¿Retorna el populismo a México?

Si bien la retórica de AMLO suena a “chavismo encubierto”, no tiene muchos márgenes para extravagancias fiscales

 

Por Héctor Rubini Instituto de Investigación en Ciencias Económicas de la USAL

 

El próximo domingo se celebran elecciones presidenciales en México. La expectativa predominante es la de un triunfo de Andrés Manuel López Obrador (AMLO), alcalde de México DF entre diciembre de 2000 y julio de 2005. En su gestión incrementó el gasto de asistencia a la población de menores ingresos. Su desempeño como alcalde fortaleció su capital político, pero enfrentó un proceso judicial por la expropiación de un predio para el acceso a un hospital que lo forzó a renunciar, pero no impidió su candidatura presidencial para 2006. Si bien su gestión fue criticada por el entonces presidente Vicente Fox, del Partido Autonomista Nacional (PAN) como “populista”, la deuda de México DF aumentó menos que la del Gobierno Nacional y, en 2004, recibió la nota AAA de Fitch, S&P y Moody’s.

 

Sus propuestas se inspiran en el ideario de Lázaro Cárdenas del Río, presidente mexicano que en su gestión (1934-1940) aplicó reformas con fuerte intervención del Estado: una profunda reforma agraria, la unificación del movimiento obrero bajo tutela estatal, y la nacionalización del petróleo. En su juventud, AMLO fue militante del Partido Revolucionario Institucional (PRI), pero en 1998 se une a Cuahtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo, líderes de una facción interna (Corriente Democrática), que en 1989 se escindió como Partido de la Revolución Democrática (PRD).

 

AMLO fue un tenaz crítico de las políticas promercado de los presidentes Miguel d Lamadrid, Carlos Salinas de Gortari, Ernesto Zedillo y Fox (2000-2006). En 2006 se presentó a las presidenciales y en un recuento de votos muy reñido y con sospechas de fraude. Desde entonces lideró las críticas contra la corrupción de funcionarios públicos y la inseguridad.

 

En 2008, se opuso fuertemente al proyecto de privatización de petrolera estatal Pemex, y en 2012 se presentó a las elecciones presidenciales, siendo nuevamente derrotado en comicios empañados por episodios de violencia y denuncias de prácticas fraudulentas. Luego de impulsar las protestas contra la reforma energética y petrolera del presidente Enrique Peña Nieto, en diciembre de 2013 sufrió un doble infarto y se le colocó un stent. Aun así, siguió adelante sumando el apoyo de disconformes con el actual gobierno, y los preocupados por las políticas de Donald Trump.

 

En materia económica, su modelo inspirador es el del llamado desarrollo “estabilizador” de 1952 a 1970, con metas orientadas a reducir la pobreza, pero no es clara su coherencia con la promesa de no aumentar la carga tributaria ni la deuda pública.

 

  • Subsidios estatales a insumos agrícolas y regulación de precios (precio sostén) para los productores locales.
  • Construcción de dos refinerías petroleras con fondos estatales.
  • Una zona franca a lo largo de toda la frontera con EE.UU.
  • Subsidios al empleo de jóvenes y a estudiantes universitarios de escasos recursos.
  • Duplicación de las jubilaciones.
  • Aumento de sueldos a maestros y enfermeras, y reducir el de funcionarios públicos.
  • Reconstrucción de viviendas y obras públicas luego de los sismos de septiembre del año pasado.
  • Ahorros en base a medidas anticorrupción.
  • Salud gratis para todos.
  • Trenes bala al norte del país.

 

Los inversores extranjeros y no pocos locales lo ven focalizado en la redistribución populista de ingresos. Lo que no es clara todavía es su coherencia con suponer que no aumentará la deuda pública. Algo crítico si se tiene en cuenta que aproximadamente la mitad del gasto público se financia con la renta de un recurso de precio volátil, como el petróleo.

 

La propuesta se focaliza en la demanda social por menor corrupción, pero todavía no es claro cómo hará para erradicarla. Tampoco ha definido con precisión qué hará para mejorar la eficiencia del gasto público. Los asesores de AMLO sostienen que 8 de cada 10 programas sociales de Peña Nieto serían totalmente inefectivos para combatir la pobreza, pero lo que hará para cambiar esta realidad es una incógnita. Según el Banco Mundial la corrupción cuesta al país 9 puntos del PIB, pero la inseguridad interna supone una pérdida de PIB en torno de 20% por año. Lo que no se sabe todavía es si priorizarán este segundo problema para mejorar el clima interno y el funcionamiento de la economía formal.

 

En particular, el escenario en materia de seguridad interior ha empeorado notablemente. En esta campaña electoral ya fueron asesinados 126 políticos, reflejo de rivalidades partidarias y de clanes familiares que controlan los principales negocios del hampa mexicano: el narcotráfico, la trata de personas, y el crimen organizado. Es cierto que este mal no es nuevo, y según varios organismos internacionales se consolidó en los años ’70 bajo la presidencia de José López Portillo. Pero no es claro si AMLO iniciará una lucha frontal, u optará por el negacionismo cómplice de la mayoría de sus predecesores.

 

Los mercados por ahora se mantienen expectantes. Si bien no es visto como un candidato market friendly, se espera que trate de “despegar” una economía que en este siglo ha crecido en promedio apenas 2,2% anual. Si bien la retórica de AMLO suena a “chavismo encubierto”, no tiene muchos márgenes para extravagancias fiscales que pongan en riesgo futuras emisiones de deuda interna y externa. Por ahora habrá que esperar hasta la próxima semana para ver si efectivamente logra la presidencia de la Nación, y empezar a descifrar sus primeras definiciones para un escenario inicial que asoma bastante más difícil que lo esperable, tanto para AMLO como para los demás candidatos.

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