Fisuras en el edificio de la integración

Dos procesos migratorios de magnitud no igualada desde el fin de la Segunda Guerra Mundial han confluido en la Unión Europea (UE) en la última década

Por Eduardo R. Ablin (*) Embajador

 

Dos procesos migratorios de magnitud no igualada desde el fin de la Segunda Guerra Mundial han confluido en la Unión Europea (UE) en la última década. La población de los Estados Miembros (EM) más nuevos de Europa del Este se ha contraído desde su accesión, atraída hacia los países más prósperos de la UE en búsqueda de mayores ingresos. A ello se agregaron, a partir de 2015, oleadas de inmigrantes con motivo de la guerra civil en Siria, la lucha aliada contra ISIS (“Estado Islámico Daesh”), y la inestabilidad en diversos países del Medio Oriente y el Norte de Africa, registrando la UE en 2015/16 más de dos millones de solicitudes de asilo entre auténticos refugiados y expatriados por motivos económicos en demanda de un mejor porvenir.

 

Así, mientras la UE intentaba superar los desequilibrios que pusieron en peligro su sistema financiero y la moneda común –el euro– esta conjunción migratoria impuso una enorme tensión, aún no zanjada, sobre la viabilidad del mecanismo de libre circulación establecido por el “Acuerdo de Schengen”, así como del derecho de asilo, con un impacto político y electoral cuyas secuelas todavía continúan expandiéndose en muchos EM de la UE.

 

Los EM del este europeo enfrentan la problemática concomitante de la emigración de sus ciudadanos y el rechazo a la recepción de refugiados. Desde el colapso del comunismo, en 1990, 15 millones de habitantes –10% de la población, con picos del 25% en los países bálticos, predominando los jóvenes capacitados en oficios– han abandonado los nuevos EM persiguiendo mejores niveles de vida en la zona occidental de la UE. La radicación de casi 1 millón de polacos en el Reino Unido –manipulada bajo el estereotipo discriminatorio del “plomero” polaco– no fue ajena a la campaña en favor del Brexit.

 

La República Federal de Alemania (RFA) -motor europeo- reconoció tempranamente la inevitable escasez de mano de obra futura en la UE, y aunando criterios humanistas con necesidades económicas decidió abrir sus puertas a un millón de migrantes, a cuyo efecto destinó, en 2016, 22.000 millones euros –0,35% de su PIB–. La RFA procesó más solicitudes de asilo que todos los demás EM agregados, criterio que debilitó la coalición liderada por la canciller Angela Merkel en las elecciones de 2017, al despertar fuertes sentimientos antiinmigratorios que se reflejaron en el acceso del partido derechista y xenófobo “Alternative für Deutschland” por primera vez al Parlamento con 13% de los votos.

 

Similar proceso se vivió en los EM nórdicos, donde Suecia y Dinamarca sostuvieron sus tradiciones liberales aceptando el máximo de refugiados per capita en la UE. Cuando el costo de esta acción superó 1% de su PIB la política sueca cambió, introduciéndose estrictos controles a la inmigración.

 

Los EM de entrada a la UE –Grecia e Italia– no podían soportar la presión del arribo y hacinamiento de migrantes en campos de refugiados, intentando la UE imponer en 2015 un programa obligatorio para la reubicación de 160.000 en forma solidaria entre todos los EM, lográndose sólo cumplimentar 15% hasta 2017. Por ello se recurrió en 2016 a un acuerdo con Turquía, asignándole 6.000 millones de euros para contener en campos financiados por la UE 3 millones de potenciales refugiados sirios, así como alojar a los migrantes repatriados desde la UE.

 

La resistencia más severa al proyecto solidario provino, paradojalmente, de aquellos EM cuyas propias poblaciones se reducen, rechazando la República Checa, Eslovaquia, Hungría y Polonia recibir refugiados, argumentando la pérdida de su homogeneidad y cohesión cultural. Dicha negativa obligó a la UE a litigar a los tres primeros ante la Corte de Justicia Europea por incumplimiento de sus obligaciones, lo que agudizó el sentimiento anti-inmigratorio en la región con la llegada al poder en Hungría hacia 2015 del partido Fidesz conducido por el premier Viktor Orban. Este lidera un frente del Grupo de Visegrad que sin renegar de la UE rechaza cualquier concepción federalista que imponga decisiones a los Estados nacionales, reproduciendo una histórica posición “británica” convalidada en el núcleo del Brexit.

 

El sentimiento xenófobo reflejado en los EM citados –a los cuales se agregó Austria, y potencialmente Italia, como resultado de sus recientes elecciones– no surge espontáneamente, encontrando eco en votantes preocupados por el temor atribuido a los inmigrantes musulmanes y sus eventuales vinculaciones con el terrorismo y la creciente inseguridad. políticos de orientación derechista han capitalizado estos temores, utilizándolos como ariete contra las tradiciones democráticoliberales de los EM fundadores, enraizadas en los principios de la UE. Así se transmite el escepticismo respecto de la integración de culturas cuyo choque resultaría inevitable, descartándose la incorporación de los “peligrosos” migrantes a la fuerza laboral.

 

Esta visión vulnera la esencia misma de la UE, al no resultar claro si se debaten potestades nacionales no delegadas, o competencias de Bruselas. En términos políticos cabe dilucidar si la UE está destinada a constituirse en un espacio multirracial o si sus EM mantienen el derecho a defender sus elementos étnicos y culturales distintivos. No es sólo una disputa entre los EM fundadores de raíz liberal y los de Europa del Este -más sensibilizados por su pasado comunista-. Ambas posiciones revelan las limitaciones del “Acuerdo de Schengen” por el cual los Miembros de la UE resignaron un atributo central de soberanía en favor de la libertad de circulación, embarcándose en un proyecto crecientemente federal sin las bases legales e institucionales que permitieran administrar el proceso migratorio interno así como el derecho de asilo para refugiados, temáticas que por su esencia estratégica podrían cuestionar el futuro de la integración europea. Este debate genera cesuras dentro de los partidos políticos en diversos EM, acrecentando la relevancia de los partidos de derecha, que aunque minoritarios resultan necesarios para formar coaliciones parlamentarias que permitan gobernar, pudiendo incorporar algunas de sus demandas, e influir sobre la agenda política. Algunos se presentan como defensores del estado de bienestar, coexistiendo posiciones de izquierda con actitudes xenófobas, que les permiten captar votantes que se sienten abandonados por la socialdemocracia. Así, la ola de euroescepticismo y las fuertes tendencias antiliberales que proliferan en Europa del este en particular retrotraen medio siglo atrás el debate sobre la integración en la UE, al oponer centralización federalista versus reverdecimiento del Estado Nacional como eje del proceso.

 

(*) Las opiniones vertidas son de exclusiva responsabilidad del autor y no comprometen a la institución en la cual se desempeña.

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