Medir progreso por medio de los ODS no es tan fácil como parece

Hacer políticas públicas es un arte delicado y no una ciencia exacta: los ODS ejemplifican ese hecho y se deben analizar sus detalles antes de avanzar

 

Por Mariana Conte Grand Economista ambiental y Directora del Doctorado en Economía de UCEMA

 

En el 2000, la comunidad internacional se fijó una hoja de ruta por medio de Objetivos del Desarrollo del Milenio (ODM). Quince años más tarde, se establecieron Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), a cumplirse en 2030. La idea detrás de ambas iniciativas es medir el progreso social en un sentido amplio, considerando no solamente el crecimiento económico, sino que éste no se haga a expensas de lo social o el cuidado del ambiente.

 

Argentina, como casi todos los países del mundo, ha puesto en marcha una serie de políticas para cumplir con los objetivos de desarrollo. Por ejemplo, ha diseñado el Plan Nacional de Agua y Saneamiento, que está vinculado con el ODS 6 (garantizar la disponibilidad y la gestión sostenible del agua y el saneamiento para todos). De hecho, cada una de las medias de Gobierno se encuentra relacionada a los ODS.

 

Así y todo, los ODS han sufrido una serie de críticas a las cuales se debe estar atento al pensar en políticas de Estado. En primer lugar, se considera que los ODS son objetivos poco realistas. Esto ha sido considerado por el Gobierno. Por ejemplo, en el caso del plan arriba mencionado, se tiene como meta llegar a la cobertura de cloacas de 75% de la población, porque no se puede pensar en contar con financiamiento para el 100%. De forma similar, el ODS sobre poner fin a la pobreza, como ya varios funcionarios han declarado, es una ambición, pero no es considerado factible.

 

En segundo lugar, se considera que son demasiadas los objetivos que se fijaron. Los ODM tenían 21 metas y 60 indicadores de seguimiento mientras que los ODS tienen 169 metas y más de 230 indicadores. Como se menciona en un artículo de The Economist, sería más saludable que los ODS fueran tantos como los 10 mandamientos. De ser así, sería más manejable fijar prioridades con respecto a los mismos. Otro problema vinculado a este tema es que al ser tan detallados los objetivos, muchos países no llegan siquiera a tener datos para monitorearlos.

 

En tercer lugar, no todos los ODS tienen los mismos beneficios. Un panel de expertos en economía identificó que 19 de las 169 metas son las que mayores beneficios tienen: tendrían beneficios de $15 por cada $1 invertido. De estas, la mitad tiene que ver con intervenciones en salud, 3 apuntan a políticas energéticas y 3 a la educación. Otras metas son prohibitivas en términos de costos. Esta observación es importante dada la escasez de recursos que tienen muchos países (incluido el nuestro).

 

Finalmente, es importante atender a la interacción entre ODS. Hay interacciones negativas (como bien lo ejemplifica un artículo publicado en la revista Nature, usar carbón para mejorar el acceso a la energía –ODS 7– empeoraría el cambio climático –ODS 13–. Eso aumentaría la temperatura de los océanos y afectaría la vida submarina –ODS 14–) y también positivas (educar más a las niñas –ODS 4– contribuiría a mejorar la salud materna –ODS 3– y a la erradicación de la pobreza –ODS 1–, a la igualdad de género –ODS 5– y al crecimiento económico –ODS 8–). Esta misma idea es recogida por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo en lo que el organismo llama metodología de “combos de ODS”.

 

Hacer políticas públicas es un arte delicado y no una ciencia exacta. Los ODS ejemplifican ese hecho. Deben considerarse con cuidado y analizar sus detalles antes de avanzar.

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