¿Resiliencia?

Los shocks pueden en algunas ocasiones demostrar fortaleza, pero solo si se superan adecuadamente y sus consecuencias no se postergan

Otro capítulo de “lo peor ya pasó”

 

Por Pablo Mira Docente e investigador de la UBA

 

Lo que no te mata, te fortalece, reza el dicho popular. Una posible interpretación es que cada impacto que recibimos, lejos de dañarnos, tiende a demostrar crecientemente nuestra capacidad de absorción. Cada conmoción constituiría un test de nuestra resistencia, y una muestra más de la robustez del sistema. Con cada desafío sobrepasado, por tanto, más fuertes estamos, y más seguros de que el camino recorrido es el adecuado.

 

En macroeconomía, sin embargo, aplicar esta frase literalmente no siempre es una buena idea. Argentina fue en los últimos cincuenta años uno de los países que exhibió mayor volatilidad en su tasa de crecimiento.

 

Esta volatilidad es el resultado de haber recibido golpes de todo tipo, y de no haber sido del todo buenos para asimilarlos. Algunos de esos impactos fueron consecuencia de los continuos cambios de régimen que observó la economía, la mayoría autoinflingidos. El resultado de esta dinámica fue un período de crecimiento muy magro durante el último medio siglo, de apenas 0,5% anual acumulativo per cápita, plazo durante el cual además sufrieron los principales indicadores sociales. Esta dura historia nos obliga a reconsiderar a los shocks como verdaderas amenazas, más que como oportunidades para demostrar firmeza. El insuficiente respeto a las situaciones de stress que sufrimos constituye un riesgo por varias razones. Primero, porque minimiza nuestra capacidad de autocrítica respecto de las virtudes y los defectos de las políticas llevadas adelante. Un sesgo psicológico muy extendido es la insuficiente percepción de nuestras limitaciones: la sobreconfianza. Si cada vez que superamos un obstáculo reconfirmamos el camino elegido, estamos subestimando la posibilidad de que esos impactos sean justamente consecuencia de nuestras decisiones previas de política.

 

Segundo, porque cada impacto recibido, lejos de fortalecernos, en la práctica nos hiere. La economía se resiente, lo que significa que la próxima perturbación impactará sobre un país debilitado, y sus efectos serán mayores. Cuando en 1995 Argentina recibió el shock de la crisis mexicana y salió “indemne” para volver a crecer fuerte en 1996 y 1997, las autoridades inflaron el pecho y defendieron a ultranza las virtudes de la Convertibilidad. Lo peor estaba por venir… Tras la crisis de 2009, el país mostró dos buenos años en 2010 y 2011, pero a partir de ese año casi no crecimos más en términos netos.

 

Finalmente, las turbulencias afectan negativamente a las expectativas. Ante el hostigamiento continuo y la mayor incertidumbre, los agentes comienzan a tomar decisiones “defensivas” más a menudo, restringiendo su demanda, ahorrando en dólares, y retrasando inversiones con potenciales beneficios. Esto a su vez impacta sobre la actividad económica y la inflación, debilitando aún más a la economía a la espera de la próxima perturbación.

 

Los shocks pueden en algunas ocasiones demostrar fortaleza, pero solo si se superan adecuadamente, no si sus consecuencias meramente se postergan. Y si un impacto afectó negativamente a las principales variables macroeconómicas, es mejor identificarlo como una advertencia, no como un síntoma de vigor.

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