Equilibrio fiscal y nacional

Un acuerdo nacional no puede dejar de tener como finalidad el “equilibrio de la Nación” y eso implica generar las condiciones para la inversión reproductiva

 

Por Carlos Leyba

 

Una breve reflexión sobre la cuestión del equilibrio de la Nación, por una parte y la del equilibrio fiscal, por la otra. No es lo mismo.

 

Empecemos por la relación entre los conceptos. Puede existir equilibrio fiscal en el marco de un profundo desequilibrio nacional. Puede alegarse que esa combinación no puede ser duradera y que el equilibrio fiscal, en el contexto de un desequilibrio de la Nación, es un equilibrio inestable. O – lo que es lo mismo– por más equilibrio fiscal que logremos, si persiste o generamos desequilibrio nacional, entonces, ese logro es efímero.

 

Un ejemplo reciente. Néstor alcanzó el equilibrio fiscal con más de la mitad de población en la pobreza (desequilibrio insostenible). A medida que se fue reduciendo la pobreza comenzó a aumentar la tasa de inflación y el desequilibrio fiscal. La pobreza y la inflación eran síntomas de un desequilibrio nacional productivo. No producimos lo que consumimos. Y no lo hacemos a pesar de tener fuerza de trabajo desempleada. ¿La razón? No invertimos para lograr el pleno empleo. ¿La razón? El excedente se fuga. Duermen fuera del sistema nacional US$ 400.000 millones de residentes argentinos que no volvieron ni con el blanqueo más generoso del Planeta. He ahí la madre del desequilibrio nacional productivo. No invertimos aquello que generamos y cuyo destino es la inversión: excedente.

 

También puede existir desequilibrio fiscal en un contexto de equilibrio nacional. Esta combinación puede ser duradera y la realidad planetaria demuestra que, al menos para los países desarrollados, esa coexistencia no genera riesgos de inestabilidad. Veamos países de la OCDE, club selecto donde pugnamos por entrar. Haré algo poco correcto, poco profesional, pero “comunicador” como quiere el código del uniforme sin corbata, sonrisa y mirándonos todos entre nosotros: ¡Whisky¡ Foto.

 

España, Portugal, Reino Unido, Estados Unidos, Francia, Japón, Finlandia, Bélgica, Australia e Italia en 2016 tuvieron en promedio un déficit fiscal de 2,9% del PIB y lo mantienen, en promedio, desde 2008. El más alto es de Estados Unidos, con 4,94% y el más bajo el de Finlandia (1,79%). Los países que lo tienen, por lo menos, desde el principio de la tabla publicada (2000) son España, Portugal, Reino Unido, Francia e Italia. El más nuevo Finlandia (2009).

 

Todos los déficits de estos países son importantes y no de corta duración. Los llamamos países desarrollados por las condiciones de vida de la mayor parte de la sociedad, porque disponen de un orden de bienestar –más allá que hoy esté magullado– que nos hace tenerlos de alguna manera de horizonte al que deberíamos caminar.

 

Discriminamos entre equilibrio fiscal y equilibrio de la Nación. Podemos decir que el equilibrio fiscal es “no gastar más de lo que ingresa” al Tesoro. Y que el equilibrio nacional es lograr condiciones de bienestar para la inmensa mayoría.

 

Podemos concluir en que, comparativamente, nuestro país tiene un desequilibrio fiscal parecido, al menos en el número promedio, al de los países que quisiéramos emular. Lo que seguro no tenemos es el “equilibrio nacional” siquiera comparable al de los países desarrollados.

 

Ante la fuerza de la evidencia todos coincidimos en que el “desequilibrio nacional” por excelencia es la pobreza acumulada de décadas que hace al país uno de malestar y no uno de bienestar.

 

No sólo la pobreza de la foto, el 30% de los argentinos de hoy, los 13 millones a los que los recursos que le llegan, no les alcanza para abastecerse diariamente de lo que la definición establece es la línea de pobreza. No. Es la pobreza de la película. Veamos. Desde 1974 a la fecha el número de pobres creció a la tasa del 7,1% anual acumulativo. Un escándalo que comparten en responsabilidad todas las fuerzas políticas y las Fuerzas Armadas que gobernaron estas cuatro décadas.

 

Como la tasa de natalidad de los hogares más pobres es mucho mayor que la de los hogares medios o que no son pobres, la fuerza demográfica garantiza que si hoy los menores de 14 años pobres son la mitad de la población, de permanecer las cosas como están, los menores de 14 años nacidos en la pobreza serán más y más y más de la mitad de la población. Un boom demográfico de pobreza en la era de la robótica. Ese es un cuadro de la película que nos trajo a esta foto del presente del desequilibrio nacional.

 

Tenemos desequilibrio fiscal. Y hay que resolverlo. ¿Y el desequilibrio nacional?

 

El Presidente finalmente ha decidido proponer un acuerdo nacional (al que, dicen, llamará a todos) para acordar la manera de terminar con el déficit fiscal al que se le atribuye ser la causa de todos los males nacionales. ¿Es así o es al revés?

 

Sin déficit –según el Presidente–, Argentina ingresaría en el camino de la estabilidad de precios y como consecuencia de ello ingresaría en el océano de las inversiones y como consecuencia de ello en el crecimiento y el pleno empleo con lo que se derrotaría la pobreza. ¿Sería así?

 

Vamos al origen. El Gobierno afirma, con razón, que la mayor parte del gasto público es consecuencia del gasto social y de los aportes a la seguridad social y el costo en personal de la administración pública. Es decir, “el gasto fiscal” es imposible de ser reducido drásticamente.

 

Y, por otra parte, la “presión tributaria” sobre los que están en blanco es de tal magnitud que es imposible cargar más tributos sobre los mismos contribuyentes. Si el gasto no puede reducirse y si el ingreso no puede aumentarse, entonces, el déficit no puede bajarse.

 

En ese contexto la única variable libre, es decir, la única sobre la que se puede presionar “en el escenario tributario o fiscal” es sobre los que están en negro. Los que están trabajando y produciendo en negro.

 

Si la economía negra, no nos referimos ni a la droga ni a los mercados ilegales, si la economía que debería tributar, tributara –según las estimaciones de “economía negra” – los recursos tributarios que podrían aportar los que hoy no están en blanco podrían alcanzar a 30% de los ingresos fiscales actuales. Este es un problema de administración.

 

No sería demasiado complejo, a partir de la existencia de medios electrónicos, montar mecanismos administrativos acompañados de movilización popular y un sistema de incentivos muy fuertes para terminar con la evasión descomunal de gran parte del comercio minorista. Los mismos incentivos y aún mayores, que ponen las tarjetas de crédito con la finalidad de fidelizar cartera de clientes, se podrían aplicar a incentivos muy fuertes para atraer como agentes de promoción tributaria a los consumidores finales e inclusive a través del viejo sistema SUBE o similar, generar subsidios aplicados a la alimentación de los más necesitados.

 

Combatir la evasión fiscal de los pescados chicos tiene que constituirse en una causa popular recaudatoria. Y en función de ello será más sencillo combatir la evasión hacia atrás en la cadena productiva. Hay allí un océano de recursos que, hasta hoy, es fortuna fácil para los evasores.

 

Hay que entrar a ese camino contra la economía en negro por todas las cabeceras, la de más abajo con el control popular incentivado por beneficios, aunque sea transitorios, y seguir por las cabeceras de los grandes evasores que los hay.

 

Las fuerzas de control deberían estar abocadas cien por cien a lo que no está registrado. Lo que está registrado, ya está en el corral y lo podemos controlar después; si es que todo al mismo tiempo no se puede hacer. Verdulería, frutería, almacén, bar, peluquería, etc., todos son centros de recaudación o fábrica de negro, que están presentes en la vida cotidiana, dejarlos pasar es nuestra responsabilidad.

 

Pero, aclarado que estamos de acuerdo con la lucha por la recaudación sin aumentar la presión tributaria sobre los que ya cotizan, vayamos al gasto. El gasto social es la consecuencia del desempleo y de la pobreza. Y ambas son la consecuencia de la falta de inversiones. Las inversiones necesarias, lamentablemente, se fugaron.

 

Esos US$ 400.000 millones, que no incluyen los que se fueron en 2017 que son más de US$ 20.000 millones, ni los que se fueron a razón de US$ 2.000 millones en los últimos meses y antes de la “crisis cambiaria”, si se hubieran convertido en puestos de trabajo blancos, la pobreza sería mínima y la asistencia que implica el gasto social mínima también. Pero además los intendentes y gobernadores no hubieran soportado la presión de la necesidad, ni hubieran podido ejercer el método del clientelismo a costa del Estado. Y no habría el, como mínimo, millón de empleados públicos que se trata de desocupación disfrazada. Es decir, el gasto, a nivel nacional y municipal, por esas causas – sociales y empleo – sería menor. Todos tributarían. Es decir, el problema es el origen.

 

Dicho esto, celebro que el Presidente convoque a un acuerdo nacional. Que no se convierta en una foto, por ejemplo, la foto de la firma o que no sea para hacerle photoshop al déficit fiscal. Que es una deriva de la realidad.

 

Que sea un acuerdo para ir al origen. Acordar un programa que genere inversiones. El Gobierno, que no miente, pero tiene un problema de visión que ha venido repitiendo, por ejemplo, que el déficit de comercio exterior (consumimos más que lo que producimos) es la consecuencia de la gran cantidad de inversiones que se refleja en las importaciones de maquinarias. No es verdad. Como dice luminosamente Jorge Lucangelli, director de la maestría en relaciones económicas Internacionales de la UBA, “Cambiemos se basa (…) en una mayor apertura importadora y promoción de la inversión privada (…) los datos de importaciones de bienes de capital no confirmarían que esto se haya plasmado en la industria manufacturera (…) no habría logrado despertar ‘los espíritus animales’ de la burguesía industrial”

 

Un acuerdo nacional no puede no tener como finalidad el “equilibrio de la Nación” y eso implica generar las condiciones para la inversión reproductiva.

 

Nada que inventar. Copiar lo que hacen los países de la OCDE. Copiar lo que hacen y no lo que dicen.

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