El mundo en deuda: una variable descontrolada

La enorme deuda en la cual se encuentran sumergidas EE.UU. y China –no ajena a los respectivos desbalances de sus economías– no parece recibir la atención que merece

 

Por Eduardo R. Ablin Embajador

 

Mientras las dos mayores economías del mundo se agitan en una potencial guerra comercial, la enorme deuda bajo la cual ambas se encuentran sumergidas –no ajena a los respectivos desbalances de sus economías–no parece recibir la atención que merecería. La economía mundial ha estado sujeta a un progresivo endeudamiento desde comienzos de este siglo, aunque no todas las categorías de deuda han crecido en igual medida, destacándose la de los gobiernos sobre la de las empresas, familias, o el sector financiero.

 

El Institute for International Finance’s Global Debt Monitor estima hacia 1997 un stock de deuda mundial de U$S 74 billones, que avanzó hasta US$ 167 billones en 2007, a US$ 216 en 2016 y US$ 238 en 2017. Hasta 2007 la deuda global había crecido a una tasa compuesta del 8,5% anual, reducida luego a 3,6% anual hasta 2016, para escalar en forma drástica 10,2% entre 2016-2017, aunque paradojalmente el elevado crecimiento del PIB permitió a los gobiernos contraer el índice deuda/PIB por primera vez en veinte años.

 

En Estados Unidos (EE.UU.) la deuda pública ya equivale al 105% del PIB, seguida por la del sector financiero (81% del PIB), aquella correspondiente a las familias (77%) y a las empresas (72%). Se constata en forma acumulada un coeficiente deuda/PIB de 330%, destacándose que el pasivo de las familias supera al de las empresas, el cual es a su vez atribuible en 60% a préstamos bancarios, lo cual conlleva vencimientos más cortos (2 años promedio) que en el caso de emisión de bonos. Así, las obligaciones de pago de las empresas se estiman en U$S 3,8 billones anuales, lo que involucra crecientes riesgos, constatados por la agencia calificadora crediticia Moody’s que ubica 37% de la deuda empresaria no financiera (U$S 2,4 billones) por debajo del denominado investment grade mientras que del 63% que lo supera un importante tramo apenas alcanza la calificación “BBB”, mínima en la escala.

 

En la República Popular China (RPC) avanza la reforma del modelo de acumulación exportadora hacia un esquema que promueve mayor consumo interno, lo que requiere de una moderación de las elevadas tasas de crecimiento, ahora estimadas por el Fondo Monetario Internacional (FMI) en 6,4% para 2018 y 2019 y 5,8% en 2022. Esta tendencia guarda relación con el elevado endeudamiento del país y el consiguiente alza en los riesgos, apuntando a impedir una eventual caída drástica de la actividad a mediano plazo. La RPC es considerada –según el Banco de Pagos Internacionales de Basilea (BIS)- una de las naciones más expuestas a una crisis bancaria, que el régimen del presidente Xi Jinping pretende impedir. A tal efecto ha introducido normas más estrictas en el sector, junto a restricciones a los préstamos entre instituciones financieras y un aumento gradual del costo del crédito destinado a desacelerar su demanda, criterios que se intentan imponer al denominado “shadow banking” –sobreexpandido y poco transparente sector bancario paralelo– sobre el cual el Banco del Pueblo (Banco Central de la RPC) no ejerce en la práctica control.

 

Dicha política financiera se complementa con una intensa y comprehensiva campaña de desendeudamiento y reducción del apalancamiento de los gobiernos locales -que sólo podrán financiarse por emisión de bonos hasta U$S 213.000 millones en 2018, impidiéndose su acceso al crédito bancario-. El endurecimiento general de las normas crediticias para empresas de propiedad estatal, e incluso hogares, tiende a contener el crecimiento de la inversión financiada vía deuda en la construcción de viviendas e infraestructura. Sería, a su vez, complementada por vía de un complejo equilibrio que contempla un recorte impositivo (previsto en U$S 126.000 millones) concomitante con una contracción del déficit hasta 2,6% del PIB. Caso contrario, se advierte que la deuda total del sector no financiero –deuda pública, de hogares y empresas– continuaría creciendo hasta equivaler a casi 300% del PIB en 2022, superando en 25% el nivel registrado en 2016.

 

El crecimiento desmesurado del modelo proexportador ha sido atribuido a los subsidios a empresas de propiedad estatal escasamente eficientes –por lo que se prevé la incorporación de inversores que logren racionalizar su gestión e incrementar su productividad– junto a una política crediticia laxa, redundando en peligrosos niveles de sobreproducción y endeudamiento. Esta combinación ha conllevado una transformación del sistema financiero, reflejada en un incremento del tamaño de los bancos, cuyos balances se han expandido hasta representar 300% del PIB, muy por encima de la media de las economías desarrolladas. La expansión del crédito a través del mercado interbancario y de instrumentos complejos del “shadow banking” –como los denominados Wealth Management Products (WMP)– incrementa los eventuales riesgos de contagio, limitando la capacidad de maniobra ante potenciales crisis de confianza en el mercado bancario. El Gobierno siempre podrá utilizar los recursos públicos como red de protección, y el Banco del Pueblo suministrar liquidez, e inclusive recurrir a los controles de capitales para reducir la fuga de divisas ante la incertidumbre, situación ya registrada en 2015-2016 con la salida de U$S1 billón y una caída de reservas de U$S 3 billones para sostener el renminbi (RMB).

 

Aún cuando la RPC no provee datos oficiales sobre la dimensión de su deuda –emitida mayormente en RMB– existe consenso en estimarla en torno del 260% del PIB en 2017, habiéndose duplicado desde 2008. El monto de endeudamiento de la economía china es objeto de significativas divergencias, agravadas por la posibilidad de “contabilidad creativa” que torna dificultosa su medición, en tanto el propio Buró Nacional de Estadísticas registra discrepancias de larga data entre los datos provinciales y los nacionales.

 

La deuda corporativa equivale al 170% del PIB, la de las familias concentra 55% y la deuda pública 37%. Aún cuando el coeficiente global de endeudamiento no difiere tanto del de los EE.UU., se diferencia esencialmente por el comportamiento de la deuda privada –corporativa y de las familias, en buena parte dado el crecimiento de las clases medias–, que evidencia un peligroso y constante ascenso desde 2011 respecto del PIB, superando a la deuda pública.

 

Dado que los beneficios empresariales del sector privado subieron sólo 18% entre 2011 y 2016, mientras que los resultados de las empresas de propiedad estatal se desmoronaron, surgen dudas respecto de la calidad de la deuda china más reciente, que podría haber derivado del “blanqueo” parcial de la deuda privada acumulada en el “shadow banking”, junto a una deuda difícilmente sustentable que se va “refinanciando” para evitar la desaparición de las empresas deudoras de propiedad estatal, impulsando las propias autoridades la necesidad de encarar un proceso de desapalancamiento.

 

Así, la incontrolada expansión crediticia ha motivado una baja de la calificación de la deuda soberana de la RPC, cuya economía ya ha sufrido el surgimiento de burbujas inmobiliarias y de los mercados de valores. Al margen del incremento del volumen de deuda, resulta esencial observar la eficiencia del crédito, medida como intensidad del mismo (cantidad de deuda necesaria para incrementar una unidad de PIB), el cual se ha visto triplicado en una década debido a la mala asignación de recursos. El crecimiento de la brecha deuda/PIB por encima de determinado nivel presume un deterioro de la eficiencia del crédito, generándose un indicador de sobrecalentamiento económico que anticipa el riesgo de crisis financiera. Para evitar este peligro el nuevo modelo de crecimiento prevé ampliar el mercado interno estimulando el consumo. En tanto el ahorro equivale a 46% del PIB – doble de la media mundial– como resultado de la tradicional propensión a la frugalidad en los hogares, ello resulta en elevados niveles de inversión poco eficiente, o mayores superávit de la cuenta corriente que tensionan aún más los desequilibrios mundiales. Por ello, la reducción del crédito y desaceleración de la oferta monetaria a un mínimo de 8,2 % enfatiza la voluntad de reducir los riesgos de una crisis financiera sistémica, estabilizar el nivel global de deuda y ayudar a la refinanciación de pasivos.

 

Contemplando la gravedad del endeudamiento de las dos mayores economías mundiales cabe preguntarse si alguna necesita agregar una guerra comercial.

 

Las opiniones vertidas son de exclusiva responsabilidad del autor y no comprometen a la institución en la cual se desempeña.

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