“Está en peligro la capacidad de decidir sobre nuestras vidas”

Eric Sadin, un destacado diseccionador de los males que aquejan el devenir digital del mundo, presentó su último libro en Buenos Aires

Por Delfina Torres Cabreros

 

Un portamamadera conectado –el Baby Gigl– que analiza, corrige y vigila el comportamiento de los adultos cuando dan el biberón gracias a un inclinómetro que emite una señal sonora y luminosa cuando el gesto se realiza mal. Un espejo inteligente –el Smart Mirror de Microsoft– que comprende nuestra condición fisiológica o psicológica y formula a cambio, bajo la forma de letras incrustadas en su superficie, consejos, o sugiere la compra de productos que pueden ser solicitados por medio de la pantalla táctil. Estos son algunos de los ejemplos que utiliza el escritor y filósofo francés Eric Sadin en su último libro, “La siliconización del mundo” (Caja Negra), para mostrar hasta qué punto la tecnología va infiltrándose en todos los espacios vacantes de la vida bajo la promesa de gestionarla de una manera mucho más eficiente de la que las personas jamás podrían. La tendencia está impulsada por el espíritu de la meca dorada de este tiempo, Silicon Valley. El modelo que todo el mundo entroniza y cada país quiere replicar en su propio territorio.

 

“Lo que está en peligro es nuestro derecho natural a usar nuestra subjetividad. La imposición de procesos de racionalización extrema que niegan la espontaneidad humana y la capacidad de decidir sobre nuestras vidas”, alertó Sadin en el auditorio de la Alianza Francesa, en Buenos Aires, al que llegó a presentar su última obra vestido con un pantalón naranja hasta los tobillos, botas negras y un saco largo de terciopelo. Allí, sacudiendo su cabeza para transmitir al menos sus gestos enfáticos sin la mediación de la traducción simultánea, dio pie para conocer su particular cosmovisión sobre el devenir digital del mundo.

 

El faro luminoso. Estados Unidos, desde sus orígenes, encarna el mito fundado sobre la promesa de la salvación. Desde mediados de los ‘90, y hoy más que nunca, el mito ha resucitado. Pero ya no versa exactamente sobre el mismo objeto –la grandeza de la Nación–, sino sobre una de sus regiones, la más próspera, la que hizo del emprendedorismo y de la innovación tecnológica el centro de su vida. El nacimiento de Silicon Valley –que no es sólo un territorio sino un “espíritu” que se exporta al mundo– “está sostenido por el franqueamiento de una nueva etapa en la historia continuamente evolutiva de los sistemas de computación, hoy marcada por la generación exponencial de datos especialmente favorecida por la diseminación en curso de todo tipo de sensores –sobre nuestras superficies corporales, domésticas y profesionales– y la sofisticación de la inteligencia artificial”. “Silicon Valley entendió antes que nadie que la economía del presente y del futuro sería la del acompañamiento algorítmico de la vida destinado a ofrecer a cada ser o entidad, en todo momento, el mejor de los mundos posibles”.

 

Tecnoliberalismo. Lo que se denomina “economía del dato” –aplicada a largo plazo a todos los fenómenos del mundo y de la vida– es inagotable. Aquí la lógica computacional contemporánea se entrecruza con la lógica propia del liberalismo, que aspira a la conquista de nuevos mercados, y “hace mutar el régimen liberal en un tecnoliberalismo que consuma su aspiración última: la de no ser obstaculizado por ningún límite y no ser excluido de ningún campo”. Para Sadin “la economía del dato aspira a hacer de todo gesto, hálito o reacción una ocasión de beneficio, pretendiendo de este modo no conceder ningún espacio vacante, intentando adosarse a cada instante de la vida y confundirse con la vida entera”.

 

La muerte del hombre. La naturaleza digital se modifica: ya no sólo gestiona datos. Ahora está dotada de una aptitud interpretativa y de decisión. Se parte de la idea de que el ser humano es deficiente y la inteligencia artificial tiene la capacidad de suplir esas fallas “en vistas a garantizar la gestión de actividades existentes o nuevas de modo infinitamente más rápido, optimizado y fiable”. Así, le damos a la inteligencia artificial capacidad para emprender acciones sin validación humana previa como los robots digitales que, en el trading de alta frecuencia, proceden por sí mismos a la compra o venta de títulos. Esto significa la muerte del hombre como ser actante, que “para su bien y el de la humanidad entera, debe ahora despojarse de sus prerrogativas históricas para delegárselas a sistemas más aptos para ordenar perfectamente el mundo y garantizarle una vida libre de imperfecciones”.

 

Lo sensible. La continua delegación de nuestras decisiones y experiencias en sistemas que nos controlan induce “un súbito debilitamiento de nuestra capacidad para componer espontánea y activamente con lo real, así como también produce un brusco retroceso del ejercicio de nuestras facultades sensibles”. Para Sadin, la erradicación de lo sensible representa uno de los objetivos principales del programa siliconiano, dado que apunta a “encerrar la experiencia humana dentro de los dispositivos que concibe”. Contra esta tentativa de desencarnación llama a “continuar gozando, sin reprimirnos, de las fuentes infinitas de lo sensible”, lo que no significa irse a vivir al bosque ni hacer senderismo en la montaña, sino prestar atención al entorno, a uno, a los demás. “El uso deliberado y reivindicado de nuestros sentidos equivale a poner a distancia esas lógicas que son cada vez más dominantes y asfixiantes. Equivale a aceptar lo que hay de incierto, de inesperado, de ambiguo, como propio de lo real, y a admitir que lo real nos excede, que termina siempre por sustraerse a nuestro encarnizamiento por intentar contenerlo”.

 

El gran renunciamiento. Sadin no se queda en la teoría: llama a la acción. “Debemos decir no. Debemos frustrar este proyecto de cultura que pretende instaurar una organización cada vez más robotizada de la vida, y volver a apoderarnos de nuestro derecho natural a ejercer nuestra libertad de juicio y nuestro libre poder de decisión”. Invita a rechazar, simple y categóricamente, esos protocolos de medida de la vida que los actores de la economía siliconiana elaboran y nos quiere hacer comprar. A invertir la relación de poder para decir no, no me interesa lo que me ofrecen. “No lo quiero”

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