Recalculando tras la corrida

El Gobierno debe hacer una lectura correcta de la realidad y, sin estar pendientes del calendario electoral, poner en marcha las correcciones necesarias

 

Por Francisco Eggers Profesor de Finanzas Públicas de la UNLP

 

Hasta hace pocos días, parecía que el único problema difícil para la economía era que la inflación no bajaba lo suficiente. La actividad económica llevaba un año y medio con tendencia creciente; el Ministerio de Hacienda publicaba ejecuciones con déficit primario decreciente; el dólar, que se había depreciado en forma moderada, parecía controlado y las reservas internacionales estaban cerca de su máximo.

 

Estaba claro que había un fuerte déficit de cuenta corriente del balance de pagos, pero el FMI pronosticaba que podría seguir existiendo durante varios años, hasta llegar a un pico en 2021 del 6% del PIB, para luego descender suavemente, sin recesión y con devaluación inferior a la inflación. Y que, si bien seguiría habiendo déficit público –en promedio, 5% del PIB entre 2016 y 2023– no por eso aumentaría la deuda pública, que en 2023 tendría el mismo nivel en relación al PIB que en 2016.

 

Así, con las calificadoras de riesgo mirando al país positivamente y la perspectiva de volver a ser “mercado emergente”, Argentina lucía como un buen negocio financiero para los inversores internacionales. Pero de pronto, como si el niño del cuento de Andersen hubiera gritado “¡El emperador está desnudo!”, la perspectiva parece haber cambiado. Hubo una fuerte demanda de dólares.

 

Para impedir que suba, el BCRA vendió al menos US$ 5.300 millones en 8 días hábiles y subió su “tasa de referencia” de 27,25% a 40%. Y aun así el dólar aumentó 7,5%. Y para colmo, la revista Forbes advirtió que puede ser tiempo de salir de Argentina y la calificadora de riesgo Fitch empeoró su perspectiva de evolución de la calificación de nuestro país.

 

Se dijo que la causa fue el impuesto a la renta de las Lebac (que estaba anunciado desde hace semanas, y más que se compensaba con una suba de tasa de 1,5 punto) o el aumento en la tasa de interés en Estados Unidos (que fue apenas unas décimas de punto, y estaba ampliamente pronosticada). O que otras monedas se debilitaron frente al dólar (el real, por ejemplo, se depreció 3%, sin intervención gubernamental). Ninguna de estas razones parece suficiente para justificar semejante cambio de ánimo. Una explicación alternativa es que hay una percepción de que la economía de Argentina es frágil, dado que el sector público se endeuda en el exterior para sostener su gasto corriente, y que en algún momento va a tener que devaluar la moneda para equilibrar sus cuentas externas. Hasta hace pocos días se percibía que ese momento no había llegado, pero cualquier duda podía desatar la corrida hacia el dólar. Si una brisa es capaz de voltear un edificio, no le echemos la culpa a la brisa, miremos la solidez de la construcción.

 

 

¿Qué hizo el BCRA ante el aumento de la demanda de dólares? Entendió que era un problema coyuntural, que había que impedir a toda costa que subiera el dólar, ya que estaba en un nivel relativamente alto, y para ello vendió reservas y aumentó la tasa de interés en pesos. Como dice el dicho, “pan para hoy y hambre para mañana”.

 

Tal vez le faltó una atenta lectura de la realidad, a lo que podía ayudar la lectura de la página web del propio BCRA. Por ejemplo, la serie de tipo de cambio real multilateral nos dice que el peso en abril estaba 27% más caro –en relación a un conjunto de monedas de países con los que comerciamos– que el promedio histórico 1997-2018. En consecuencia, el dólar estaba relativamente barato. Lo que hizo el BCRA fue vender dólares baratos, facilitando la salida a los que entraron para hacer su negocio financiero de corto plazo: el carry trade.

 

La otra evidencia de que el dólar no estaba caro era la cuenta corriente de la balanza de pagos, que tuvo un déficit equivalente al 4,8% del PIB en 2017, y tendió a empeorar en 2018. Esto quiere decir que pagamos por bienes y servicios en el exterior más de lo que vendemos, lo que en gran parte se explica porque los precios argentinos son más caros que en muchos otros países. Cuando esto ocurre, tenemos que sospechar que nuestra moneda está cara en relación con las demás. Y este déficit no se financia con ingreso de capitales que vienen a invertir en la producción sino con endeudamiento público.

 

Por su parte, el ministro de Hacienda, más allá de su discurso de “la culpa es de los demás”, parece haber entendido que el problema es la inconsistencia macroeconómica, ya que su propuesta fue reducir el déficit del sector público. Según dijo, proyecta bajarlo del equivalente a 6% del PIB que hubo en 2017 a 4,9% en 2018 (2,7% de déficit “primario” más 2,2% de intereses). Algo que se lograría a partir de una reducción de gastos.

 

Con respecto a los gastos “primarios”, la idea principal sería reducir la inversión pública, cosa que el Gobierno ya venía haciendo, pero, además, la suba de la inflación colabora para que se reduzcan los gastos primarios en términos reales, en parte porque, aunque los haberes previsionales y las asignaciones familiares se ajustan por la inflación y los salarios pasados, al hacerlo con un semestre de retraso, cuanta más inflación haya en esos seis meses más se licúan.  Así, si la inflación a fin de año fuera 18% anual, y el salario real de los trabajadores registrados se mantuviera, el poder adquisitivo de los haberes percibidos en 2018 sería similar a los de 2017, pero si la inflación fuera 24% anual, y los salarios crecieran menos, la depreciación real de los haberes previsionales sería mayor a 2%.

 

Pero el menor nivel de actividad económica que resultaría del alza de las tasas de interés, la mayor incertidumbre y la reducción de gastos públicos “primarios” (componente importante de la demanda interna) afectaría a la recaudación tributaria. A eso se sumaría el hecho de que las tasas de interés muy altas constituirían un incentivo para demorar el pago de impuestos.

 

En cuanto a los intereses de la deuda pública, Hacienda proyecta que en 2018 casi no aumentarán (ni en dólares ni en porcentaje del PIB) respecto a 2017. No parece consistente con el aumento de la deuda pública: la del Tesoro con el sector privado y organismos oficiales del exterior creció 26% en dólares en 2016 y 28% en 2017, según expuso el ministro de Finanzas ante el Congreso. Ni tampoco con lo ocurrido en el primer trimestre: los pagos de intereses aumentaron 107% anual en pesos y, como el dólar subió 26% anual (aproximadamente en línea con la inflación), el crecimiento en dólares fue 64% anual.

 

En los restantes meses cabría esperar un dólar más alto en términos reales que el de 2017, lo que aumentaría el peso de los intereses en moneda extranjera. Y en cuanto a los intereses en pesos a pagar al sector privado, la mayor parte se ajustan a tasa de política monetaria, a Badlar Privada o a la inflación. Y de mantenerse en niveles elevados la tasa de política monetaria, “contagiará” a la Badlar, con lo cual los pagos de intereses en pesos también se encarecerán en relación al PIB: al aumento de la deuda se sumará el de las tasas. Así, esa parte del gasto (los intereses) aumentaría, pero sin un efecto dinamizador importante sobre la demanda interna.

 

Era de esperar que el Gobierno culpara de las turbulencias a factores coyunturales ajenos. Y no sólo para exculpar a sus políticas. El “Plan Perdurar”, como lo llama Carlos Melconian, tiene como objetivo llegar a las elecciones de 2019 sin sobresaltos, para lo cual es fundamental que todos vuelvan a creer que el emperador está vestido. O, mejor dicho, que el esquema macroeconómico –cuyos resultados, hasta ahora, han sido el agravamiento de los déficits gemelos, el mantenimiento de la inflación y un ingreso real por habitante que no crece– nos va a llevar a buen puerto. Pero tenemos derecho a esperar que se haga una lectura correcta de la realidad y que, sin estar pendientes del calendario electoral, se pongan en marcha las correcciones necesarias para poner a la economía en un sendero de crecimiento sostenible.

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One Comment

  • raulinho dice:

    “Si una brisa es capaz de voltear un edificio, no le echemos la culpa a la brisa, miremos la solidez de la construcción.” Esta construcción es un desastre y los arquitectos (los mejores de los últimos 50 años) no tienen ni idea de como se mueve el mundo hoy. Atrasan!!! Cuando los países a través de sus gobernantes, se vuelven cada vez mas proteccionistas, estos “genios” abren irresponsablemente las fronteras de la economía para destruir, quiero pensar que por ineptitud, las pequeñas y medianas empresas, a las cuales las azotan adicionando el tarifazo, para formar un combo devastador. pensar que me cansé de escuchar que estas empresas son las motorizadoras de la economía. Muy buen artículo.

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