Nuestra ansiosa lectura de la política comercial de EE.UU.

Es posible que el conflicto del acero y el aluminio llegue a un panel en la OMC

 

Por Jorge Riaboi Diplomático y periodista

 

Ahora que el doctor (con tesis de posdoctorado) Geoffrey Gertz, investigador de un programa conjunto de Brookings Institution de Estados Unidos y de la Universidad de Oxford parece compartir, con análisis propio, mi “audaz” lectura sobre el valor de muchos de los anuncios de política comercial del presidente Donald Trump (Boletín de Brookings del 30/4/2018), podría echarme una siestita sobre los laureles. También esperar que la tranquilidad llegue a quienes se aprestan a convalidar de hecho una Restricción Voluntaria de Exportación (VER en sigla inglesa), lo que pone un techo ilegal a la elevación de los aranceles de importación aplicados al acero y al aluminio que Washington vistió con el absurdo ropaje de la seguridad nacional (Sección 232 de una vieja Ley de Comercio).

 

Si sigue como en las últimas horas el previsible debate entre el secretario de comercio, Wilbur Ross y la Comisionada de Comercio de la Unión Europea, Cecilia Malsmtröm (ver mis notas previas), es posible que el conflicto llegue derechito a un panel en la OMC y eso significaría que la cuota arancelaria que decidieron aceptar Argentina, Australia, Corea del Sur y sólo parcialmente (acero) Brasil, adquiera pronóstico reservado. Durante la pasada semana, legisladores republicanos hicieron una movida por los nocivos efectos económicos de esa decisión sobre los sucesivos escalones de producción estadounidense, por lo que el tema está lejos de ser cosa juzgada a nivel del propio país.

 

Va de suyo que cubrir las espaldas a nuestros exportadores fue una buena decisión pero importa, y mucho, el cómo se hace. En especial, porque como era previsible, el debate sobre los aranceles y la lógica disputa entre China y Estados Unidos llegaron al Consejo General de la OMC de la semana pasada en términos poco amables y dentro de los cánones habituales que se aplican a estos diferendos. En ese debate se coló el sabotaje de Washington a la designación de los integrantes del Organo de Apelación y las disputas que, por otros temas, se instaló en Pekín, a nivel ministerial, entre ambas potencias. Vale la pena recordar que China ya llevó algunas quejas al plano legal en la OMC.

 

Gertz dedica sus reflexiones a sostener la idea de que no es recomendable tomar muy en serio los anuncios de política comercial del actual jefe de la Casa Blanca, porque los hechos demuestran que una porción de los mismos se esfuman en el aire, al ser meros espasmos que llegan al público sin gran reflexión o procesamiento técnico. Por ejemplo, la idea de construir un muro entre México y Estados Unidos financiado con recursos de un impuesto a las importaciones del país sureño; la aplicación de los sobrearanceles a las importaciones de acero y aluminio; la dramática presentación de los ajustes cosméticos efectuados al acuerdo bilateral entre Estados Unidos y Corea del Sur, lo que sólo terminó con un retoque de peluquería, sin reforma sustantiva alguna y, por último, la sensible y ciertamente peligrosa renegociación del NAFTA, cuyo trámite a estas horas se realiza en sesión casi permanente a nivel de la canciller de Canadá, el secretario de Economía de México (a veces con presencia del Canciller) y el titular de la Oficina Comercial de Estados Unidos.

 

Es una lástima que el mencionado investigador no cubriera con sus opiniones otras realidades de fondo que se hallan en la agenda de la semana a punto de iniciar. Según la interpretación técnicolegal del Congreso de Estados Unidos (del autor principal de la Ley de Promoción del Comercio, conocida como “fast-track”), si la Oficina del Representante Comercial no hace la presentación en tiempo y forma de la aludida renegociación del NAFTA antes del jueves 17/5/2018, los esfuerzos ministeriales en curso no verán la luz dentro del corriente período legislativo. A ello se agrega la repetida amenaza formulada por Trump de denunciar el acuerdo vigente del NAFTA, algo que despierta las iras de los legisladores (del Senado y la Cámara de Representantes de su propio partido), de la mayoría de las organizaciones relevantes de la sociedad civil y de los sectores económicos que directa o indirectamente están amparados por ese marco contractual.

 

Tampoco se dice con todas las letras, como lo destaca Gertz, que Trump sugirió durante un par de semanas la posibilidad de rever su absurda renuncia a la Asociación Transpacífica (efectuada apenas asumió), idea de la que se arrepintió al ver que los otros once países siguieron adelante con un acuerdo en el que desean ver a Estados Unidos, siempre que su gobierno no pida volver atrás con las enmiendas introducidas al texto por su actuales once miembros, el que ellos ya aprobaron y están ratificando en sus respectivos parlamentos. De las reglas originales del TPP extrajeron las sensibles y gravosas demandas de Washington (sobre asuntos de propiedad intelectual, algunas cuotas agrícolas y otros temas de pasado y arduo debate). En apariencia fue el secretario Ross quien convenció a Trump de que las cosas no sólo no habrían de mejorar para las ideas mercantilistas de su administración, sino que ahora deberán empezar a negociar su reingreso a la asociación desde varios escalones más abajo, como si Estados Unidos fuera un aspirante de gran interés, pero nuevo y convencional.

 

Lo que nadie parece o quiere entender es que, por uno u otro motivo, la Casa Blanca renunció, congeló o está saboteando los tres megaacuerdos centrales que ese país cultivó durante la parte final del ciclo de Barack Obama: a) la mencionada Asociación Transpacífica; b) el enfriamiento, por ahora total, de las gestiones destinadas a reactivar los trabajos para crear la Asociación Transatlántica de Comercio e Inversión con la Unión Europea (TTIP en su sigla inglesa), proceso que ahora está más contaminado por la disputa sobre los aranceles del aluminio y el acero y c) el inconcluso avance, al menos hasta el viernes 11/5/2018 de las partes que negocian el NAFTA (aunque no es descartable un envión de último momento, el que sería altamente deseable, si el apuro no mata la noción de conseguir un buena reforma del acuerdo).

 

A todo esto, Washington tampoco estuvo cauto ni feliz en las mencionadas deliberaciones del Consejo General de la OMC, un debate aún coloreado por los efectos de la frustrada Conferencia Ministerial de Buenos Aires de diciembre pasado. En tal contexto, se conoció una Declaración con el respaldo de 41 naciones de países desarrollados y en desarrollo, donde no aparecen miembros como la Unión Europea, Japón, la India, Estados Unidos, China y Rusia. Sólo se asociaron uno de los cinco miembros de BRICS (Brasil) y cinco del G20. No es fácil entender cuál fue la noción de masa crítica que se tuvo en cuenta a la hora de emitir semejante Declaración.

 

Obviamente, en la semana que empieza hoy, el Jefe de la Casa Blanca no nos defraudará a la hora de crear drama y otras acciones de cuestionable racionalidad.

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