Mujer cronometrada

Perfil de Isela Costantini, líder de GST, ex presidenta de GM Argentina, Uruguay y Paraguay y de Aerolíneas Argentinas

Por Delfina Torres Cabreros

 

Un día Isela Ortiz -Kitty- entró en la habitación de su hija de seis años y la encontró sentada en la cama, apretando en sus manos una imagen de la virgen. “Tengo que ganar una medalla, tengo que ganar una medalla”, repetía como un mantra enloquecido. La mujer, anticipándose a lo que podía ser una gran decepción, desplegó el discurso habitual: que lo importante es participar, le dijo. Pero ya entonces la autocomplacencia no estaba entre los atributos de su hija y al día siguiente no sólo participó de la competencia de salto en largo para la que se había preparado con dedicación, sino que volvió a su casa con una medalla plateada colgada del cuello. Segura de lo que había aprendido, tomó un papel que luego guardaría por años y escribió: “Querer es poder”. Desde ese día cualquier explicación que involucrara al destino, la mala suerte o la desigualdad de condiciones quedaría, para ella, obturada.

-El atletismo fue un ambiente en el que formé mi personalidad: me enseñó a no conformarme, a saber que siempre se puede dar más. Esa mentalidad la llevé luego a mis estudios y a mi carrera. Si podía hacerlo mejor, tenía que lograrlo.

Dice, 40 años después de ese episodio, Isela Costantini.

-No había razón para ser mediocre.

 

Un resumen diría que fue la primera mujer en ocupar la presidencia de General Motors Argentina, Uruguay y Paraguay, puesto que le mereció reconocimiento global y la ubicó como una de las 50 mujeres más poderosas del mundo, según la revista Fortune. Diría, también, que estuvo al frente de Aerolíneas Argentinas por un año y que actualmente lidera la consolidación del holding financiero GST y forma parte del directorio de la desarrolladora inmobiliaria IRSA.

La oficina en la que trabaja está en el piso 10 de un edificio discreto sobre la avenida Corrientes y, comparada con las que ha ocupado en sus dos puestos anteriores –ambas inmensas y con una vista abierta sobre el Río de la Plata-, esta es, al menos, austera. Tiene un juego de sillones negros, una mesita redonda de vidrio con cuatro sillas y un escritorio. Por la ventana se asoman marquesinas de teatro, carteles de pizzerías, un perfil del Obelisco. Detrás del escritorio, un cuadro con una serie de cuatro fotos: un castillo de arena siendo arrasado por la marea.

Costantini entra sonriente, enérgica, y se disculpa por una demora de segundos. Viste jeans oxford, una camisa de un blanco incandescente y un pañuelo de seda atado al cuello. Tiene apenas una línea de maquillaje en los ojos, como para disimular que la suya es una belleza auténtica, inevitable.

 

Hija de padres sanjuaninos -de quienes heredó la suavidad con que pronuncia las elles, el aire que aspira en las haches-, Isela Costantini nació el 12 de agosto de 1971 en la ciudad brasileña de San Pablo. A juzgar por el nomadismo que la carrera de su padre médico le imprimió por entonces a su familia, que naciera en Brasil fue casi un hecho azaroso. Antes de cumplir los 18 años había vivido en San Pablo, San Juan, Los Angeles, Londrina, Curitiba, Córdoba y Buenos Aires.

Se recibió de licenciada en Comunicación Social en la Universidad Católica de Curitiba y completó su formación académica con un MBA en la Universidad de Loyola, en Chicago. Después de pasar por agencias de publicidad, por una refinadora de azúcar y por la empresa de cosmética brasileña O Boticário fue contratada por la automotriz americana General Motors, en donde pasaría por 13 puestos diferentes a lo largo de 17 años. Allí estuvo al frente de múltiples reestructuraciones y se pulió como una líder del cambio -“leading change executive”, dice ella-. Cuando llegó el momento, no tuvo miedo de encarar su propia transformación y dejó la empresa.

Para decidirlo, primero listó sus deseos: un asentamiento definitivo para que sus hijos Lorena y Luca pudieran forjar amistades duraderas, cercanía física con su pareja –el broker de seguros argentino Fernando Cinalli- y un desafío laboral que la mantuviera encendida. Cuando la ecuación tomó forma en su cabeza, la propuesta para ingresar a la empresa estatal Aerolíneas Argentinas & Austral al tiempo que Mauricio Macri desembarcaba en la Casa Rosada fue la que le arrojó el mejor resultado.

-Fue uno de los principales quiebres de mi vida. Implicaba decirle chau a General Motors, una empresa que amé, que supo desafiarme y que me dio todo lo que soy como profesional.

La salida repentina de la aerolínea once meses después de su llegada, decidida unilateralmente por el Gobierno, la dejó -a ella, que siempre había respondido por encima de las expectativas y perseguido cada uno a uno sus objetivos hasta someterlo definitivamente- con un proyecto trunco y cierta incertidumbre.

-¿Qué hizo en esos cinco meses entre su salida de Aerolíneas Argentinas y su entrada a GST?

Algo en ella se desinfla. Mira para abajo.

-Uy, es una muy buena pregunta, ehh…

Chasquea la lengua, duda.

-Lo que voy a decir no es una crítica, no es para que nadie tenga pena, es simplemente lo que yo viví: para mí fue como entrar en terapia intensiva, fueron cinco meses de pensar mucho qué iba a hacer con mi vida.

Días mas tarde Costantini volverá sobre esa pregunta y pedirá, espontáneamente, agregarle algunos elementos.

-Me acordé que yo en realidad en esos meses, que no fueron muchos porque en este grupo financiero arraqué en mayo… Volví de vacaciones y ahí nomás arranqué un proyecto con Eduardo Elsztain y también empecé a ayudarlo a Eduardo Novillo Astrada, que apuntaba como nuevo presidente de la Asociación Argentina de Polo. Escribí mi libro y también resolví un montón de pendientes personales. Así que cuando lo pongo bajo perspectiva, obviamente al salir del torbellino de estar en una empresa con agenda tuve el tiempo mucho más libre y me sentí a veces como perdida, pero por el otro lado hice muchísimas cosas.

 

Cuando tiene tiempo y, sobre todo, preocupaciones que descargar, Isela Costantini corre.

-Cuando empiezo a correr tengo en la cabeza un montón de palabras, ideas, gente que me habla, y a medida que avanzo van desapareciendo. Cuando termino los 10 kilómetros, es como que tengo la mente en blanco.

Corre por la calle, una o dos veces a la semana, casi siempre sola.

-Lo bueno es que a pesar de que no corro con la frecuencia que quisiera sigo con buenos tiempos.

La velocidad de sus piernas es equiparable a la de su cabeza. Según sus colegas, es rápida, perspicaz, asertiva, y es tan difícil seguirla que hay veces en que se sienten frustrados, arrasados por su ritmo.

-Al principio yo no escuchaba a nadie. Decía “Bueno, hago de cuenta que escucho, pero no estoy escuchando, estoy pensando en todo lo que tengo que hacer”. Hoy se me hizo natural prestar más atención a las personas de mi equipo, delimitando previamente cuánto tiempo dedico a escucharlos.

¿Cuánto de lo que ocurre en su vida está organizado en su agenda?

-Todo.

¿Incluso el tiempo que le dedica a su familia y amigos?

-Sí, dejo el espacio.

El “método Isela” consiste en anotar todos los asuntos pendientes y estimar con horas y minutos cuánto le insumirá cada cosa, con el objetivo de prever exactamente cuándo estará resuelta. Su libro Un líder en vos (Sudamericana) es, en definitiva, un producto de esa técnica.

-El libro había que entregarlo a principios de agosto y era la tercera semana de julio y yo había escrito sólo tres capítulos. Entonces me senté con mi editora y le dije: “Veamos. Para hacer esta parte necesito 30 minutos, para escribir esto necesito una hora, para escribir esto son cuatro horas, este otro capítulo va a ser más largo de lo que me imaginaba, van a ser siete horas…”. Entonces hice el cálculo: “Necesito 27 horas y media para terminar de escribir el libro”. Teníamos un fin de semana largo por delante así que calculé cuánto podía escribir por día y le dije: “Mirá, si el martes no te mandé todo, no hay libro”.

La mujer se acomoda en la silla, mira su foto impresa en la cubierta del volumen que descansa sobre la mesa. Repite esa sonrisa.

-Acá está.

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