¿Quién se apropia de los ingresos del Mundial?

Tal vez llegó la hora de reconsiderar los premios para los clubes y destinarlos a fomentar a aquellos reales “semilleros” de capital

 

Por Eduardo R. Ablin Embajador (*)

 

En pocos días, comenzará en la Federación Rusa la Copa de la FIFA, o simplemente, el Mundial, disputado cada cuatro años. Como el más popular de los deportes a nivel mundial concentrará la atención de 4.000 millones de seguidores, siendo la competencia más vista y relevante en términos de facturación, sólo superada por los Juegos Olímpicos. La industria del deporte se ubica entre los diez sectores más poderosos y en franco crecimiento internacional, estimándose su PIB en torno a U$S 900.000 millones, y el fútbol concentraría más del 40%.

 

Los Estados que se postulan como sede para un acontecimiento deportivo de tal importancia, que conlleva importantes inversiones en infraestructura deportiva, turística y de comunicaciones –las cuales generalmente no logran recuperar en su totalidad– buscan esencialmente prestigiarse. Rusia no es una excepción, apuntando a presentarse como una superpotencia global.

 

Al mismo tiempo impulsa la obra pública en busca del crecimiento del empleo y la demanda de bienes y servicios, estimando el Banco Central que los U$S 14.000 millones presupuestados para el torneo –recortados por la crisis financiera a U$S 11.800 millones en 2015– han contribuido al crecimiento del PIB (1,5%) en 2017, tras una recesión de dos años.

 

Ahora espera que el Mundial genere una suba adicional de hasta 1% en 2018, con un importante efecto sobre el consumo, aunque sin impacto inflacionario relevante. Patrones reiterados en los mundiales desde 1971 reflejan que el país anfitrión presenta un crecimiento significativo del PIB gracias al dinamismo generado por la creciente demanda de mano de obra y materiales para la construcción. Las denuncias de que buena parte de las obras en los estadios fueron concretadas por 30.000 trabajadores temporarios enviados por Corea del Norte –a los cuales su propio país de origen les retiene el 30-50% del salario– en condiciones de cuasi esclavitud, bajo la normativa de excepción a la ley laboral rusa aplicada a las obras del Mundial, empañan no obstante esta expectativa.

 

La enorme difusión mundial del fútbol ha conllevado el desarrollo de una colosal industria no sólo de equipamiento para su práctica, sino fundamentalmente dirigida a forjar sus actores “profesionales” –los jugadores– sometidos a la normativa de instituciones nacionales e internacionales que regulan su organización y la administración de los denominados derechos federativos de los mismos. En la cumbre de dicho sistema se ubica la FIFA –asociación civil privada sujeta al derecho suizo fundada en 1904 y con sede en Zürich– integrada por 211 Asociaciones Nacionales a su vez afiliadas a 6 Federaciones Regionales.

 

La FIFA previó para la Copa 2018 un presupuesto récord de US$ 791 millones en premios, 40% superior al valor otorgado en el último Mundial de 2014. Ello incluye U$S400 millones a ser distribuidos entre las 32 asociaciones nacionales participantes dependiendo de su respectivo resultado en el campeonato y US$ 209 millones como “retribución” a los clubes que “autorizan” a sus jugadores a participar en el mismo (más US$ 134 millones en concepto de seguro de estos últimos durante su participación).

 

Aun antes del Mundial los equipos clasificados reciben US$ 1,5 millón destinados a su “preparación”. Aquellos equipos eliminados en las rondas iniciales percibirán U$S 12 millones, y los que resulten excluidos en los cuartos de final recibirán US$ 16 millones. Finalmente, los que alcancen las semifinales y la final embolsarán entre US$ 22 y 38 millones. En total 736 jugadores (repartidos en 32 selecciones con 23 jugadores cada una), participarán aproximadamente 24.500 días en la fase final mundialista, contados desde dos semanas anteriores a la inauguración hasta el día siguiente al último encuentro que dispute su selección.

 

Los mundiales concentran 85% de los recursos de la FIFA, que recaudó U$S 4.800 millones en Brasil 2014, dejándole una renta neta de U$S 2.600 millones, objetivo que aspira a superar en Rusia. Los ingresos incluyeron casi U$S 2.700 millones por venta de derechos de televisión, a lo cual se agregan las regalías sobre la publicidad y comercialización de innumerables artículos -inclusive los temas musicales oficiales- por U$S 1.600 millones, y U$S 550 millones por venta de entradas.

 

Casi 2,4 millones de entradas para Rusia 2018 –90% del total– ya han sido vendidas, aguardándose la visita de un millón de extranjeros, que al margen de adquirir entradas consumen servicios de hospedaje, transporte, tours, y comidas para beneficio de la economía local. La naturaleza global del Mundial genera negocios que van desde la venta de distintivos en torno a los estadios a enormes contratos de licencia para indumentaria, publicidad, utilización del logo y la mascota oficiales. A ello se agregarán en Rusia nuevos ingresos provenientes de los operadores de cable que ofrecerán a sus usuarios el seguimiento de los partidos en vivo por vía de aplicaciones de streaming incorporadas en sus computadoras, teléfonos celulares y equipos conectados a Internet.

 

Una atenta observación de los premios motiva a inquirir acerca del fundamento de la “retribución” a los clubes por “prestar” a sus jugadores para su participación en la selección nacional de sus países de origen, gestionada por la Federación Europea (UEFA) para el establecimiento en 2010 del denominado “Programa de Beneficios para los clubes”, como reconocimiento a su contribución al exitoso desarrollo de los mundiales.

 

El cálculo de dichas retribuciones surge de los jugadores de cada club que integran las respectivas selecciones nacionales por el número de días que cada selección participa en el torneo, contado desde dos semanas previas al inicio del Mundial y hasta su eventual eliminación, siendo pagadas al club donde el jugador estuvo “federado” al menos durante los dos años previos por vía de su asociación nacional. Acorde el presupuesto previsto a este efecto la retribución diaria por jugador ascenderá en Rusia a U$S 8.530 (antes de impuestos).

 

Este estímulo –impulsado por los grandes clubes europeos– parece responder al incesante éxodo de talentos desde América Latina y otros países en desarrollo –cuyo principal “activo” es la gestación de jugadores– hacia equipos europeos, que reciben así la mayor parte de dichas retribuciones.

 

Así, cabe observar que la selección argentina –al igual que las de Uruguay y Brasil– sólo cuentan con tres jugadores que se desempeñan en sus respectivos países, que en el caso de Perú ascienden a cinco, lo que se reflejará en magros ingresos para los clubes locales, invirtiéndose el presunto sentido del incentivo, al beneficiarse a los más ricos.

 

En rigor, los poderosos clubes europeos argumentan que la FIFA concreta un gran negocio propio sobre la base de “capital ajeno” –es decir, sus jugadores–. Bajo la teoría contable el capital ajeno es aquello que una empresa adeuda, y por ello los clubes europeos se atribuyen una retribución por financiar con su “capital propio” un acontecimiento que debería ser en cualquier caso de su máximo interés. Tal vez haya llegado la hora de reconsiderar los premios para los clubes bajo un sentido de equidad, destinado a fomentar a aquellos reales “semilleros” de capital.

 

(*) Las opiniones vertidas son de exclusiva responsabilidad del autor y no comprometen a la institución en la cual se desempeña.

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