Desigualdad y comercio internacional en América Latina y Argentina

¿Basta abrirse al mundo para mejorar la situación social? ¿Qué impacto tiene el aumento del comercio internacional en la reducción de la desigualdad?

 

Por Roxana Mazzola (*)

 

¿Basta abrirse al mundo para mejorar la situación social? ¿Qué impacto tiene el aumento del comercio internacional en la reducción de la desigualdad? Estos interrogantes recorrieron buena parte del debate en una de las tantas reuniones del G20 que se han realizado este año en Buenos Aires, y que anticipan amplia parte de los desafíos que implicaría traer a los grandes jugadores mundiales a Argentina si efectivamente se quisiera discutir una agenda relevante para nuestra región.

 

A continuación, se sugieren algunos puntos centrales y tres ejes de propuestas para pensar críticamente el tema:

 

En primer lugar, cabe destacar que, en general, el tema de la desigualdad aparece invisibilizado en la agenda pública. Los políticos debaten todo el tiempo sobre cómo reducir la pobreza pero, como sabemos, pobreza no es lo mismo que desigualdad. Modificar la desigualdad requiere procesos de largo alcance y no sólo refiere a ingresos, sino que también supone brechas de género o patrimoniales, inequidades en la distribución de la tierra y en la concentración de poder político e influencias, entre otros aspectos. Es la desigualdad entre los países y no al interior de los países, la que continúa explicando el grueso de la desigualdad mundial. Por tanto, son necesarios cambios globales donde no va a bastar el aumento del comercio internacional en Latinoamérica para reducirla. Necesitamos nuevas reglas del juego a nivel internacional más favorables al desarrollo con reducción de desigualdades, circunstancia que sólo admite una nueva arquitectura internacional del desarrollo. Por ejemplo, es preciso abordar la nueva regulación de los flujos financieros internacionales. La movilidad del capital debe compensarse con la movilidad de la fuerza de trabajo.

 

Notamosuna gran desigualdad en América Latina, que condiciona toda distribución de nuevos recursos. En un mundo donde la reproducción del capital exige roles específicos en la división internacional del trabajo, nuestros países no han conseguido diseñar esquemas institucionales que atenúen la desigualdad global, sino que más bien la expresan. América Latina es la segunda región del mundo más desigual luego de África subsahariana. Los países con mayor desigualdad son Guatemala, Colombia, Panamá, Brasil y México y los de menor desigualdad son Uruguay y Argentina. Vivimos en una región con fracturas sociales, con sectores privilegiados y excluidos, con ciudadanos de primera y de segunda. La desigualdad es un condicionante para el crecimiento económico y un factor de inestabilidad política. Esta desigualdad tiene algunas características específicas.

 

  • Afecta más a la niñez, que resulta la más perjudicada por las crisis internacionales, los shocks económicos y los desastres naturales.

 

  • Hay grandes desigualdades territoriales: por ejemplo, en Brasil y Argentina es superior a ocho veces la diferencia entre los territorios más ricos y más pobres, mientras en Italia, Francia y España apenas es de dos veces.

 

  • La concentración de la propiedad de la tierra alcanza su grado máximo en América Latina.

 

Las probabilidades de la persistencia de las desigualdades a futuro son altas si no hay cambios globales, además de cambios en la heterogeneidad productiva y social de la región.

 

Teniendo todo esto en cuenta, es posible afirmar entonces que en América Latina el aumento del comercio internacional sólo ataca el problema de la desigualdad en tanto y cuanto sea complementado con políticas estatales de inversión en capital social (educación, salud y vivienda). Un trabajo reciente de Cepal demuestra que la apertura comercial en América Latina benefició a los grupos de ingresos altos. Como sabemos, el aumento del comercio genera ganadores y perdedores y, excepto que la disponibilidad de capital social sea extremadamente baja, los ricos siempre se benefician de la liberalización comercial. Por lo tanto, si pensamos que los flujos de comercio actual pueden tener alguna incidencia en problemas tan complejos como la reducción de la desigualdad, vamos a seguir teniendo una visión muy acotada del fenómeno y, por lo tanto, continuaremos desprendiendo alternativas equivocadas o que no tendrán el impacto esperado. Motivada por la combinación de mejora en la cotización internacional de ciertas commodities y el impulso de políticas activas y contracíclicas de algunos Estados, que mejoraron el salario real de los trabajadores, la desigualdad tuvo una leve reducción entre 2002 y 2010, aunque su impacto fue apenas marginal porque no modificó en nada la heterogeneidad estructural productiva y social de la región.

 

Frente a este escenario, son clave los ingresos laborales y la protección social de la población para reducir más la desigualdad, pero en ese sentido el problema se presenta por evidente desvinculación mundial entre trabajo y productividad y porque crece el empleo autónomo, que no siempre es de calidad y con beneficios de seguridad social. El último informe del Panorama Social de América Latina de la Cepal de 2018 señala que, mientras entre 2003 y 2008 las fuentes de ingresos laborales desempeñaron un papel relevante en la reducción de la pobreza y la desigualdad, en el período 2008-2016, ante la baja de actividad económica, se volvieron más relevantes las transferencias de ingresos (pensiones, jubilaciones, programas de transferencias de ingresos) especialmente en Argentina, Panamá, Paraguay y Uruguay. Estas transferencias permitieron evitar el impacto de las crisis pero, como sabemos, según cuál sea su monto es el efecto que tienen en la reducción de la desigualdad y la pobreza.

 

En consecuencia, algunas propuestas para seguir pensando el tema de la desigualdad son las siguientes.

 

Profundizar el debate y visibilización del efecto de las crisis internacionales en la desigualdad. Cada crisis internacional repercute en el crecimiento y aumenta la desigualdad. Esto tiene mayor impacto en los sectores más pobres que en el resto de la población. Mientras los sectores más ricos pueden recomponerse luego de estos shocks, los más pobres siempre vuelven a un punto de partida peor. Las repetidas recesiones, períodos de gran inflación, turbulencias externas y cambios políticos han ejercido poderosa influencia en el empleo y los salarios, provocando muchas veces grandes fluctuaciones.

 

Limitar el endeudamiento externo, que reduce el margen de autonomía de los países, y movilizar los recursos internos. Esto fue un aprendizaje con un costo social muy alto en América Latina en los 2000. Implica el desarrollo de redes bancarias bien reguladas, supone asignar un papel más importante a los bancos de desarrollo, que pueden tener un comportamiento anticíclico y prestar crédito a los sectores de importancia estratégica para la economía nacional.

 

Finalmente, preguntarnos qué modelo de desarrollo se está considerando para la región para reducir las desigualdades. La sensación es que continuamos hablando de la venta de commodities al resto del mundo, pero no tenemos éxitos en reducir la desigualdad. ¿Por qué no debatimos qué implica ser parte de la revolución digital y de servicios para no agotar la discusión sobre la base del viejo dilema entre campo e industria? En este marco, tenemos que repensar la distribución funcional del ingreso y el rol de la seguridad social porque éstas son importantes herramientas de distribución. En los últimos años, si fue posible reducir la desigualdad en América Latina, fue por estos importantes instrumentos. Aunque, claro, ello no basta. Después de todo, reducir la desigualdad depende de decisiones políticas.

 

(*) Especialista en Políticas Sociales. Politóloga (UBA), Magíster en Administración y Políticas Públicas (Universidad de San Andrés) y Doctoranda en Ciencias sociales (UBA). Directora del CEDEP y profesora de posgrado en FLACSO.

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