Trump inició el diálogo que deberá generar una paz creíble

La incógnita central consiste en determinar si Kim Jong Un tomó realmente la decisión de abandonar las armas nucleares y cumplir con un proceso de paz

Por Atilio Molteni Embajador

 

El acontecimiento histórico se produjo el 12 de junio en Singapur. Tras un mar de tensiones límite y posibles amenazas bélicas de ambas partes, el presidente Donald Trump y el líder norcoreano Kim Jong Un se dieron la mano y se sentaron a conversar. Fue una cumbre bastante insólita, cuya realización estuvo en duda hasta el último momento. Sólo el tiempo dirá si las imágenes que se empeñaron en exhibir ambos gobiernos, precedidas por décadas de agresión verbal y fracasadas negociaciones de máximo nivel, en las que se venía acentuando la peligrosidad de actos sustentados en pruebas misilísticas de Pyongyang y en la posibilidad de un ataque preventivo por parte de Estados Unidos, han creado un paradójico diálogo que servirá para abrir paso a una sólida pacificación. Nadie prevé un corto y fácil sendero entre el documento firmado y un creíble acuerdo de paz. Pero aun con esas prevenciones, vale la pena tomar nota de que los signatarios se comprometieron a trabajar en esa dirección y se proponen desnuclearizar la Península Coreana. Las negociaciones para generar el nuevo contexto habrán de ser lideradas por el secretario de Estado norteamericano, Mike Pompeo y por un funcionario equivalente nivel en el caso de Corea del Norte.

 

En la conferencia de prensa posterior al diálogo de Singapur, Trump reiteró que existía el compromiso de desnuclearización y que el mismo tendrá lugar en forma rápida, lo que debería sustentarse en un proceso de verificación en el que intervendrán inspectores de los Estados Unidos. Ello se complementaría con la práctica habitual de convocar inspectores de otros países que tienen experiencia en esta materia, como sucede con los que pueden convocarse mediante la intervención que cabría esperar del OIEA, algo que haría posible el regreso de Corea de Norte al Tratado de No Proliferación (TNP), en su momento denunciado por Pyongyang.

 

La incógnita consiste en determinar si Kim Jong Un tomó realmente la decisión de abandonar las armas nucleares y cumplir con un proceso de paz, o lo único que busca es salir de su aislamiento político y económico. La verdad recién se sabrá en el transcurso de las acciones de implementación que deben iniciarse para desmantelar sus instalaciones, durante el que Estados Unidos preservará las sanciones existentes. Un problema adicional es el poco conocimiento disponible acerca del programa de enriquecimiento y otras capacidades nucleares relacionadas en poder de Corea del Norte, que alcanzaría a 141 instalaciones de distinto tipo, a lo que se suman misiles muy importantes y un armamento convencional significativo, que permitiría destruir Seúl. Al regresar a Estados Unidos, Trump sostuvo que ya no existía más la amenaza nuclear de Pyongyang, pero esa afirmación todavía carece de fundamentos, ya que no está respaldada por compromisos específicos. Tanto, que para muchos Kim salió ganador de la reunión bilateral de Singapur, al haber logrado desempeñar un papel internacional destacado, y de cierta legitimidad, no obstante representar a un régimen corrupto que violó todos los derechos humanos de su población, incrementando la tradición de su familia en estos menesteres.

 

Además, el tema se relaciona con otras inestabilidades regionales. El anuncio del Jefe de la Casa Blanca referido a que no se realizarán los ejercicios militares con Corea del Sur, y su aparente deseo de repatriar las tropas desplegadas en dicho país, causó honda preocupación. Esa presencia siempre fue una de las garantías de la estabilidad y el equilibrio al borde de la guerra que prevaleció en la península, lo que es raro si advierte que Kim sólo se comprometió a suspender sus pruebas nucleares y misilìsticas y se limitó a destruir un sitio donde tenían lugar las primeras. El problema es que estas decisiones pueden ser revertidas por cualquiera de las partes, las que no se caracterizan por la estabilidad de sus manifestaciones. En el caso de Trump, ello quedó ampliamente demostrado en la última reunión del G7 en Canadá, cuando maltrató sin contención a sus aliados y socios comerciales icónicos como Justin Trudeau y Angela Merkel.

 

El tipo de caracterización que asumió Washington con Corea del Norte contrasta severamente con la política que está siguiendo respecto de Irán, país que carece de armamento nuclear como Pyongyang, pero se sometió a un acuerdo muy completo (de 160 páginas) que incluye un proceso de verificación altamente intrusivo por parte del OIEA y cuyos términos hasta ahora cumplió con visible prolijidad. No obstante ese foja de servicios, Trump optó por dejar a un lado el Acuerdo con Teherán, ninguneando la opinión de los restantes signatarios del mismo, todos miembros permanentes del Consejo de Seguridad, y Alemania, con lo que también desechó un instrumento legal ratificado por la ONU. La alternativa elegida por Washington incluye un listado completo de exigencias que ahora comprende el desarrollo misilístico y el objetivo de detener su peligrosa intervención directa en los conflictos regionales y otras acciones que se orientan al cambio de régimen iraní.

 

Pero eso no es todo. El próximo objetivo del presidente Trump, al terminar el Ramadán, es la presentación de su plan de paz para el Medio Oriente al que identifica como su “acuerdo último” para lograr la paz entre israelíes y palestinos. Se trata de una meta que por muchos años no consiguieron alcanzar los presidentes norteamericanos que lo precedieron en la función. El se propone utilizar la actual convergencia de intereses de Israel, Arabia Saudita y otros estados del Golfo, que están muy preocupados por las intenciones atribuidas al gobierno iraní. Por lo pronto, el contenido de ese plan habrá de causar intensos debates tanto en la coalición gobernante presidida por Netanyahu como en la oposición, pero en mayor medida entre los palestinos, quienes posiblemente habrán de lamentar que Arafat no haya aceptado las propuestas del presidente Clinton en el año 2000, aunque la estrategia incluiría significativos estímulos económicos.

 

Hay quien sostiene que las acciones de Trump modificaron de cuajo la manera empleada por Estados Unidos para interactuar con el mundo. Alegan que su conducta evolucionó de una diplomacia coherente, apegada a sus intereses nacionales y estratégicos, a un enfoque donde sólo prevalecen los impulsos presidenciales. En muchos casos, tales impulsos están guiados por el deseo de ser noticia permanente, lo que se sustenta en la publicidad de sus actos como elemento esencial. Como si quisiera demostrar a la potencial audiencia que es un ganador de todas las contiendas, aunque el guión cambie de punta a punta en el próximo capítulo.

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