Muchas noticias

El cuadro de buenas noticias no mueven el amperímetro y, para eso, hay que tener un programa que se lo proponga

 

Por Carlos Leyba 

 

En pocos días, un verdadero aluvión de noticias en una economía que, por ahora, no mueve el amperímetro. Esas noticias no han sido malas.

 

La primera es el reconocimiento del fracaso de las gestiones de Federico Sturzenegger y equipo, y también de Juan J. Aranguren y Francisco Cabrera. Nadie despide a quién considera exitoso.

 

Del “mejor equipo de los últimos 50 años” quedan menos integrantes. A Alfonso Prat-Gay lo despidió Marcos Peña y tuvo que viajar al Sur en una suerte de besa manos posraje. Lo de Carlos Melconian fue parecido.

 

Esta segunda ola de despidos ha seguido la tradición, aunque morigerada. Aclaremos que el Presidente del BCRA, con acuerdo de la Cámara Alta, no puede ser despedido. Necesariamente tiene que “renunciar”. Fue despedido como lo fueron Aranguren y Cabrera.

 

El despido del Presidente del BCRA es el reconocimiento de colosales errores como la pérdida de US$ 12.000 millones de las reservas aplicadas a facilitar la fuga de capitales a un precio menor al que el mercado hubiera estado dispuesto a pagar. Con esos US$ 12.000 millones, el BCRA, desde que empezó la marimba, podría haber intentado, con mayor solvencia, la misma estrategia que ahora – on el remate posrueda– está aplicando, y promete seguir aplicando, el dúo Caputo-Cañonero.

 

¿Luis Caputo no hablaba con Federico? En ese plano, FS hizo todo mal. Las intenciones aparte. Las reservas se aplicaron a la fuga. ¿De quién? De los titulares de los dólares que entraron a colocarse en pesos a las tasas inciviles –siempre 10 puntos arriba de la inflación estimada– popularizadas en las Lebac. FS armó ese mercado. La inflación no bajó, la devaluación ocurrió, las reservas volaron.

 

Sobre esta cadena de errores advertida por ortodoxos, heterodoxos, practicones, etcétera, nadie se hará responsable más allá de gozar para siempre del prestigio de haber sido presidente del BCRA, lo que habilita para circuito de conferencias, cargos en organismos multilaterales y demás.

 

Pero además del billón largo de pesos de la bomba generada por el BCRA de Mauricio Macri, a través del incentivo al pedal, en el debe de FS hay que computar el pago de las escandalosas ganancias del dólar futuro.

 

Ministros y legisladores del PRO denunciaron penalmente a los funcionarios del Gobierno anterior por haber vendido dólar futuro con una cotización a todas luces imposible. A pesar de la denuncia que habilitaba a una estrategia –absolutamente posible, sencilla y obvia- que hubiera permitido desmontarla y no generar una renta sin ninguna base material que la justifique, FS la convalidó emitiendo aproximadamente $55.000 millones que fueron carne de nuevas Lebac y que, ajustadas con las tasas de interés devengadas, representan un porcentaje importante del stock actual.

 

Ninguno de los pronósticos de FS y su equipo se verificó, ninguna de sus metas se alcanzó y dejó un tendal de heridos en el lado real de la economía mientras en el lado financiero se vivió una fiesta extraordinaria.

 

¿El despido de FS significa un cambio de política? La línea de crédito del FMI y el programa al que se compromete el Gobierno tienen como finalidad principal la reducción del déficit fiscal y –obviamente– una mayor coordinación entre la política fiscal y la monetaria. Eso es un cambio que resulta sorprendente que tenga que acontecer como consecuencia de una condición del FMI.

 

Y en segundo lugar, y no menos sorprendente, es que, como consecuencia del acuerdo con Washington, sea restringida – como mínimo– la suicida política del atraso cambiario, cuya contrapartida es el descomunal desequilibrio externo que generan la fuga y el turismo del dólar barato. Desequilibrio que multiplica en el tiempo una estructura económica industrial incapaz de generar los dólares que necesita para existir.

 

Lamentablemente, respecto de este capítulo del desequilibrio externo, el acuerdo con el FMI, sumado a las confusas nociones de nuestro Presidente acerca de la globalización, nada nos ofrecerán para superarlo.

 

Es otro tema nos lleva al segundo despido. El de Cabrera. La designación de FS puede haber sido un error de lectura del CV académico. Comprensible para un ingeniero.

 

Pero la designación de Cabrera sólo se explica por la muy respetable amistad y confianza que el Presidente le profesa, lo que ha significado un despido con consuelo: la presidencia de un banco estatal más un cargo de asesor personal.

 

El ex ministro no calificaba y tampoco fue un tapado. Durante su gestión “la producción” fue ignorada e inundada. A punto tal que aseguró que el desequilibrio comercial externo se debía “a las importaciones de bienes de capital”. Jorge Lucangelli, en una nota a propósito del tema, lo clarificó de manera irrefutable.

 

El tercer cambio de estos días es el despido de Aranguren. Su nombre está asociado esencialmente a las tarifas. Hace pocos días, cuando en Bariloche algunos especialistas señalaban que nuestra industria ha logrado costos similares a los de Estados Unidos, lo que implica que las actuales tarifas tienen mucho de “subsidio” a los productores, Aranguren (en Clarín) declaró que no eran subsidios “sino estímulos” a la producción. El de J.J.A. es el caso del CEO propiamente dicho, puesto a administrar la conducta de sus colegas incentivado por el propio Presidente para que les brinde lo que reclaman.

 

Digamos un ministro que administra concesiones que no trata a los concesionarios como lo que son. El resultado tiene un origen: la célebre afirmación que “no conozco el costo del gas en boca de pozo”.

 

Los tres despidos son de suyo saludables y denotan la existencia de una mirada crítica que siempre es bienvenida.

 

La designación de mercado emergente es una buena noticia que se suma a las tres anteriores. Naturalmente ser “emergente” ni remotamente implica la llegada de inversiones destinadas a la transformación de la estructura productiva. Pero es mejor ser emergente que no serlo. Nuestros bonos (el perfil de nuestra deuda) mejora. Y hay que celebrar que, con el concurso de la oposición, el Gobierno ha logrado leyes que nos han brindado esa calificación.

 

También en el ámbito de las noticias está la aprobación del acuerdo con el FMI. Recordemos que nadie que está bien de salud acude al hospital. Acudir al FMI y recibir el crédito mayor nunca antes alcanzado, por el plazo más extenso del que se tenga memoria, no es un signo de buena salud sino todo lo contrario.

 

Pero la pasión por el marketing lleva a los funcionarios, y particularmente al Presidente, a señalar que un tratamiento tan extenso y tan intenso, lejos de ser un signo de lo mal que estamos, es un indicador de buena salud. No es así. No está bien cambiar el sentido de las cosas.

 

Un caso para poner en ese marco es la expresión del nuevo presidente del BCRA Luis Caputo: la crisis cambiaria es “lo mejor que nos pudo haber pasado”.

 

Si la economía y la sociedad reales no estuvieran tan mal (y no principalmente por culpa de este Gobierno), esta expresión declarada por radio el día miércoles respecto de la crisis cambiaria, como “lo mejor que nos pudo haber pasado” sumada a la habitual del Presidente acerca de que “lo peor ya pasó”, equivalen a aquello que “no se hizo nada en los pies porque cayó de cabeza”. Dejémoslo ahí.

 

Pero de todas maneras, por lo hecho, el dúo Caputo-Cañonero ha demostrado en pocos días que pueden manejar el aparato respiratorio sin riesgo de asfixia.

 

Pero ni ahí han demostrado poder manejar el aparato ambulatorio. Con la tasa en 47% no podemos ni salir a tomar aire. Es decir no nos asfixiamos (dólar a los tumbos para arriba locamente) pero sí se acabará el oxigeno donde estamos y, si no hacemos algo, nos morimos igual. En las otras áreas renovadas las noticias nos permiten ser optimistas.

 

En el caso del nuevo ministro de Energía, “que sabe de petróleo” -así sugestivamente lo dijo el Presidente cuando asumió-, existe una gran posibilidad que se relacione con los concesionarios energéticos como lo que son.

 

En Vialidad ha sido fuertemente criticado por los empresarios del sector a causa de haber sido muy estricto con los contra
tos heredados y haber mandado a la Justicia todo aquello que le resultó sospechoso.

 

El sector energético ha sido tratado –también por CFK– de manera extremadamente favorable, sin que el Estado asuma su papel de auditor de costos y reservas, con lo que la administración pública se convirtió en dependiente de la presión de los intereses privados que, es bueno reiterarlo, no incluyen la propiedad del recurso.

 

Javier Iguacel abre una posibilidad cuando la suba internacional del petróleo, por conflictos geopolíticos, y la devaluación se multiplican, y sobretodo si el precio de importación se convierte en una suerte de guía para el precio de la energía que haría imposible toda la producción nacional.

 

Otra política energética es necesaria y es posible, y tal vez un nuevo ministro pueda comenzar los cambios. Como dice el Presidente, “primero la verdad”. ¿Cuál es el costo?

 

Finalmente, Dante Sica. Un economista formado con larga experiencia y decidida vocación pública iniciada en la década de los ‘80. Un profundo conocedor de muchas ramas de la industria, sus estructuras, su potencial y sus problemas. Uno de los economistas que mas ha desarrollado las vinculaciones con el aparato productivo de Brasil. Alguien que está preparado para el diagnóstico y las propuestas de política necesarias. Podrá influir para una estrategia exportadora.

 

Los recursos del FMI, dada la crisis que nos afecta; ser mercado emergente, dados los riesgos de encarecimiento de la deuda; la designación de un Presidente del BCRA que al menos conoce como se mueven los mercados; el nombramiento de un ministro que ha demostrado no sucumbir a la presión de los concesionarios y la presencia de un ministro –uno en todo el gabinete– interesado de verdad en la producción, forman un cuadro de buenas noticias.

 

Pero ni sumadas mueven el amperímetro. Para eso hay que tener un programa que se lo proponga. Tal vez los nuevos actores puedan demostrar que eso mas que necesario es imprescindible.

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