Tarifas y cinismo

Mientras el Gobierno trata de arreglar el descomunal problema heredado, el cinismo peronista no reconoce límites

 

Por Nicolás Salvatore Economista

 

Luego la salida de la crisis de 2001, una de las más severas de la Historia del capitalismo, la economía argentina protagonizó una de las recuperaciones más espectaculares de esa misma Historia, vía crecimiento, comandada por Eduardo Duhalde y Roberto Lavagna entre junio de 2002 y diciembre de 2005. Las variables macroeconómicas de fines de 2005 eran las mejores de los anteriores 60 años. La deuda pública había sido ya reestructurada en 2005 y no había déficit fiscal, sino un superávit primario del orden del 4% del PIB: un OVNI en nuestra Historia (habría que volver sesenta años atrás desde aquel momento para encontrar algo parecido).

 

El único “problema” que presentaba la economía argentina es que estaba creciendo demasiado rápido y por encima de su tendencia estructural -es decir, más allá de sus capacidades de crecimiento sustentable-, una vez cerrado hacia mediados de 2005 el output gap creado por la crisis (brecha –positiva- entre el PIB potencial y el PIB observado), y ello había empezado a generar tensiones inflacionarias del orden del 12,5% en 2005.

 

Permítame el lector un paréntesis. Se trataba de inflación de origen no monetario, sino real, una sobrexpansión cíclica, o exceso de demanda agregada. Dado que la economía estaba creciendo por encima de su tendencia estructural, y había 4% de superávit fiscal primario, la hipótesis monetarista de la dominancia fiscal (emisión monetaria para financiar el déficit fiscal) es insostenible en este caso. Que me perdone Milton Friedman, quien conmovió al mundo al sentenciar “siempre y en todo lugar la inflación es un fenómeno monetario”, pero tenemos aquí un momento y un lugar en el que tal hipótesis no supera el test: Argentina 2005-2008. Un solo contraejemplo basta para derribar una hipótesis conjetural. Cierro paréntesis.

 

La locomotora de semejante crecimiento, del orden del 9% anual, era lo que la literatura llama “modelo basado en un tipo de cambio real competitivo y estable” (es decir, alto). Para que el lector tenga una somera idea acerca de cuánto estamos hablando, a los precios de hoy se trataría de un tipo de cambio nominal de alrededor de $ 30/US$.

 

Estábamos ante el mejor “problema” del mundo. Sólo se trataba de crecer un poco más despacio, cerca de nuestra tendencia estructural (desconocida), digamos, 4/5% en vez de 8/9%. No somos el sudeste asiático, estamos situados en América Latina, al sur de Bolivia. Dado que el motor del crecimiento era el tipo de cambio real, la política indicada para desacelerar el crecimiento era la política fiscal, una que sea menos expansiva. No se trataba de clavar el freno, sino de peinarlo suavemente, y llevar nuestra economía desde la sobrexpansión cíclica a lo que la literatura llama “soft landing” (aterrizaje suave). ¡Dame ese problema!

 

A su vez, las tarifas de los servicios públicos estaban casi congeladas desde 2000. Mientras en el período 2000-2015 la inflación minorista ascendió a 1.385% (medida en aquel momento por Buenos Aires City), la administración justicialista aumentó las tarifas apenas 30% en el mismo período. 2006 era el momento macroeconómico ideal para empezar a recomponerlas. Y dado que a su vez la política fiscal era la herramienta adecuada para desacelerar la economía y la inflación, la solución al problema era casi evidente: reducir gradualmente los subsidios fiscales al aumentar las tarifas.

 

Se recuperaría así el autoabastecimiento energético, se contendría la inflación en el orden del 10% (su nivel de 2005-2006), se mantendría el superávit fiscal que luego se dilapidó, y la economía crecería más lentamente, es decir, en vez de hacerlo vertiginosamente al 9%, sólo lo haría súper rápido, al 5%, aunque en forma sustentable. O pasaría algo parecido.

 

Ahora es demasiado tarde para salidas progresistas. Las crisis son un sistema de reparto de pérdidas

 

Era el problema soñado por cualquier ministro de Economía. Lamentablemente, Néstor Kirchner no la vio así. Donde tenía que peinar el freno, la política fiscal, puso un segundo acelerador: crisis energética, inflación, atraso cambiario, cepo cambiario, su ruta. Kirchner destruyó su propio modelo. En rigir, el de Duhalde y Lavagna en realidad. El suyo empezó en enero de 2006, cuando lo echó a Lavagna.

 

Y así llegamos a la catástrofe no natural más aguda de nuestra Historia: la macroeconomía de Cristina y Axel Kicillof de diciembre de 2015, crisis también conocida por los antropólogos como “el peronismo”. Había que darse maña para destruir la maravilla macroeconómica de 2005.

 

Supongamos que las tarifas hubieran empezado a aumentar a un ritmo de 30% anual en 2006 (no 3.000% ni 300% sino 30%), escenario compatible con un crecimiento de 3/5% promedio y una inflación de cerca de 10% promedio en el período 2006-2015. Las tarifas aumentarían así 1.370% en términos nominales en dicho período, equivalente a 620% en términos reales (hice los números, créeme). El Gobierno de Cambiemos habría recibido así una economía con una inflación cercana al 10% y, por ende, sin atraso cambiario, y creciendo a una tasa más modesta aunque sustentable, del orden del 3-5%, con una situación fiscal razonable, digamos, manejable (no le pidamos superávit al peronismo tampoco).

 

La voracidad populista se encargó de construir el desastre de 2015, y ahora el Gobierno de Cambiemos tiene que elegir entre una disyuntiva espantosa: la caída del salario real o un país sin energía y con un déficit fiscal que nos conduzca a un nuevo default de la deuda pública en pocos años. Divino.

 

¿Cuál es la crítica de la oposición K a la política tarifaria del actual Gobierno? El cinismo peronista no reconoce límites. Ahora es demasiado tarde para salidas progresistas. Las crisis son un sistema de reparto de pérdidas. En eso estamos, tratando de arreglar este descomunal lío. Tengo una mala noticia para darte, kumpa: estamos mal, pero vamos bien.

 

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