Pañuelo verde, verde moneda

15 de junio, 2018

 

Por Carlos Leyba 

 

La jornada legislativa tuvo un gran triunfador. El ideólogo del Gobierno, J. Durán Barba, quién afirmó que uno de sus objetivos era lograr la ley del aborto libre y gratuito. Junto a Marcos Peña han logrado un mojón en el “cambio cultural” a pesar de las enclenques manifestaciones de desacuerdo de Mauricio Macri.

 

Manifestaciones en campaña que le permitieron sumar electorado. Después de haber promovido el tratamiento de la ley ha quedado claro que aquella manifestación fue pour la gallerie. Una manera de tirar la piedra y ocultar la mano. Eso es feo. Pero estamos acostumbrados.

 

La media sanción de la ley dice que queda prohibido, a las instituciones de salud, “la objeción de conciencia e ideario institucional” que será penada con prisión, inhabilitación o clausura del establecimiento.

 

Se establece una práctica obligatoria para los establecimientos públicos, lo que es coherente, pero también para los privados.

 

Es una decisión presupuestaria, lo que es lógico y consistente, pero también es un cargo adicional para las obras sociales como si se tratara de una enfermedad que no lo es.

 

¿Tienen el mismo tratamiento presupuestario y conminatorio, aquellas personas que sólo pueden consumir ciertos alimentos cuyo costo duplica el de los comunes? ¿Las ampara el presupuesto público? Deberían ¿no le parece? Los derechos son razonables sobre la base de la igualdad.

 

Pato o gallareta, sea por voluntad de Macri o por estado de la cuestión, todos hemos entrado en el rodeo posponiendo el debate de otras cuestiones que afectan a la totalidad y – por cierto – de verdad a los más vulnerables. Hoy el FMI.

 

¿Imagina, estimado lector, a los comunicadores sociales, articulistas, panelistas, legisladores, etcétera, con el mismo entusiasmo, cadena oratoria, vocación por conocer la opinión de expertos y afectados, en temas tan centrales y profundos como, por ejemplo, el acuerdo que la Argentina propone para Mercosur-Unión Europea?

 

¿O lo que implica la definición de la política energética que, por cierto, no es la tarifa o el precio de los combustibles, que es apenas una deriva de lo que está detrás?

 

¿Ha escuchado usted un debate profundo, o la preparación de ese debate, sobre los contratos de la concesión de hidrocarburos, las condiciones en que operan; una discusión acerca de cuáles son las reservas energéticas de las que disponemos; o de las políticas – siempre son recursos – que diseñamos para el desarrollo de las energías limpias o, por ejemplo, las condiciones para disponer de los recursos de Vaca Muerta? Ni ahí.

 

Los Parlamentos de los países que queremos emular profundizan todos y cada uno de los temas estratégicos. Los temas se analizan multidimensionalmente y se forman consenso. De ese modo se neutralizan los inevitables lobbies que desnivelan las decisiones y las alejan del bien común. Este debate, más allá del resultado, fue un ejemplo de lo que deberíamos hacer con las cosas importantes.

 

Y hablando de salud qué tal si nos animamos a debatir a fondo, en el Congreso y con los expertos, la cuestión del costo de la salud y de la medicina, de la organización, incluidas las obras sociales y las instituciones públicas. ¿Nada para mejorar en ese marasmo presupuestario?

 

El debate por el aborto libre y gratuito es de una profunda importancia. Pero no es menor el debate sobre el uso, apropiación, destino, de nuestros recursos naturales. El litio, por ejemplo, puede ser el disparador de una transformación productiva del Norte argentino. Pero ese recurso, como muchos otros, para ser explotados con racionalidad y el mayor rendimiento social, obliga a la política, primero a escuchar todas las voces expertas e interesadas y después la obligan a decidir; y decidir es aplicar recursos. De eso no se habla.

 

La ley del aborto ha producido, tal vez consecuencia de la intensidad del debate y de la presencia de decenas de expertos, del entusiasmo de los comunicadores, una verdadera asunción de responsabilidades personales y no de grupo. Cada legislador tuvo que votar individualmente y no en bloque. No fueron escribanía.

 

¿Pero no sería mucho, pero mucho, mas importante que se abocaran a debatir cómo hacemos para salir de este pantano espantoso que más de la mitad de nuestros jóvenes menores de 14 años han nacido en hogares de padres y abuelos condicionados por la pobreza? ¿Se animarán a debatir por qué, en los últimos 40 años, el número de pobres ha crecido a la tasa anual acumulativa del 7,1%? ¿Cómo salir de esa tendencia infame?

 

Los ejemplos deben servir para despertar la conciencia de la responsabilidad de preguntar sobre aquello que es importante y de lo que apenas conocemos un aspecto. Preguntar para decidir.

 

¿Cuál es la proyección de nuestro potencial humano para el desarrollo?¿Tienen la misma posibilidad de educación esos niños nacidos en todas las carencias (la mitad), que los de la clase media (la otra mitad) para quienes se diseñó la escuela burguesa? ¿Cuántas palabras suman esas vidas cotidianas?

 

Esa es nuestra “bomba social”. La que olímpicamente ignora el Congreso cuando no debate ni legisla, que es aplicar recursos, para rescatar todas esas vidas.

 

No ocuparse es hipocresía. Soberana hipocresía es no ocuparse de las cosas difíciles aplicándoles por lo menos el mismo tiempo que a esta ley, para que expertos expliquen y proyecten. Y para que comunicadores instalen los temas que son las verdaderas bombas, por un lado; o las verdaderas posibilidades por el otro, en las que se juega nuestro futuro.

 

Mientras se terminaba la desconcentración de la alegría de “ganar” por unos pocos votos, se abandonaba la toma de colegios, y se recuperaba el sueño de una noche blanca en que se abrazaban “gorilas” y “kirchneristas”, el dólar comenzaba a trepar la escalera de la fuga. El despertador que llama a la realidad material colectiva.

 

Las maniobras de marketing a lo que nos tiene acostumbrado Durán–Peña, pueden distraer pero la realidad es implacable. Más dolorosa para quien cree que la transforma un método publicitario. Con el big data se pueden ganar elecciones pero no gobernar.

 

Datos, no big, cotidianos: la inflación el gran enemigo que querían derrotar Mauricio marcó 12% en sólo cinco meses. Y a nadie se le ocurre que el invierno, sea “lo que hay que pasar”. “Lo peor no pasó”

 

Los meses que vienen –salvo que la economía se desplome– seguirán siendo duros en materia de precios. En ese marcador resultados no habrá. Y si los hay será a costa de cimbronazos mas fuertes que los que el cuerpo social puede tolerar.

 

Y como si eso fuera poco, más allá que el alza del dólar responda al deseo del FMI – con el que de esta manera se empieza a quedar bien- el dólar tocó $28,43 por unidad. Para ponerle clima: 6,6% en un día que reflejan –sin intervención del BCRA– que confianza no es lo que hay, al menos, entre los que tienen los “verdes” que valen y aunque los pañuelos “verdes” los hayan llenado de alegría a los Peña y a Duran.

 

La ingeniería electoral –seguramente sumará votos en los medios juveniles tipo Carlos Pellegrini y Nacional Buenos Aires– nada tiene que ver con “la confianza” que pesa en las decisiones económicas y financieras. Y en este sistema de esa confianza depende, en última instancia, el bienestar general. El bien común requiere de la intervención de la voluntad de la política. La confianza de los mercados no lo produce.

 

La Carta de Intención que también hoy trascendió, como todas las que le antecedieron, tiene el fundamento clásico: reconozco mis desequilibrios fiscales, monetarios y Cuenta Corriente del Balance de Pagos y comprometo mis acciones a fin que el dinero que me prestan y el que me ponen a disposición, será usado para lograr esos equilibrios (en el tiempo) y que mediante controles del prestamista (FMI) garantizaré el repago.

 

En el memo dicen que los que nos pasa no es una consecuencia de los errores de las políticas económicas aplicadas desde diciembre de 2015, ni siquiera de la herencia recibida y no reparada. La razón, dicen, es que “los mercados financieros de Argentina comenzaron a sufrir una fuerte presión en abril como consecuencia de una desafortunada confluencia de factores: una severa sequía, fuerte caída (…) en los ingresos por exportación; el precio mundial de la energía aumentó y las condiciones financieras globales se endurecieron con la apreciación del dólar estadounidense y el desplazamiento hacia arriba de la curva de rendimiento de los bonos de EE.UU.” Las culpas son de los otros. No hay error humano, básicamente, “cambios inesperados”. Mal diagnóstico, mala cura.

 

Es más, el Memorándum dice: “A pesar de que la economía mostraba tasas de crecimiento saludables (…), estos eventos nos convencieron de que la asistencia era necesaria para reducir el impacto (…) en nuestra economía”.

 

¿Realmente el Gobierno cree en la existencia de tasa de crecimiento saludables cuando el PIB por habitante es igual al de siete años atrás?

 

La interna está dura. Los que tienen pesos van detrás del dólar. Los que tienen trabajo sospechan de la erosión del salario. Los que viven de los recursos públicos además tienen la expectativa del recorte del gasto, la sombra de las tarifas se agrava por la insólita asociación de los costos matrices a la evolución del dólar y de los precios internacionales.

 

Las expectativas de consumo e inversión están en territorio desconocido.

 

El Estado instalado en la arquitectura clásica de una ayuda impostergable del FMI. Sin esos fondos la incertidumbre sería mayor. No es decepcionante la realidad sino la incapacidad de abrirse a un debate serio para lograr un consenso que ayude a sacarnos de la decadencia a los tumbos que practicamos hace 40 años.

 

Estamos gestando un verdadero monstruo. El Congreso, el movimiento obrero, el empresariado, las fuerzas sociales, tienen que asumir la exigencia del debate para alumbrar un camino que con luz es difícil. Y estamos viajando a oscuras, con un pañuelo en los ojos.

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