Acampe, frazadas y rezos: como fue la vigilia en “las dos plazas”

Manifestantes a favor y en contra de la legalización del aborto mantuvieron una vigilia en la calle durante las más de 20 horas de sesión

Por Delfina Torres Cabreros

 

A Melina apenas le quedaba voz para gritar cuando la pantalla gigante ubicada en la esquina de Entre Ríos y Rivadavia mostró el resultado. Había pasado la noche acurrucada en una vereda de Callao con sus amigas del secundario, formando parte de la inmensa vigilia que acompañó en las calles la sesión de Diputados en la que se discutió la legalización del aborto. A pesar de los mates y las frazadas que se había encargado de llevar, lo cantos encendidos que duraron hasta la madrugada y el frío de una noche que parecía de invierno le habían calado la garganta.

 

‒Daleee, que me quiero ir a casa con la ley.

 

Le decía a sus amigas con un hilo de voz carrasposo mientras miraba con ansiedad la pantalla gigante con los últimos discursos de una jornada que duró más de 20 horas.

 

 

Ya el martes la plaza frente al Congreso de la Nación había comenzado a transformarse anticipando la sesión que parte de la ciudadanía esperaba con más ansiedad que el Mundial. El Gobierno de la Ciudad decidió, para evitar enfrentamientos, dividirla al medio y delimitar dos áreas separadas e inconexas: una para quienes se manifestarían a favor de la legalización del aborto (el área norte, sobre Rivadavia) y otra para los que apoyarían públicamente la opinión opuesta (el área sur, sobre Hipólito Yrigoyen).

 

Desde la noche del martes el ala norte comenzó a llenarse de pañuelos verdes, carpas y grupos de manifestantes encabezados por agrupaciones de izquierda, que fueron las primeras en llegar y apostarse en la zona más cercana al Congreso. Pero el punto más álgido de la marcha fue alrededor de las 7 de la tarde de ayer. En el sector pro legalización del aborto chicas del secundario cargadas de carteles artesanales y caras llenas de glitter circulaban de a decenas. Las mujeres más jóvenes eran las que daban el volumen denso a la masa que cubría cada centímetro de la vía publica desde Corrientes hasta las vallas que partían la plaza al medio.

 

Había niñas, mamás con bebés y un padre que fotografiaba a su hija mientras chicas desconocidas le pintaban los párpados con purpurina. Había mates, hamburguesas, bailes y cantos. Desde el escenario llegaba la música de artistas que hacían bailar y extendían la fiesta en la que por momentos se convertía la manifestación. Levantaban la temperatura que por momentos amenazaba con disipar el apoyo. “Lo que nos sobra es calor humano y pueblo. ¡Nos quedamos acá hasta que salvemos a todas las pibas! La marea verde llegó para quedarse”, arengó la diputada Victoria Donda desde el escenario, y desató el grito tribal de los manifestantes.

 

En el área sur, el escenario proyectaba imágenes de fetos abortados y mujeres contaban sus testimonios felices de maternidad no deseada. “Yo no quería tener un hijo, pero cuando llegó me llenó de amor”, se escuchaba por los parlantes. El celeste era el color mayoritario y la bandera argentina, el símbolo que hacían flamear. Para las 18 había una actividad programada: una ecografía en vivo conducida por la periodista Viviana Canosa. La secuencia fue así: una mujer embarazada subió al escenario, la médica Dolores Ramos Mejía le puso gel en la panza y empezó a transmitir en pantalla gigante lo que veía. “”Mide nueve centímetros y tiene quince semanas de gestación”, dijo. “Ahí está, ahí tenemos vida”, resumió Canosa.

 

Sobre el filo de la tarde la gente llegaba a borbotones al lado celeste, aunque sin acercarse a la condensación de cuerpos del lado sur. El himno sonaba de a ratos como cortina, entonado desde gargantas añosas. Lo adolescentes, en cambio, se arriesgaban con cantitos de autoría propia. Con la melodía de “Somos de la gloriosa Juventud Peronista” entonaban “Diga sí a la vida, diga no al aborto/diga sí a la vida, diga no al aborto/a los legisladores les decimos de frente/los derechos humanos empiezan en el vientre”.

 

 

Cerca del amanecer la incertidumbre sobre el resultado y la ventisca helada había enfriado los ánimos a ambos lados de la plaza. Si bien el área norte seguía abarrotado de gente sobre las cuadras más cercanas al Congreso, en los alrededores los manifestantes envueltos en frazadas se agrupaban en fogatas improvisadas sobre la calle y otros intentaban dormir sepultados en capas geológicas de mantas.

 

Del lado defensor de “las dos vidas” la convocatoria había mermado casi por completo y apenas sobrevivía el canto de un grupo reunido en una única ronda. “Se siente, se siente, la voz del inocente”, coreaban.

 

—¿Vamos a rezar?

 

Le preguntó una mujer de alrededor de 50 años a otra antes de arrodillarse frente a un altar armado contra las paredes de un banco con una gigantografía del Sagrado Corazón de Jesús, la imagen de un bebé —rosado, grande y ya nacido—, velas y flores.

 

Contra las vallas más próximas a la puerta del Congreso rezaban los más jóvenes. Cinco adolescentes arrodillados se balanceaban en la súplica hasta casi rozar la cabeza con el pavimento, levantaban los brazos al cielo, bramaban: “Derrama tu sangre Papá, que es la única que puede salvarnos”.

 

 

Del lado “verde” de la plaza, la pantalla gigante de la esquina de Entre Ríos y Rivadavia era el centro de atención absoluto cuando, ya entrada la mañana, se acercaba el momento de los cierres. Una marea de jóvenes apiñados como en una función de cine al aire libre multitudinaria se iban sacudiendo el sueño acumulado de la noche ayudados por el sol y la adrenalina. El voto a favor del radical José Riccardo, un indeciso que había coqueteado con la abstención hasta último momento, desató un aplauso cerrado y un aullido. Con ese voto, el conteo de la web Economía Feminista daba 127 a favor y 123 en contra. Con las declaraciones en off que circulaban periodistas acreditados en el Congreso en Twitter: 127 a 127. Empate.

 

‒Daleee, que me quiero ir a casa con la ley.

 

Repetía Melina, y se quejaba por tener que tolerar a esa hora y después de haber debatido tanto discursos como el del radical Horacio Goicochea, que equiparó el aborto a métodos de tortura.

 

Pero faltaban apenas unos minutos para que el presidente de la Cámara Baja, Emilio Monzó, lo dijera: “Se va a votar”.

 

En la plaza se aplacaron los ruidos y se enrollaron algunas banderas que impedían ver la pantalla. Se prendieron las cámaras de los celulares, se pusieron los brazos en alto. Se esperó en silencio, con la mirada fija en la pantalla tratando de no parpadear para no perder el instante en que se proyectarían los resultados. 129 votos afirmativos, 125 negativos, una abstención, arrojó la pantalla: media sanción para la legalización del aborto.

 

Un grito colectivo colmó la calle y los saltos comenzaron a sacudir las filmaciones simultáneas de los móviles. Melina se abrazó con sus amigas, desparramó en sus hombros los restos de glitter verde que le quedaban alrededor de los ojos.

 

No tenía voz, pero igual se sumó al canto que ya había coreado tantas veces en las últimas horas: “En el hospital/aborto legal”.

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