El actual estatus de Jerusalén

La suspensión del partido entre Argentina e Israel no lesionó las relaciones entre ambos gobiernos

 

Por Atilio Molteni Embajador

 

La Historia siempre ayuda a entender el valor de los hechos. Como es público, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, y difundirse urbi et orbi los horrores del Holocausto, ese fue un tiempo en el que comenzó a fortalecerse la gesta iniciada por Theodor Herzl, en 1896, orientada a crear las condiciones para establecer un Estado Judío.

 

Tal idea fue avalada por el anuncio británico de 1947, cuando Londres hizo pública la intención de abandonar su mandato sobre Palestina y endosar el problema a la ONU. Además, el 31 de agosto del mismo año, el Comité Especial sobre Palestina (UNSCOP) propuso que la Asamblea General finalice dicho mandato, otorgue la independencia a Palestina y se divida el territorio entre un Estado Arabe y otro Estado Judío, los que deberían estar económicamente vinculados, en tanto había acuerdo para que Jerusalén deviniera en fideicomiso de la ONU. El 29 de noviembre la Asamblea General adoptó el conjunto de estos enfoques mediante la Resolución 181 (II) “sobre el futuro gobierno de Palestina”.

 

Si bien la mayoría de sus líderes cuestionaron la idea de un Estado Arabe y la exclusión de Jerusalén, la Agencia Judía aprobó el aludido plan de partición. Ben-Gurión logró ese resultado alegando que todo ello representaba un endoso internacional para el Estado Judío y siguió adelante. En cambio, la población árabe de Palestina y los Estados árabes rechazaron y denunciaron estas ideas, tesitura que significó el puntapié inicial para la Guerra de 1948. El conflicto entre sionistas y palestinos en busca de la soberanía del mismo territorio consistió, en última instancia, en el enfrentamiento de dos proyectos nacionales contradictorios que interpretan su Historia de manera opuesta, lo que supone un claro rechazo a la posibilidad de coexistir en paz.

 

La creación del Estado de Israel, nacido el 14 de mayo de 1948, fue consecuencia de la acción de un grupo de líderes seculares y socialistas, encabezados por David Ben-Gurión, el primero que fue designado para ocupar el cargo de primer ministro. Esos grupos construyeron, con gran esfuerzo, una democracia parlamentaria y un Estado poderoso y secular, rodeado de Estados árabes. Pudieron imponer sus objetivos en incontables enfrentamientos, a través de acciones militares y políticas muy bien desarrolladas. También es un hecho que hasta ahora Estados Unidos había tratado de desempeñar el papel de mediador imparcial entre israelíes y palestinos, sin reconocer los reclamos de ninguna de las partes.

 

Jerusalén representa uno de los problemas centrales y es una ciudad que resume, en sí misma, las demás facetas del conflicto. Es un símbolo no sólo para israelíes y palestinos, sino también para gran parte de la humanidad. Constituye un problema político, al que se agrega su peso histórico y la relevancia que le otorgan las tres grandes religiones monoteístas: la judía, la cristiana y la musulmana.

 

La ciudad estuvo dividida entre Israel y Jordania desde 1948 hasta la Guerra de 1967, cundo Israel la ocupó totalmente y extendió unilateralmente sus límites. El 30 de julio de 1980, mediante la “Ley de Jerusalén unificó sus partes occidental y oriental, proclamándola como su capital eterna e indivisible. Sucesivos Gobiernos israelíes han abogado por una Jerusalén unida, integrando a la población árabe. Sin embargo, es una situación difícil de mantener debido, entre otras razones, al deterioro de la seguridad y el escaso porcentaje de los israelíes judíos que están a favor de ceder partes de Jerusalén Oriental si se llega a un acuerdo de paz.

 

En ese sentido, el 26 de diciembre de 2000 -al concluir una negociación sobre los temas centrales de la controversia-, Bill Clinton propuso que las áreas árabes fueran palestinas y que las judías pertenecieran a Israel. Los palestinos sostienen que deben recuperar Jerusalén Oriental, incluyendo la Ciudad Antigua, a la que consideran territorio ocupado y, especialmente, el Monte del Templo -Haram Al-Sharif-. Si se acepta el principio de que habrá dos Estados, conviviendo lado a lado, con un límite acordado, la ciudad podría ser dividida en dos ciudades: Jerusalén Oriental/Al Quds, como capital del Estado Palestino y Jerusalén Occidental, capital del Estado de Israel.

 

Aunque después de ser electo Donald Trump envió un mensaje al Gobierno israelí donde anunciaba su intención de desempeñar un papel significativo para alcanzar un acuerdo sobre el status final entre Israel y Palestina como el “acuerdo último”, y en negociaciones directas entre las partes, hasta el momento no avanzó por ese camino. El 6 de diciembre de 2017, y cumpliendo con una de sus declaraciones de campaña reconoció a Jerusalén como capital de Israel, rompiendo con la condición de mediador imparcial de Estados Unidos y sin exigir ninguna contrapartida. Agregó que su decisión sólo habría de significar el reconocimiento de una realidad.

 

Muchos vieron en esa declaración la idea de aceptar a soberanía de Israel sobre toda Jerusalén, lo que de hecho no responde a lo que dijo el Presidente, pero tal conclusión se debe a que Trump no cuestiona las declaraciones israelíes ni la ampliación de las construcciones en los territorios ocupados. Los palestinos temen que estos movimientos constituyan un precedente. En ese contexto, la situación es crítica por el hecho de que el primer ministro Benjamin Netanyahu mantiene con Trump una relación distinta a la que condujo con su antecesor y, al mismo tiempo, un entendimiento muy amplio, reflejado en la denuncia del Acuerdo Nuclear con Irán.

 

Estos antecedentes explican las reacciones de israelíes y palestinos al ponderar la suspensión del partido de fútbol entre Argentina e Israel que, a sugerencia de los organizadores, iba a concretarse en Jerusalén el 9 de junio. Cabe destacar que ese episodio no lesionó las relaciones entre ambos gobiernos, cuyos dirigentes están empeñados en reforzar el carácter positivo de los vínculos bilaterales, los que incluyeron la reciente visita de Netanyahu a Buenos Aires y el futuro viaje de Mauricio Macri a Israel.

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