“Más que un ajuste fiscal, el FMI podría pedir un dólar más alto”

Ramiro Albrieu (UBA y Cedes) dialogó con El Economista sobre los costos y beneficios de volver a Washington y, sobre todo, sus consecuencias

 

Por Alejandro Radonjic

 

Conocedor de los múltiples meandros de la economía global (y del FMI, en particular) y las tensiones de la política económica aquí y allá, el economista Ramiro Albrieu (UBA y Cedes) es una voz autorizada para navegar los tiempos que corren. En diálogo con El Economista, ofrece su visión sobre los costos y beneficios de volver a Washington y, sobre todo, sus consecuencias.

 

Primero, una consideración contextual sobre el regreso hacia el FMI. ¿Era necesario? Sabiendo todos los costos que tiene, ¿no se podría haber hecho otra cosa para estabilizar los mercados?

Si el acceso al financiamiento del FMI no tuviera costos, sería una de las primeras opciones de endeudamiento externo para cualquier país: tasas concesionales, plazos largos, negociación abierta en caso de atrasos, etcétera. El problema es que sí tiene costos. Enumeremos algunos. Primero, la posible estigmatización en los mercados internacionales: de acuerdo a su definición, los préstamos stand-by se dan en situaciones de crisis económicas. Segundo, el impacto en el precario equilibrio político doméstico es incierto: ahora que el gradualismo deberá operar sobre ítems sensibles del gasto, harán falta nuevas alianzas. Tercero, este tipo de acuerdos vienen con condicionamientos, y no sólo para la economía, sino también para los márgenes de acción de la política macroeconómica. Si uno considera que esos costos son grandes y que buena parte del financiamiento externo para todo el año ya había sido cubierto, la opción de optar por una “solución local”, con un poco de flotación y fuerte suba de tasas, parecía preferible. Pero es pronto para tener certezas al respecto.

 

¿El regreso a Washington desbarata la idea de Cambiemos de que la salida de capitales tiene que ver con motivos globales? No veo ningún otro emergente tocando la puerta…

El shock externo puede llegar a ser de magnitud pero era, en buena medida, esperado. El problema es la vulnerabilidad doméstica y allí no sólo está el ajuste gradual de las cuentas fiscales sino también la de un mercado de cambios plagado de problemas, que preexistían a este Gobierno pero la remoción de cepo los sacó a la luz. Entonces, el shock está ocurriendo, la vulnerabilidad es alta y, a pesar de que creo que había opciones, el Gobierno reconoció que necesita ayuda externa.

 

La “solución local”, es decir, flotación cambiaria y más suba de tasas, parecía preferible que volver al FMI

 

Sigamos. Usted es un fino lector de los movimientos del FMI, además de sus papers, que ciertamente ha abierto el abanico literario a cuestiones como distribución del ingreso, crecimiento inclusivo y demás, ¿pero ha cambiado la forma en que financia soberanos? Después de todo, sigue siendo un banco…

El accionar del FMI surge de los equilibrios políticos a nivel global. Cuando los emergentes se convirtieron en prestamistas globales con el cambio de siglo, el FMI tuvo que reinventarse. Y a partir de allí no sólo ajustó su visión a las especificidades de los países emergentes –por ejemplo, en la cuestión de los controles de capital- sino también, en situaciones de estrés, tomó posturas un poco más afines al deudor que al acreedor. Grecia es un ejemplo de esto. Entonces, sí: estamos frente a un nuevo FMI en muchos aspectos.

 

Las condicionalidades, el gran enigma. ¿Qué pedirá el FMI y cómo puede impactar en la política económica y en la macro?

La condicionalidad no la conocemos. Mi opinión es que no creo que aquí se esperen grandes cambios en el plano fiscal. En eso coincido con el Gobierno: el FMI ha apoyado explícitamente el gradualismo y no creo que eso cambie en sustancia. Ahora, hay dos posibles demandas del FMI que sí modifican el panorama local. La primera es que, antes que mirar al gradualismo, primero pida una corrección de los fuertes desequilibrios en el mercado de cambios. De ser así, quizás tengamos otras subas fuertes en el tipo de cambio en el corto plazo. La segunda es que el FMI también viene diciendo que el régimen de metas de inflación es incompatible con el gradualismo fiscal. Si a esto sumamos el efecto inflacionario de la corrección cambiaria, es difícil ver como el BCRA va a conducir su política monetaria. Si persiste en su postura, la pérdida de credibilidad será mayor. Y ya no se podrá culpar a Peña-Quintana-Lopetegui, y habrá que quejarse un poco más arriba. Si miramos el impacto en la macro, todo esto será recesivo en el corto plazo, lo cual también representa un problema para el gradualismo.

 

Si uno mira el mundo actual no necesita mucho ingenio para ver que acudir a Washington es una señal de debilidad, más allá de la discusión sobre cuán flojos están los fundamentals macro. Es un último recurso. ¿Y si falla y no estabiliza los mercados?

El escenario negativo es que esta movida complique el acceso al financiamiento para 2019, que es un año eleccionario. En ese contexto, tener que apurar el ajuste fiscal luego de un 2018 que no sería tan bueno como pensamos hoy, y con el FMI monitoreando, puede ser muy costoso en términos políticos.

 

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