Vaivenes del populismo

Populismo se ha convertido en un término sin ninguna claridad analítica.

 

Por Eduardo R. Ablin Embajador

 

Populismo, término académico utilizado por la ciencia política desde los años 50, se ha convertido al presente en un calificativo habitual, perdiendo toda precisión al ser aplicado en forma indiscriminada a regímenes geográfica y culturalmente distintos, con escasos elementos en común.

 

Para los politólogos, el populismo no define un tipo de movimiento, sino un fenómeno políticoideológico caracterizado por oponerse al orden social impuesto por una élite dirigente que se presume poseedora del monopolio del poder, la propiedad, o la cultura, propio de movimientos reformistas del mundo en desarrollo, particularmente en América Latina.

 

Más allá de reconocer sus aspectos positivos, reflejados en los beneficios del sector trabajador, se enfatizan como rasgos distintivos su liderazgo personalista –y consecuente adhesión emotiva al conductor– así como su escasa predisposición al pluralismo.

 

Al sostener que coexisten en la sociedad una pluralidad de antagonismos que exceden lo económico, presume que las demandas democráticas y populares no siempre confluyen bajo una alternativa única, ejerciendo el discurso político un papel fundamental a la hora de “articular” dicha diversidad frente a una elite autocomplaciente y alejada de la realidad. El “populismo” así concebido resultaba “ideológicamente hostil” a los paradigmas de las democracias liberales en los grandes países capitalistas.

 

Al generalizarse el término populismo en años recientes, su significado se banalizó, siendo aplicado igualmente a gobiernos europeos y al propio Gobierno de Donald Trump. De allí que cualquier régimen –no por ello justificable– pueda ser calificado como populista como forma de desacreditar a adversarios, al asociarlos con corrupción, autoritarismo, demagogia y vulgaridad. Así, en la Unión Europea (UE) los euroescépticos, los opositores a la creciente cesión de soberanía nacional en favor de los organismos comunitarios –o en particular a la inmigración– son tildados de populistas, aunque incluyan desde izquierdistas radicalizados a simpatizantes de la extrema derecha.

 

La corriente del ahora denominado populismo se ha acelerado con la globalización y los cambios en las sociedades multiculturales desde comienzos de Siglo, y en particular desde la profunda crisis financiera, bancaria, y de endeudamiento soberano de 2008-2011. Su avance es el desarrollo político más significativo del siglo en la UE, reflejando la decepción de los votantes centroizquierdistas con sus partidos. La ruptura de la alternancia de poder que caracterizó la posguerra europea resultó en una fragmentación del electorado, reorientado hacia movimientos antisistema de origen izquierdista (Syriza en Grecia o Podemos en España), aunque en mayor medida hacia corrientes de derecha que combinan actitudes nacionalistas sustentadas en la defensa del patrimonio étnico y cultural, explotando el temor ante el potencial efecto de la inmigración bajo banderas xenófobas y euroescépticas. Lo novedoso es que dichos partidos avanzaron en esta década desde los márgenes del espectro político a su núcleo, lo que interpela a los votantes dispuestos –a medida que las memorias del Estado de bienestar o del comunismo se desvanecen– a adoptar agendas políticas previamente condenables por su proximidad al fascismo.

 

Los comicios de los últimos dos años en la UE marcaron amplias victorias de partidos populistas de derecha, con la excepción de Syriza en Grecia. Aun en países con larga tradición de tolerancia agrupamientos tradicionales se han visto obligados a distanciarse de sus orígenes reformistas y posición promercado para aproximarse crecientemente al populismo, incorporando demandas de la extrema derecha, en particular en relación con la inmigración y la prevención contra la inserción islámica. Ha sido el caso en los Países Bajos con el Partido por la Libertad -PVV-, transitando idéntica situación en Dinamarca y Suecia los históricos partidos socialdemócratas, que debieron endurecerse frente al asilo e inmigración en previsión de las próximas elecciones parlamentarias.

 

Diversos comicios en centro Europa llevaron al poder a candidatos que concedieron creciente relevancia a las propuestas anti-inmigratorias, tal como el primer ministro de la República Checa Andrej Babis (Acción de Ciudadanos Insatisfechos -ANO-), y su Presidente Milos Zeman, ex socialdemócrata. Por su parte, Sebastian Kurz del Partido Popular Austríaco (ÖVP) fue electo canciller federal en una coalición con el Partido de la Libertad (FPÖ) basada en medidas restrictivas contra la difusión del Islam, así como muy cercanas a la ultraderecha europea en materia de inmigración, aunque sin cuestionar la relevancia de la UE.

 

Gobiernos populistas mucho más extremos triunfaron masivamente en Polonia y Hungría, intensificando políticas tendentes a debilitar las instituciones liberales de forma autoritaria, y enfatizando su identidad nacional a partir de exclusiones étnico-culturales y religiosas. Así, la Alianza de Jóvenes Demócratas -Fidesz- conducida por el premier Viktor Orban propone sugestivamente una democracia “no liberal” para Hungría, habiendo logrado reformar su Constitución sin oposición, al silenciarla mediante la clausura del mayor diario del país, y la adopción de legislación penal contra todo aquel que asista a inmigrantes ilegales. De igual forma, el premiere Jarosław Kaczyński, del Partido Ley y Justicia –PiS–, inspirado en el tradicional conservadorismo católico en Polonia y una visión crítica hacia la UE intensifica la postura anti-inmigratoria -en un país que no ha recibido migrantes- y reforma el Tribunal Constitucional, mientras criminaliza el debate público sobre los acontecimientos vinculados al holocausto en el país.

 

Emmanuel Macron, bajo su nuevo partido La République En Marche -LREM-, le permitió presentarse en Francia como un candidato ajeno a la élite, promotor de un programa de reforma revitalizadora de la economía doméstica, en el marco de una UE más sólida. Unico caso de triunfo europeo ante la derecha del Frente Nacional –FN– de Marine Le Pen, su propuesta para restablecer el eje franco-germano en la UE quedó empañado ante las elecciones alemanas de septiembre de 2017 en que el derechista Alternativa por Alemania –AfD– obtuvo casi 13% de los votos y 94 escaños en el Bundestag, alterando así el orden político alemán de postguerra al obligar a renovar una “Gran Coalición” ya debilitada. Finalmente, una inédita alianza del anti-sistema Movimiento 5 Estrellas -M5S- y la derechista Liga del Norte lograron formar en Italia un gobierno populista y anti UE que introduce dudas sobre su Eidad en la eurozona en un momento de grave crisis bancaria en el país. Como única excepción a esta tendencia, Pedro Sánchez del Partido Socialista Obrero Español – PSOE– asumió la Presidencia de España como resultado de una moción de censura contra el Partido Popular –PP–, aunque sin la concreción de elecciones generales cuyo desenlace resultaba imprevisible.

 

Este panorama refleja una completa debacle de la socialdemocracia en la UE, incapaz de mantener su coalición de votantes urbanos pro multiculturalismo con una clase obrera cada vez más preocupada por la creciente inmigración, a la cual el populismo tienta con un renovado modelo de nacionalismo. Así, en democracias no suficientemente arraigadas el autoritarismo puede recoger significativo apoyo de los votantes, aún frente al peligro que conlleva. El “nuevo populismo” censura la política, las elites intelectuales y administrativas, así como la complejidad legal y las restricciones de los sistemas democráticos. Por ello se inclina por líderes fuertes, capaces de decisiones unilaterales que introduzcan cambios institucionales a nivel nacional y multilateral, lo que lo torna muy versátil.

 

Populismo se ha convertido al presente en un término profundamente ideologizado y obviamente peyorativo, dirigido a calificar movimientos políticos, regímenes o estilos de gobierno, modelos económicos, o incluso una estética, todo ello sintetizado en un solo concepto sin ninguna claridad analítica, orientado con frecuencia a desacreditar ideas o decisiones consideradas políticamente incorrectas por las elites político-culturales de las democracias occidentales. Por exclusión, podría concluirse que el populismo no resulta definible, siendo invocado para combatir a un monstruo indiscernible en el cual conviven movimientos personalistas, antisistema, anticapitalistas, xenófobos, y nacionalistas.

 

El propio Trump ha sido calificado como populista en Estados Unidos, por su tendencia a vulnerar las normas, así como perpetuar un estado de crisis y continua ofensiva dirigida a convencer a su base electoral que no responde al establishment tradicional, incluyendo el rechazo a la inmigración. Tal vez el populismo no exista, o está en todas partes.

 

Las opiniones vertidas son de exclusiva responsabilidad del autor y no comprometen a la institución en la cual se desempeña

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