La cumbre entre Trump y Kim

Se espera que la cumbre establezca las bases para la gradual desnuclearización de Corea del Norte y una paz duradera en la península coreana

 

Por Atilio Molteni Embajador

 

A pesar de que el presidente Donald Trump anunció, la semana pasada, que tenía en vista tres o cuatro opciones de fecha y de sitios para su reunión con el presidente Kim Jong-Un de Corea del Norte, también dijo, con extrema cautela, que aún no estaba en
condiciones de asegurar que tal diálogo vaya a llevarse a cabo. La cumbre es producto de un cambio de actitud del líder norcoreano, que evolucionó rápidamente desde la provocación al diálogo, en un proceso que no fue precedido por una razonable negociación preparatoria a otros niveles, una escala que generalmente permite vislumbrar cual puede ser el saldo de lo que hoy constituye la mayor y más grave amenaza a la paz mundial.

 

Además, los objetivos de ambos líderes son distintos. Mientras Estados Unidos pretende la desnuclearización total mediante un proceso rápido de desmantelamiento de las capacidades existentes, los norcoreanos parecen buscar el levantamiento de las crecientes sanciones internacionales que dañan su economía, lograr una disminución gradual y mutua de las tensiones y discutir, en pie de igualdad, el control de las armas de destrucción masiva.

 

Ningún observador ignora que las relativamente intensas negociaciones internacionales que se llevaran a cabo por tres décadas
entre Estados Unidos y Corea del Norte, no sirvieron para detener el programa nuclear-militar de ese segundo país. Ante ello es preciso recordar la singular característica de Trump, su absoluta imprevisibilidad y su claro empeño por demostrar que es el ganador total en una negociación. Del otro lado hay un interlocutor que se distingue por ser un déspota joven y sin límites, quien gobierna un país casi totalmente aislado y pobre. Mientras este último supone que fueron sus desarrollos nucleares y misilísticos los que llevaron al Jefe de la Casa Blanca a aceptar la invitación de dialogar directamente al más alto nivel, Trump imagina, por el contrario, que la opción de diálogo es resultado de su amenaza de acción militar preventiva.

 

Lo cierto es que estos hechos pueden vincularse con acontecimientos notables, creados por la mera expectativa de una Cumbre,
un escenario que parecía imposible hace pocos meses. El 27 de abril Kim fue el primer líder norcoreano en cruzar la zona  desmilitarizada hasta el territorio controlado por Corea del Sur, en Panmunjom. La coreografía de este acto, que tuvo lugar en la Casa de la Paz fue impresionante y simbólica. Luego la agenda de su reunión con el presidente de Corea del Sur, Moon Jae-in, se orientó al análisis de las relaciones entre las dos Coreas, la desnuclearización y el objetivo de lograr la paz en reemplazo el Acuerdo de Armisticio de 1953, el que sirviera para poner fin a tres años de hostilidades sin guerra física. Ambos líderes fueron capaces de demostrar que pueden de superar momentáneamente su enemistad tradicional y acordaron una declaración conjunta muy ambiciosa, por la que se reiteró el propósito de lograr la antedicha desnuclearización de la Península sin mencionar los pasos específicos que deben darse para alcanzar tan ambiciosa meta, un proceso que, con toda seguridad, depende de la participación y el endoso de Estados Unidos.

 

Días antes de esta reunión (17 de abril), el primer ministro de Japón, Shinzo Abe, se encontró con Trump en Mar-a-Lago, para
expresarle su preocupación respecto de los vínculos entre Washington y Corea del Norte y para definir estratégicos temas comerciales (entre ellos el futuro de la Asociación Transpacífica), con el fin de lograr que Tokio no sea dejado de lado en los desarrollos que tienen lugar con Corea del Norte. En esa oportunidad, ambos mandatarios decidieron actuar de común acuerdo y reafirmaron la necesidad de que Corea del Norte abandone todas sus armas de destrucción masiva y sus programas de misiles balísticos.

 

Al efectuar su primera visita al exterior desde que asumió su cargo, Kim Jong-un estuvo en China entre el 25 y el 28 de marzo y se entrevistó con el presidente de ese país, Xi Jinping. La evaluación de lo que trascendiera de ese encuentro, es que China demostró
interés de ser un actor central en la gestión de los desarrollos en la península coreana, lo que hace pensar que Trump y Kim no podrán llegar a un acuerdo sin tener en cuenta la opinión China en esta materia. A su vez, el hecho puso en claro que Corea del Norte no está totalmente aislada y que la presión internacional que desarrolla Estados Unidos tiene como límite el papel que desempeñe China, una nación que compite por ejercer influencia regional y global.

 

En cambio, es dable esperar que una cumbre entre Trump y Kim establezca las bases para una negociación de un plan concreto
y gradual para la desnuclearización de Corea del Norte y una paz duradera en la península, donde el levantamiento de las sanciones sea condicionado a la conclusión de la producción de material fisionable y de la producción y prueba de armas nucleares y misilísticas. Para ello deberá superarse la convicción del líder norcoreano, quien da por sentado que su arsenal bélico le permite garantizar la supervivencia de su régimen.

 

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