¿Quo vadis, Argentina?

El financiamiento del FMI debe utilizarse para bajar la presión impositiva y el gasto público (y no para mantener el gradualismo)

Por Jorge Bertolino Economista

 

Existe un amplio consenso en culpar al excesivo déficit fiscal de todos los males de la economía argentina. Como dijéramos en una nota anterior, el déficit fiscal no existe. El gasto público se financia una parte con impuestos y otra parte con deuda. Lo que llamamos déficit fiscal es, en realidad, la parte del gasto público que se financia con el impuesto inflacionario.

 

Un alto déficit fiscal implica una alta inflación, para hacer efectivo el poder de señoriaje del ente emisor, y no hay artilugio monetario conocido que permita sortear exitosamente este obstáculo.

 

Según algunos autores, existe un grado óptimo de aversión a la inflación por parte del banquero central, lo que implica que sería posible el caso de una aversión excesiva. Esto es lo que ha ocurrido en nuestro país en los últimos dos años. Las tasas de interés han sido, desde el comienzo de la actual gestión, más altas que las requeridas para optimizar los resultados en términos de inflación/nivel de actividad, debido al empecinamiento de querer bajar la inflación más allá del nivel de equilibrio permitido por la expansión de la cantidad de dinero originada en la monetización del déficit.

 

Además, el nivel de actividad que se pierde por las excesivas tasas de interés disminuye la recaudación e incrementa el déficit, motor de la inflación por la expansión monetaria que genera.

 

La inflación, en el largo plazo, es un fenómeno estrictamente monetario. La suba de los precios converge hacia la tasa de expansión monetaria no deseada. Y ésta, durante el actual Gobierno, osciló permanentemente en las proximidades del 30% anual, ya que se monetiza la totalidad del déficit, puesto que el financiamiento externo genera ventas de divisas del tesoro al BCRA, que se pagan con emisión. La posterior esterilización, vía Lebac, no impide el incremento del dinero de alto poder debido a su corto plazo de maduración, lo cual lo torna asimilable a los medios de pago más líquidos, además de constituir una demanda potencial de divisas formidable ante cualquier acontecimiento inesperado que mengüe el apetito del inversor foráneo por activos denominados en nuestra moneda.

 

El inversor autóctono, en la literatura económica, es más estable y permanente que el internacional. Mientras más nos financiemos en el mercado de capitales local, menos dependientes seremos de los más volátiles flujos internacionales de capital. Pero para ello es necesario desarrollar nuestro mercado y aumentar el ahorro nacional. Desde ya que el nuevo impuesto sobre la renta financiera poco ha contribuido a éste tan necesario requisito. Su inoportunidad ha sido memorable. En el momento en que más necesitábamos la permanencia de los inversores en los activos domésticos, se decidió, en complicidad con un sector de la oposición, autoinmolarse en el altar de la igualdad de trato para diferentes tipos de rentas. Si bien no es justo que la renta financiera esté exenta de un gravamen que pagan las restantes actividades, el momento de implementar una reforma de tal magnitud era aquel en el que el déficit fiscal estuviera controlado y en franca disminución. Claramente, no era este el momento adecuado.

 

En el momento en que más necesitábamos la permanencia de los inversores en los activos domésticos, se decidió, en complicidad con un sector de la oposición, autoinmolarse en el altar de la igualdad de trato para diferentes tipos de rentas

 

Debemos sumarle a esto la venta de dólares de no residentes para compra de Lebac, siguiendo la estrategia de carry trade, aprovechando las altas tasas de interés domésticas originadas por la excesiva aversión a la inflación que mencionáramos anteriormente.

 

Como sostuvo recientemente Domingo Cavallo, se trata de dinero que nunca debió haber ingresado.

 

En el corto plazo, la inflación actual es consecuencia del sinceramiento cambiario y tarifario y de la expansión monetaria actual y la de los años anteriores. No hay modo de evitar las consecuencias de esta realidad.

 

En su afán de bajar la inflación por debajo del nivel de equilibrio generado por la alta emisión, el BCRA mantuvo durante los dos últimos años una tasa de interés excesiva que, junto a una presión fiscal también desmedida, ha sumido a la economía en una perniciosa estanflación, sólo disimulada por el empuje artificial de la construcción y de algunos pocos sectores altamente competitivos, que son rentables aún con el bajo tipo de cambio real que genera la excesiva presión impositiva. Recordemos que desde el punto de vista macroeconómico, el tipo de cambio real es, entre otras cosas, inversamente proporcional al costo impositivo global que soporta el sector productivo.

 

En síntesis, una descoordinación total entre las políticas fiscal y monetaria, que hizo que se  consumiera rápidamente la totalidad del colchón de endeudamiento externo disponible tras el enfrentamiento de los Kirchner con el sistema financiero internacional.

 

Este coctel nos tornó, como bien dijo el Presidente la microconferencia de prensa del martes pasado, sumamente dependientes del financiamiento internacional. Pero lo que no dijo es que esta dependencia se origina en los factores mencionados anteriormente: falta de disminución del déficit fiscal y excesivas tasas de interés domésticas que, a su vez, inducen el gemelo déficit de las cuentas externas.

 

El gasto público se puede bajar. Solo hace falta decisión política y coraje para enfrentar la pérdida de votos imprescindible para cambiar el país de una vez y para siempre.

 

Este esquema es sostenible sólo por un plazo muy breve. El Gobierno se enamoró del esquema porque le permitía no pagar los necesarios costos políticos que cortar gastos implica. El gasto público se puede bajar. Solo hace falta decisión política y coraje para enfrentar la pérdida de votos imprescindible para cambiar el país de una vez y para siempre. Como dijéramos en reiteradas oportunidades, el presidente, mal aconsejado, priorizó las próximas elecciones en lugar de hacerlo con las próximas generaciones.

 

Argentina y el FMI

 

En una nota reciente, un par de semanas antes de la actual crisis cambiaria escribimos textualmente: “Es hora de abandonar la hipocresía y la corrección política y recomendar el regreso al financiamiento del FMI (…) Debe plantearse tomar este financiamiento para disminuir drásticamente la presión impositiva que afecta los costos empresariales. Es necesario eliminar o reducir todos los gravámenes nacionales, provinciales y municipales que pesan sobre los combustibles, la electricidad, el gas y el resto de los servicios públicos (…) También deben eliminarse todos los impuestos que gravan al empleo y disminuirse el impuesto a las ganancias de las empresas al 25% (…) Es necesario estimar y presentar prolijamente los números fiscales y monetarios de los próximos años, para los cuales el gobierno cuenta con excelentes especialistas, de manera que el organismo no tenga reparos en aceptar la propuesta sin exigir otra condicionalidad que el cumplimiento de las metas así presentadas”.

 

Finalizada la cita, digamos que, en las actuales circunstancias, muy diferentes a las existentes hace unas pocas semanas, el Gobierno pretende utilizar los fondos obtenidos para salvar el gradualismo. Al menos, esa intencionalidad ha sido puesta de manifiesto en declaraciones oficiosas de funcionarios del Gobierno.

 

Si es así, a los botes. Seguiremos necesariamente con las irracionalmente altas tasas de interés domésticas. Volveremos a incentivar el carry trade y volveremos al atraso cambiario. Seguiremos con la estanflación. Hasta que, en poco tiempo, consumamos estos nuevos recursos y una nueva corrida contra el peso de la estocada final al gradualismo.

 

Si, en cambio, el préstamo del FMI se utilizara para financiar una fuerte baja de la presión impositiva, como la mencionada precedentemente, conjuntamente con una disminución igualmente importante del gasto público, ingresaríamos en un sendero quizás sostenible, a pesar del tiempo perdido, de disminución genuina de la emisión inflacionaria y a una mejora en el nivel de actividad, debido a una baja importante de la tasa de interés doméstica de equilibrio y un aumento significativo de la producción local tanto para el mercado interno como para la exportación. Esto último, como consecuencia del incremento en el tipo real de cambio que traería la baja de la presión impositiva.

 

De esta manera, obtendríamos por la vía del comercio, las divisas que hasta ahora conseguíamos en la ventanilla de los préstamos del sistema financiero internacional.

 

Complementariamente, sería deseable conseguir aprobar las leyes que pongan en vigencia las reformas estructurales que parecieran haber sido abandonadas a su suerte, por ejemplo, la reforma laboral y la reforma administrativa del sector público, entre otras.

 

Tampoco debería faltar un serio relevamiento de los millones de beneficios sociales otorgados durante el Gobierno anterior, dejando inalterados todos aquellos que tenga una justificación adecuada, pero eliminando de cuajo, sin importar los costos políticos asociados, todos aquellos surgidos de actos corruptos de funcionarios y punteros políticos sin escrúpulos.

 

Para finalizar, sería importante desmantelar la bomba de tiempo del stock de Lebac y del flujo de intereses constitutivos del déficit cuasifiscal. Este último torna ilusorios los esfuerzos de disminución actuales del déficit fiscal primario, ya que lo que se gana en una ventanilla, se pierde en la otra, la del déficit financiero.

 

Cuidadosamente, y con canjes voluntarios por bonos de largo plazo del Tesoro en diferentes monedas es posible reducir paulatinamente, hasta eliminar, el endeudamiento del BCRA con el sector privado no financiero y el correspondiente flujo de intereses, que pasarían a estar en cabeza del Tesoro y que, al ser de más largo plazo, serían más bajos, y además, no estaríamos pendientes, una vez al mes, de la renovación o pase a dólares del vencimiento de estas letras de corto plazo.

 

Dijo el Presidente que el camino de defender el gradualismo es el único posible. Se equivoca. Hay otro camino.

 

Dijo el Presidente que el camino de defender el gradualismo es el único posible. Se equivoca. Hay otro camino. Respetuosamente y con el único afán de ayudarlo a romper genuinamente con el estancamiento populista de los últimos setenta años es que escribimos estas esperanzadas líneas.

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