Las señales inciertas del BCRA paralizan la economía real

Los mercados seguirán testeando la política monetaria argentina hasta que haya pruebas de sustentabilidad

REM: ¿qué espera el mercado tras la corrida?

 

Por Joel Vaisman Economista

 

Suponga que usted es un peatón y quiere cruzar una avenida. Se guía, por supuesto, por el sistema de semáforos, que le manifiesta las señales necesarias para poder llevar a cabo su cometido.

 

Si el semáforo se pusiera en verde, comenzaría a cruzar, a menos que, un segundo después de haber puesto su pie en el asfalto, notara que el color cambió otra vez, y se pusiera en verde para los automóviles. Quizás tenga la suerte de que haya un agente de tránsito que trate de regular la situación. Lo que debería suceder es que ese regulador tome decisiones necesarias para que haya una coordinación entre peatones y automovilistas.

 

Pero, si usted se pone a gritar al agente, diciéndole que quiere pasar, y éste accede únicamente luego de sus peticiones, pareciera que la autoridad no ha estado haciendo su trabajo, sino cediendo a quien grite más fuerte. Una vez que usted cruza, permite pasar a los automovilistas, que estaban ya furiosos. Hasta que, otra vez, un peatón pueda lograr intimidar al agente de tránsito, y se repita un ciclo. Ninguno de los involucrados, automovilistas, peatones y la misma autoridad presente sabrían exactamente la frecuencia con la que cada “jugador interesado” puede cruzar.

 

Esto pareciera estar sucediendo hoy con la política monetaria en Argentina. Alguna vez el BCRA parecía ser consistente, comparado con los manejos fiscales que salían del Palacio de Hacienda, pero ahora parece haberse transformado en el principal problema. La nueva suba en el dólar minorista parece haber confirmado un nuevo piso en $26, producto de la total incertidumbre en las variables macroeconómicas de Argentina generadas por lapsos de “laissez faire” que no convence a nadie. Si es a propósito, no se están considerando los riesgos, ya no potenciales, sino reales, en los agentes tomadores de decisiones.

 

El mercado, si es que existe como entidad unificada, no ve nuestra economía como una en la cual existan condiciones para invertir en bienes de capital, sino en grado de especulación. Ahora, testea a nuestra moneda contra el nuevo techo psicológico de $27.

 

El comienzo de la deseñalización

 

Las metas de inflación murieron el 28 de diciembre de 2017, tras la conferencia de prensa en la que se interpretó una sumisión del BCRA al Poder Ejecutivo.

 

Las metas de inflación murieron el 28 de diciembre de 2017

 

Ese día quedará en la historia económica mundial como un acontecimiento de lo que no se tiene que hacer en política monetaria si es que se quiere perseguir una regla de política. La ya tibia insistencia en una meta de 15% anual, un dólar en $19,30 promedio para 2018, provocaron que los inversores “de cartera”, es decir, aquellos interesados en títulos públicos según la coyuntura, decidieran que era momento de dejar de posicionarse en pesos.

 

Coincidió, es cierto, con el alza en la tasa de referencia de la Fed en EE.UU., consolidándose como 3%, la cual sirve como costo de oportunidad mínimo para todos los inversores globales. Pero, viendo la reacción en otros mercados, Argentina demostró una sensibilidad mayor a esta suba, producto de la incertidumbre generada por la propia cúpula del Ejecutivo.

 

Tras el anuncio con el FMI, Federico Sturzenegger pareció resignarse a que “no existiría meta para este año”. Ya el inflation targeting parecía enterrado por el mercado, y confirmado por la autoridad monetaria. Pero 24 horas después volvió a establecer una meta cercana al 22%. La REM, mientras, marca 27% mínimo, y hasta se espera una caída del PIB para este año, según confiesan muchos analistas.

 

Si las metas siguen vivas, el instrumento de política monetaria debe ser la tasa de interés. Pero, nuevamente, el mercado testeó al BCRA, llevando el dólar por encima de los $26,50 minorista, y la respuesta fue una tenue intervención en el mercado cambiario, ofreciendo US$ 100 millones. El mercado cerró en $26,38, pero consolidando el piso mencionado anteriormente para el precio que todos miran, consumidores e inversores minoristas, para hacer transacciones y tomar decisiones: el tipo de cambio nominal en punta vendedora.

 

No vender, vender, no subir la tasa, luego subirla, no marcan una regla. Por más que Sturzenegger haya intentado anclar expectativas mediante conferencias de prensa, con el antecedente del 28D, ya no logra.

 

Ya no puede ser Alan Greenspan, Ben Bernanke o Janet Yellen, que, con tan solo realizar declaraciones, provocaban cambios de tendencia en las curvas de rendimientos exigidos en todos los mercados, afectando a la economía real.

 

El BCRA necesita demostrar realmente el “poder de fuego” que alguna vez dejó entrever “off the record”

 

Dado que el FMI quiere desactivar la bomba del stock de Lebac, el Central no puede subir aún más la tasa de interés. Pero, si es verdad que las metas siguen vigentes como política monetaria, tampoco debería poder intervenir en el mercado cambiario. ¿El resultado? Un híbrido, que, de tan híbrido, es amorfo.

 

La incertidumbre en la economía real

 

El efecto de la incierta política monetaria se traslada fuertemente a la economía real. La devaluación, que ya lleva 58% acumulado desde que finalizó 2017 (estaba en $18,92), y con una aceleración en mayo, inmoviliza a las pymes, que no suelen tener estrategias de cobertura, liquidando su capital de trabajo: principalmente las cuentas a cobrar (política crediticia) y la liquidez que puedan tener en efectivo y en cuentas corrientes.

 

De esa forma, las pymes industriales, por un lado, sienten que su dinero en circulación no alcanza para hacer frente a las nuevas compras de materias primas, muy atadas al dólar. Muchas veces no presionan para cobrar, por miedo a perder clientes. Pero para realizar nuevas compras, sus proveedores cancelan cuentas corrientes, ante la incertidumbre imperante, y acortan los plazos de pago.

 

No hay costos estimables. Sin costo, no hay precio. Sin precio, no hay venta. Sin venta, no hay actividad. Y todo esto, en un contexto de salarios reales pulverizados, con lo cual las propias proyecciones de ventas no soy prometedoras.

 

Difícil hoy estimar qué porcentaje del PIB se está destruyendo producto de la incierta política monetaria. Sí es cierto que la velocidad de la devaluación fue lo suficientemente rápida para que muchos precios relativos de la economía no se ajustaran rápidamente por el pass through (el efecto traslado), especialmente salarios.

 

La historia continúa

 

Los mercados seguirán testeando la política monetaria argentina hasta que haya pruebas de sustentabilidad. Algunos confían en que el FMI sería un “ancla nominal” temporaria, al inyectar reservas. Pero la historia se puede repetir: con una economía que no genera divisas, sino que debe ser superavitaria en la cuenta de Financiamiento, puede terminar únicamente tomando deuda para permitir a los inversores seguir realizando carry trade, para luego poder recomprar dólares y utilizarlos en otros destinos.

 

El BCRA necesita demostrar realmente el “poder de fuego” que alguna vez dejó entrever “off the record”. Eso implica que tendrá que torcer, primero, alguna tibia jugada en contra del peso argentino que hacen algunos inversores. Luego, clarificar la política monetaria, para que nuevamente los agentes de la economía real puedan salir de la parálisis en la toma de decisiones en la que se encuentran. La señal debe ser concreta: o existen metas de inflación, o se pisa el tipo de cambio, pero no subir la tasa o intervenir débilmente, una vez que el mercado ya actuó.

 

De esa forma, los inversores dejarían de considerar a Argentina como una economía de especulación, facilitando el propio trabajo a la autoridad monetaria, al ver disminuida la volatilidad en expectativas.

 

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