El G20, el orden global y la presidencia de Argentina

El mundo vive una situación caracterizada por una mayor competencia y rivalidad

 

Por Atilio Molteni Embajador

 

El próximo 30 de noviembre comenzará, en Buenos Aires, la Cumbre de Presidentes y Jefes de Gobierno del Grupo de los 20 (G20), condicionada por nuevos, sustantivos e irresueltos enfoques de poder político. Sus miembros son líderes de los países desarrollados y emergentes que aportan el 85% del PIB de la economía mundial. Esta será la primera reunión del foro en América del Sur y tal escenario le dará a nuestro país, que ejerce la presidencia hasta esa Cumbre, un importante papel y responsabilidad en guiar la coordinación de la agenda y en forjar las decisiones que resulten adoptas por el que en estos tiempos devino en el mecanismo de cooperación global más importante del mundo.

 

Aunque el grupo fue creado en 1999 por los ministros de Finanzas y presidentes (gobernadores) de bancos centrales, la crisis financiera, energética y alimentaria global que explotara en 2008 indujo a elevar el nivel político de sus participantes y se la convirtió en una cumbre de los líderes de los países participantes con el objetivo de considerar la estabilidad y gobernabilidad del sistema financiero y macroeconómico mundial.

 

A partir de entonces, las cumbres se fueron enriqueciendo con nuevos temas que tienen incidencia directa sobre el antedicho objetivo principal. Argentina optó por definir tres prioridades para gestionar su Presidencia. Estas son “El futuro del trabajo”, “Infraestructura para el desarrollo” y “Un futuro alimentario sostenible”. Obviamente, el Gobierno eligió una agenda no conflictiva y más asociada con la problemática nacional, que con la diversidad de los conflictos que responden a las actuales prioridades de los grandes y sensibles problemas que afectan al planeta. La reunión culminante que se realizará en nuestra capital habrá de coincidir con una etapa del orden internacional en el que se registran acontecimientos muy dinámicos y conflictivos, propios de un ciclo en el que ya no rige la unipolar preponderancia de Estados Unidos.

 

En estos días el mundo vive una situación indefinida, que se caracteriza por una mayor competencia, rivalidad y, a la vez, intenso diálogo entre la Federación Rusa y la República Popular China, na
ciones que sólo aceptan en forma selectiva el orden internacional que emergiera tras la Segunda Guerra Mundial. A todo ello se agrega la versión de Donald Trump a esas reglas. Este orden internacional se venía rigiendo por el conjunto de acuerdos que gobiernan las relaciones entre Estados, incluyendo sus normas, principios e instituciones como las que surgieron de Bretton Woods. En la medida en que Estados Unidos lideró su concreción teniendo en cuenta sus intereses globales, Rusia y China hoy consideran algunos de sus componentes como limitaciones a su poder político y económico, debido a que tienden a perpetuar artifcialmente la hegemonía norteamericana.

 

En el caso de la Federación Rusa, ello se manifiesta con una forma de Gobierno autoritaria e intereses que han sido consistentes en el período posterior a la Guerra Fría, aun antes que llegara al poder el presidente, Vladimir Putin. Los mismos incluyen el mantenimiento de su integridad territorial, la preservación de su régimen político y su área de influencia regional, mientras busca asegurar la no interferencia en sus asuntos internos como un principio fundamental de la gobernanza global.

 

Cuando fracasaron los tímidos esfuerzos para organizar un sistema de seguridad en Europa que hubiera podido integrar a Rusia, ésta se opuso a la expansión de la OTAN y la UE a los países que comprendían la Unión Soviética. Al mismo tiempo, apoya a la ONU dada su posición privilegiada como miembro permanente del Consejo de Seguridad y participa en otras instituciones internacionales debido a su dependencia económica, como lo son el Banco Mundial, el FMI y la OMC.

 

Moscú se opone a la promoción de la democracia y de las denominadas “revoluciones de colores”, al considerarlas golpes de Estado promovidos por Occidente. Utiliza acciones militares o paramilitares agresivas (en Georgia, Ucrania y Siria), y operaciones de inteligencia –a veces denominadas guerra hibrida o ambigua contra Estados Unidos y sus aliados–, como complemento de una política exterior profundamente nacionalista.

 

El 18 de marzo, Putin fue reelecto hasta 2024, con 77% de los votos registrados, después de ostentar por 18 años el poder real. No es, por lo tanto, otro Presidente. Es sólo un zar del Siglo XXI de un país económicamente débil y muy dependiente de los precios de la energía, como lo es también su agenda política.

 

Al mismo tiempo, China es la segunda economía mundial y la primer trader del planeta, algo que la aquilata como una de las bases del desarrollo y del crecimiento mundial, además de una gran potencia regional en Asia y en el Pacífico. Su presidente, Xi Jinping, tiene más poder que sus antecesores y es el líder que más rápidamente se consolidó desde Deng Xiaoping.

 

El mandatario chino transformó un liderazgo que incluye también instituciones colectivas, en una conducción unipersonal y autoritaria del Gobierno, que se consolidó totalmente en ocasión del Décimo noveno Congreso del Partido (2017). Tanto Estados Unidos como China exhiben un interés común y conjunto en el crecimiento de sus economías, en la participación en la gobernanza mundial y en el éxito del programa de reformas económicas de China, donde Washington busca una mayor apertura para sus empresas, inversores y productos. Paralelamente, considera a este país como un desafío importante, donde las opciones que tiene son: contenerla y confrontarla, en el marco de una rivalidad estratégica, o cooperar globalmente y limitar sus acciones regionales. Ambas potencias exhiben ventajas e inconvenientes en esta compleja relación.

 

Sin embargo, hay problemas prioritarios que hacen necesario algún tipo de entendimiento entre las tres potencias: se refieren a Irán y a Corea del Norte. Si bien la decisión de Trump de retirarse del Acuerdo Nuclear con Irán era previsible, teniendo en cuenta los argumentos de que sus disposiciones sirvieron de poco para limitar su capacidad nuclear, no restringió sus actividades misilísticas ni sus acciones en Medio Oriente, el quiebre de ese pacto referencial no fue una gran idea. Además, la Unión Europea expone intereses divergentes con Washington y trata de buscar una alternativa dialoguista bajo la premisa de que si todo ello no encuentra un entendimiento para llevar adelante un régimen de sanciones efectivas, siempre puede resultar indispensable el acuerdo de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad, que también incluyen a Rusia y China.

 

El 21 de mayo, el secretario de Estado norteamericano, Mike Pompeo presentó una nueva estrategia para contener a Irán, que consiste en una lista de acciones maximalistas que no tienen posibilidades prácticas de concretarse, o de generar algún tipo de negociación alternativa si no se consigue un fuerte apoyo multilateral para alguna de las pretensiones de sus autores. El 23 de mayo, Trump comentó que su reunión con el líder de Corea del Norte, Kim Jong-Un, planeada para el 12 de junio en Singapur, no se podrá realizar bajo las condiciones actuales. Esto se debe a las dudas que existen en Washington, acerca de la intención de Pyongyang de aceptar una desnuclearización irreversible, completa y verificable. Alcanzar semejante objetivo dependería de una serie de garantías y contrapartidas económicas que deberían otorgarse a Kim, las que requieren intervenciones específicas de Xi Jinping.

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