Más parecida a la Guerra Fría que a la Gran Depresión

Más allá de las amenazas entre Washington y Pekín, la guerra comercial se limita al relato (salvo que haya algún error no forzado)

Después de un mes de respiro, volvió el rojo comercial con Brasil

 

Por Ramiro Albrieu Economista e investigador del CEDES

 

El cambio de guardia en el liderazgo global está generando nuevas tensiones. El reciente foco de conflicto entre Estados Unidos y China se da en la esfera del comercio internacional y la escalada ha llegado a tal punto que para muchos remite a una nueva guerra comercial, como aquella que HACE casi nueva décadas hizo que una crisis financiera se transformara en un largo período de autarquía y bajo crecimiento.

 

Para entender qué está en juego, aportamos tres elementos. Los tres apoyan una misma hipótesis: que la guerra cambiaria se limita al relato y que más allá de las amenazas de un lado y del otro, lo que está ocurriendo se parece más a episodios de la Guerra Fría que a la Gran Depresión.

 

El primero, los datos. No hay evidencia de que el comercio internacional se esté contrayendo, como sí pasó –y en forma estrepitosa– luego de la crisis de 1929. Si uno fuese a dibujar la espiral de Kindleberger para los últimos dos años, en lugar de contracción uno observaría expansión. De hecho el nivel de exportaciones se encuentra en niveles máximos desde mediados de 2014 hasta la fecha. En cantidades se observa algo similar: luego de un relativo estancamiento en 2015 y la primera mitad de 2016, el volumen de comercio internacional creció a tasas aceleradas.

 

Segundo, los incentivos. A nadie le conviene entrar a un escenario global de autarquía comercial. La reciente recuperación de la economía global se apoyó decididamente en la expansión del comercio y ello ha sido cierto no sólo para Asia, para Europa y para los países ricos en recursos naturales, sino también para los Estados Unidos. En este último, la dinámica de crecimiento de corto plazo ha sido muy beneficiosa para las clases medias que habían cedido terreno relativo en los últimos años: el ingreso mediano se expandió por encima del PIB y la tasa de desempleo se encuentra en mínimos históricos. En el mundo actual, donde el proceso productivo es fragmentado y global, una imposición efectiva sobre insumos clave –como el acero– encarece automáticamente el consumo final en todos los países, afectando negativamente a la base política de Donald Trump.

 

Tercero, que la hipótesis de la Guerra Fría es muy útil para el país que está tomando el mando global. Por un lado, la construcción de un relato de confrontación con potencias en declive opera en China como un factor de cohesión interna en momentos que se esperaba que el rebalanceo de la economía tuviera como ingrediente un movimiento hacia un esquema más democrático. Por otro lado, es posible que se dé un viraje que hace un par de años era impensado: la posibilidad de que China asuma el liderazgo global a través de las instituciones multilaterales, y no por fuera, como venía ocurriendo. En este caso, Xi Jinping puede mostrarse internamente como un factor de cohesión frente a la amenaza externa, y al mismo tiempo aparecer en la escena internacional como un garante de la globalización y las instituciones de coordinación.

 

¿Qué puede invalidar este análisis? Varios factores, pero hay uno que no debe desestimarse en este contexto: los errores no forzados. Ahí sí que entraríamos en terra incognita.

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