El mundo no será más seguro con Donald Trump

La decisión de Trump sobre el PAIC tiende efectos potenciales muy negativos

 

Por Atilio Molteni Embajador

 

Con el anuncio del 8 de mayo, el presidente Donald Trump impuso nuevas sanciones a Irán y dio por terminada su participación en el Plan de Acción Integral Conjunto (PAIC) aprobado, hace tres años, por los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (ONU) y Alemania. Llegar al PAIC no fue sencillo. Demandó años de negociaciones y grandes presiones económicas. El trato colocó a Irán en el muy estricto proceso de verificación de la Organización Internacional de Energía Atómica (OIEA).

 

El jefe de la Casa Blanca optó por esa decisión a pesar de las objeciones de sus principales aliados, los que manifestaron que no se desligarán del acuerdo y harán lo posible por mantenerlo en vigor. Hasta el momento, Teherán dice acompañar el esfuerzo. Si después de todo el PAIC fracasa, ése país habrá de quedar libre de las obligaciones contraídas, las que hasta ahora cumple, y podrá continuar sin limitaciones su programa nuclear.

 

El expresidente Barack Obama siempre consideró a Irán como el país más peligroso del planeta para la paz mundial, razón por la que buscó impedir su acceso a las armas nucleares en lugar de elegir la estrategia de contenerlo cuando ya las tuviera. El procuró que los líderes iraníes aceptaran una solución diplomática para el desarrollo nuclear, permitiéndoles continuar en forma selectiva su actividad con grandes restricciones, lo que supuso admitir la continuidad del proceso de enriquecimiento del uranio para uso civil y la modernización de su infraestructura tecnológica, sin legislar sobre los aspectos relativos a la actividad misilística ni sobre la conducta regional del país. Tal criterio hace posible que Irán ejerza su poder por medios no convencionales en Líbano, Siria, Irak, Yemen y territorios afines, aspectos que se discutieron en otros ámbitos y con distinto énfasis. Semejante enfoque coincidió con la elección del presidente Hassan Rouhani, quien aceptó ese camino con la finalidad de obtener el levantamiento de las sanciones económicas (que habían afectado sensiblemente la actividad del país), concluir su aislamiento y asegurar la supervivencia el régimen.

 

Al reintroducir el proceso de sanciones a los sectores críticos de la economía iraní como la energía, la petroquímica y los sectores financieros, Trump pone las cosas en un camino difícil de preveer. El procedimiento interno de Estados Unidos para hacer efectivas y operativas estas sanciones es muy complicado y sus efectos sobre la economía de otros países crean la necesidad de obtener un consenso internacional que hoy no existe. Sobre todo porque la decisión norteamericana viola preceptos específicos y concretos de la resolución 2231 (2015) del Consejo de Seguridad de la ONU. Quizás los grandes bancos y entidades financieras cumplan con las sanciones (entre ellos los europeos, ya que no hacerlo los llevaría a enfrentar sanciones secundarias de carácter extraterritorial), pero difícilmente se acoplen muchas de las compañías de menor dimensión, las que no se consideran demasiado expuestas. En lo petrolero, cabe destacar que actualmente Irán exporta dos millones de barriles por día, y sus ventas han crecido sustancialmente no sólo en el mercado europeo, sino también en China, Turquía y la Federación Rusa, países que van a resistir la estrategia de Washington.

 

En los guiones (“Talking Points”) que acompañaron el discurso del presidente Trump, se afirma que Estados Unidos va a organizar una amplia coalición de naciones que deseen cerrarle a Irán todos los caminos que puedan conducir a obtener un arma nuclear, y al conjunto de sus actividades malignas, pero no explican cómo se organizará semejante coalición. En cuanto a la estrategia regional de Estados Unidos (que muchos expertos dudan que exista, pues Washington dejó atrás una etapa de liderazgo absoluto, por otro caracterizado por la arquitectura de seguridad que sólo descansa en la cooperación con potencias regionales como Arabia Saudita e Israel), el documento dice que Teherán deberá cumplir con una lista de obligaciones que van desde lo misilístico, a cesar su apoyo a grupos extremistas –incluyendo a Hamas, Hezbolá y los hutíes–, sus amenazas a la libertad de navegación, su intervención en Yemen, sus ataques cibernéticos y sus abusos a los derechos humanos.

 

En conjunto, los aludidos conceptos se aproximan a los objetivos del cambio de régimen de los ayatolas y a la lucha contra el terrorismo. Al respecto, existen versiones de que hay una amplia coordinación diplomática y militar entre Trump y Netanyahu, concretada en una reunión que mantuvieron el 5 de marzo en Washington, y en contactos posteriores con el Pentágono, los que habrían incluido el apoyo norteamericano a escenarios de confrontación limitada de Israel con Irán, un criterio que aumentaría el nivel de conflicto que ya existe en Siria.

 

En los hechos hoy existe una peligrosa escalada militar, pues tras el reciente ataque con cohetes iraníes en las Alturas del Golán, Israel respondió con bombardeos a decenas de objetivos iraníes desplegados en Siria, de una entidad mayor que los que tuvieron lugar en el pasado. Desde ese punto de vista, la situación derivada de la actitud de Trump con relación al PAIC genera gran desconcierto internacional. Tiende a poner en una inesperada línea de fuego las relaciones de Estados Unidos con Europa y sus aliados, introduce artificiales desequilibrios en los precios del petróleo, y amplía las posibilidades de guerra en Oriente Medio, temas que también lesionan los intereses de aquellos países que tienen una situación financiera y económica sensible, lo que incluye a Argentina, Turquía y otros cuyo desarrollo depende, mayormente, del vaivén del crédito y los insumos internacionales. .

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