Las criptomonedas, ¿un nuevo patrón oro?

21 de junio, 2018

 

Por Eduardo R. Ablin Embajador

 

Las denominadas criptomonedas, o monedas virtuales, transmiten un aura de exclusividad al sustentarse en tecnologías de avanzada, dificultando -salvo a expertos informáticos- poder comprender con precisión su funcionamiento. Mientras se enfatizan sus aspectos técnicos poco se explicita su naturaleza a la luz de la teoría monetaria. ¿Se trata de bienes o monedas? Al respecto, sólo dejan traslucir una presunta rebelión frente al consenso prevaleciente que otorga a los bancos centrales el monopolio del control sobre la moneda de un país y su valor, así como una pretensión de revisar el orden establecido de forma que las perturbaciones monetarias no afecten la economía real. Ello presume implícitamente la eliminación de la jerarquía del sistema monetario dominado por el dólar, que conserva el privilegio de emisión como divisa internacional mientras los demás países deben acumular divisas por vía del comercio o la inversión.

 

Los experimentos monetarios han respondido mayormente a crisis, impulsando el colapso de 2008-2009 el desarrollo por autores no identificados –bajo el apelativo Satoshi Nakamoto– del “Bitcoin” (BTC), primera criptomoneda sin intervención estatal. Siguiendo la propuesta de Friedrich Hayek durante la crisis inflacionaria de los años, 70, este experimento apunta a crear un mercado competitivo de monedas emitidas privadamente, dirigido a superar la arraigada tradición de los bancos centrales de generar un exceso de crédito que impediría la conservación de una moneda sana. Para contrarrestar el colapso de 2008 la Reserva Federal de Estados Unidos (EE.UU.) introdujo políticas monetarias no convencionales por vía de la denominada “flexibilización cuantitativa” (“Quantitative Easing” o QE), eludiendo así una política fiscal expansiva. En dicho contexto surgen las criptomonedas, que proponen prescindir de la actividad bancaria a la cual consideran un servicio de intermediación superfluo, almacenar las transacciones directas entre individuos por medios electrónicos y proteger a sus usuarios de los sistemas de contralor público. Más allá de su sofisticación técnica, el objetivo de estos nuevos mecanismos monetarios se orienta a que los depositantes puedan resguardar sus activos y transacciones fuera de bancos en peligro ante la desconfianza hacia la moneda fiduciaria y el socorro al sector financiero vía QE. Estos instrumentos facilitan eventualmente el lavado de dinero o negocios ilícitos, aunque descartada cualquier motivación ilegal constituyen un intento de utilizar nuevas tecnologías para evitar el deterioro de la moneda por acción del Estado, aproximándolas conceptualmente al patrón oro.

 

Así, el valor de los BTCs es determinado acorde la oferta y demanda entre la comunidad de usuarios de los mismos, sin sustento en respaldo material alguno, mientras su volumen de emisión total se encuentra rígidamente prefijado, previéndose incorporar magnitudes progresivamente decrecientes hasta alcanzar un stock definitivo de 21 millones de “monedas digitales”, por lo que habiéndose ya liberado al sistema el 75% del volumen final, se estima concluir su emisión en 2040. No obstante no poder operarse fuera de las normas definidas por la propia red, no se trata de un esquema totalmente horizontal y democrático. El sistema se basa en un “blockchain” –libro de cuentas, o enorme base de datos, que descentraliza y desintermedia la operativa– en la que se van registrando todas las transacciones, no pudiéndose borrar ni modificar los registros pasados. Los denominados “mineros” (por analogía con la extracción de oro) son la figura clave que sustenta la red, aquellos que disponen de equipos informáticos capaces de “emitir”, emulando el privilegio que se critica a los bancos centrales. Son los que concretan las operaciones, resolviendo problemas informáticos de creciente complejidad algorítmica a cambio de una retribución en BTCs que perciben acorde el ritmo de emisión predeterminado por sus creadores. Sus importantes ingresos han conllevado la aparición de circuitos específicos con cuantiosas inversiones en equipamiento, dominando China –con enormes “equipos de minería”– el 70% del mercado, en el cual el precio de la energía resulta un condicionante decisivo para la actividad. Así, si la “minería” de BTCs continuara al ritmo de 2017 se estima consumiría toda la oferta eléctrica mundial hacia 2020. Por su parte, los “nodos” son los operadores en la red –con mínima capacidad técnica– quienes mantienen copias constantemente actualizadas del “blockchain” y controlan a los “mineros”.

 

Las criptomonedas parecen intentar reconfigurar los paradigmas monetarios, de donde resulta complejo explicar su naturaleza. Los bienes utilizados como instrumento de cambio y reserva de valor han variado a lo largo de la historia, predominando los metales preciosos al encontrarse en forma pura en la naturaleza, ser imperecederos, y ante la posibilidad de acuñarlos para certificar su procedencia, no registrándose el uso de papel moneda en Europa hasta el Siglo XVII. Aún así, el “patrón oro” continuó siendo preferido por su homogeneidad, ya que todo pago era en última instancia una promesa de entrega de oro, y su disciplina sólo fue abandonada a principios del Siglo XX, cuando la insuficiente oferta de oro resultó demasiado rígida para el dinamismo del capitalismo moderno, limitando el empleo potencial de nuevos recursos ociosos, generando contracción de la oferta monetaria en las divisas nacionales, iliquidez y tendencias deflacionarias.

 

No obstante, los acuerdos de Bretton Woods (1944) -que establecieron el régimen financiero de postguerra– retoman una forma suigeneris de patrón oro al adoptar el dólar como divisa internacional, sujeto a un tipo de conversión fijo respecto del oro. Al abandonar EE.UU. este compromiso en 1971, el valor del dólar –así como de todas las divisas que fijaban su paridad respecto del mismo– pasan a sostenerse exclusivamente en la confianza que le otorgan sus tenedores, lo que se conoce como “moneda fiduciaria”, por lo que no se encontró mejor forma para mantener el valor de la moneda que confiar en bancos centrales que ejerzan control y gocen de capacidad para actuar directa o indirectamente sobre el volumen de crédito creado por el sistema de la banca comercial. Frente a este desarrollo los promotores de las criptomonedas acusan a los emisores soberanos de carecer de límites financieros, siendo el único factor disciplinante del sistema fiduciario el riesgo inflacionario, que los gobiernos combaten esterilizando parcialmente la oferta monetaria o recurriendo a la política fiscal vía mayores impuestos. Asimismo, al proponer la eliminación de los bancos las criptomonedas desconocen la utilidad del crédito generado por el sistema financiero vía el multiplicador bancario, aunque el surgimiento de intermediarios dedicados a arbitrar entre criptomonedas y monedas fiduciarias, así como negociar contratos futuros sobre las mismas, contradice dicho rechazo del sistema, tendiendo previsiblemente a reivindicar el crédito como instrumento fundamental del capitalismo moderno. Finalmente, no obstante la carencia de obligación para los bancos centrales de vincular la emisión de papel moneda a los stocks de sus reservas en oro, el Banco de Pagos Internacionales (BIS, Basilea) enfatiza las ventajas de la independencia de los bancos centrales recomendando que el oro continúe integrando una parte destacada de de sus reservas, debiendo las mismas ser líquidas, y fácilmente realizables a precios razonablemente estables. De hecho, el 75% de las reservas federales de EE.UU. se mantienen en oro, mientras que la gran volatilidad de las criptomonedas (2017-2018) evidencia una liquidez restringida que conspira contra su uso como reserva.

 

En materia regulatoria, cabe destacar que existen más de mil criptomonedas, aunque muchas carecen de valor al haber sido consideradas fraudulentas. Por ello, sólo las veinte principales concentran 90% de la capitalización de mercado y sólo 8% del total cotizan en algún mercado registrado. Así, no sorprende que diversos países –tradicionalmente ortodoxos en materia monetaria y de control de flujos de divisas– prohiban o restringen las operaciones de criptomonedas en su territorio. China –paradójicamente centro de la “minería” de BTCs– Rusia, Corea, Suecia, India, Tailandia, Vietnam, Bangladesh, Islandia, Ecuador y Bolivia consideran a las criptomonedas una amenaza para el valor de sus divisas nacionales, rechazándolas por no contar con un respaldo institucional reconocido.

 

Cabe reconocer que el discurso de las criptomonedas resulta atractivo, al postular un instrumento monetario independiente de la intervención de los Estados, no sujeto a su control ni manipulable vía los bancos centrales. Así, en un sistema libre, descentralizado e independiente el poder se traslada hipotéticamente de las élites bancarias estatales al ciudadano común, amparando presuntamente el valor de las “monedas buenas” por la restricción de volumen previsto para su emisión, lo que brinda la sensación de que se trata de “oro digital”, protegido de la inflación y emisión descontrolada. Sin embargo, la escasez preestablecida de los stocks de criptomonedas resultaría incompatible con el dinamismo del capitalismo, ya que al no preverse elasticidad en su volumen tal vez mucho antes que se agote su “minería” podrían enfrentar los mismos límites que el patrón oro, al no poder proveer valor compatible con la expansión económica. Si a ello se agrega la difícil sustentabilidad en materia energética, la baja liquidez y alta volatilidad, así como los riesgos de potenciales regulaciones gubernamentales, la ilusión de las criptomonedas como oro digital, capaces de mantener su valor y, por ende, reemplazar a mediano plazo a la moneda fiduciaria, genera severa incertidumbre.

 

Las opiniones vertidas son de exclusiva responsabilidad del autor y no comprometen a la institución en la cual se desempeña

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