El acuerdo con el FMI: más allá de la coyuntura

La llegada del FMI también plantea incógnitas en la consecución de un plan macroeconómico de larga duración

 

Por Pablo Mira Docente e investigador de la UBA

 

Los acuerdos con el Fondo Monetario Internacional (FMI) traen, como es habitual, un respiro transitorio para los solicitantes. Los US$ 50.000 millones en un contexto en el cual existe una convergencia entre las políticas públicas perseguidas por el Gobierno y las del organismo es sin duda una ventaja en términos de costo financiero mientras dura la transición hasta la eliminación del déficit fiscal. La jugada oficial es manifiesta: se pretende reducir la probabilidad de nuevas corridas, y de paso obtener una credencial (¿o un responsable político?) para acelerar el ritmo de ajuste de las cuentas públicas.

 

Pero si bien la estrategia es clara en el corto plazo, presenta algunos interrogantes mirando el mediano y largo. Concretamente, ¿qué rol cumple el acuerdo con el FMI en la acumulación de reservas en un esquema de tipo de cambio flexible? En la visión pragmática del funcionamiento de la economía argentina, el préstamo responde a la necesidad de atravesar los bloqueos del desarrollo financiando durante un tiempo prudencial el resultado negativo en la cuenta corriente, más la sistemática fuga de dólares de los ahorristas locales. Pero los papers que cita el oficialismo afirman que esta tarea debería hacerla por sí sola, y sin mayores traumas, el tipo de cambio. En la práctica el acuerdo podría operar para evitar disrupciones con devaluación exagerada (overshooting), pero esta idea requiere suprimir temporariamente algunas ecuaciones de tales artículos académicos que forman presuntamente la base analítica de las políticas en curso. Ocurre que si la confianza en los mecanismos cambiarios ha sido minada por los sucesos recientes, y el FMI asiste en parte para sostener el déficit en cuenta corriente, entonces ya no es posible determinar con precisión en qué régimen monetario estamos operando. Si las expectativas conforman un nodo vital de la credibilidad de la política monetaria, estas idas y venidas no constituyen una señal fructífera para que los agentes establezcan sus previsiones de inversión y consumo con alguna certidumbre.

 

El Gobierno busca obtener una credencial (¿o un responsable político?) para acelerar el ritmo de ajuste fiscal

 

Dicho algo más directamente, los nuevos interrogantes que quedan flotando son los siguientes. ¿Debemos preocuparnos por el déficit en cuenta corriente una vez que se haya controlado el déficit primario? ¿Debemos esperar una intervención cambiaria con qué criterios? ¿Cuál es el mix de suba de tasa de interés, devaluación y venta de reservas que se espera en caso de enfrentar nuevas turbulencias? El pragmatismo en la acción ante eventos disruptivos es bienvenido, pero no debemos olvidar que tienen un costo en términos de coherencia con los principios axiomáticos de la política monetaria.

 

La llegada del FMI también plantea incógnitas en la consecución de un plan macroeconómico de larga duración. Por un lado, la señalización que absorben los mercados ante un “pedido de ayuda” no es la mejor, en especial si los inversores no están suficientemente informados o bien operan de acuerdo a reglas simplistas del estilo “Argentina siempre se mete en problemas”. Por el otro, la imposición de condicionalidades, por más que se anuncien con edulcorante, generan siempre un ruido político. Si los resultados positivos no aparecen rápidamente y las políticas restrictivas operan contrayendo la actividad o ralentando la estabilización de la inflación, la continuidad política podría no estar asegurada. Y en tal caso, las relaciones con el FMI se volverían tirantes, renovando el ciclo de incertidumbre y retrasando una vez más las discusiones de fondo, y no del fondo, sobre el desarrollo.

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