levantamiento de las sanciones existentes. Otros ven en el simple diálogo, el posicionamiento de Putin como una especie de par de Estados Unidos. Al concluir la reunión no hubo comunicado ni declaración conjunta. Al enfrentar a la prensa, ninguno de los líderes dijo si habían llegado a acuerdos, aunque afirmaron que habían hecho progresos en el tratamiento de varios temas de interés común.

 

De todos modos, ese contactoevidenció las limitaciones de Trump, quien mostró su escaso dominio de los temas tratados (a diferencia de Putin, que argumentó con gran disciplina intelectual). Tampoco fue capaz de cuestionar a su contraparte por las acciones internacionales que afectan las relaciones entre ambos países y al orden internacional. En cambio, señaló que el paupérrimo estado de esas relaciones obedecía a la gestión de sus antecesores y aceptó la palabra del presidente ruso cuando dijo que no existió una interferencia en la elección de 2016, restando mérito a la opinión de sus organismos de inteligencia (reforzados por la reciente decisión de Müller de responsabilizar a doce funcionarios rusos). Siquiera exigió a Putin de que cesaran dichas intervenciones.

 

Su conducta generó una serie de cuestionamientos muy duros en ambas fuerzas mayoritarias de Estados Unidos y en los medios de prensa, inclusive los que habitualmente son afines a Trump. Las posteriores y reiteradas aclaraciones en favor de la confiabilidad de sus propios servicios de inteligencia en la investigación de las conductas rusas, no aliviaron el tenor de la crisis planteada. Su comentario acerca de que Moscú había cesado de intervenir en el proceso eleccionario norteamericano, sólo agregó nafta al fuego.

 

A pesar de lo ocurrido, de la falta de transparencia y del grado de improvisación existente, Trump invitó al presidente Putin a seguir el diálogo en la Casa Blanca antes de fin de año. Semejante desbarajuste podría tener alguna consecuencia difícil de evaluar en las elecciones de noviembre próximo ya que, en el ámbito económico, Estados Unidos hoy atraviesa un ciclo positivo y un alto nivel del empleo, lo que induce a ignorar la gravísima tormenta que asoma en el horizonte por los efectos de la guerra comercial en progreso.

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