¿Dónde quedó Mao?

Las expectativas occidentales de que la apertura e inserción económica mundial del Gigante asiático –junto a la institucionalización de la sucesión en el poder– conllevarían reformas políticas democratizadoras que no han resultado corroboradas

 

Por Eduardo R. Ablin Embajador (*)

 

Hacia 2014, dialogando con un amigo, elaborado politólogo, mencioné al pasar “el retorno del maoísmo a China”, recibiendo una mirada de perplejidad, propia de un lapsus. Desde marzo último, cuando el Comité Central del Partido Comunista de China (PCC) y la Asamblea del Pueblo adoptaron la reforma constitucional que permitirá al presidente Xi Jinping una reelección indefinida, derogando el límite de dos mandatos legado por Deng Xiao Ping, es probable que mi comentario casual resulte más coherente a mi amigo.

 

¿Qué motiva esta ruptura con la tradición política posterior a Deng, y qué correlación guarda con los desafíos que enfrenta la República Popular China (RPC)? Los logros de China desde los ‘80 son muy bien conocidos, y no parecen preverse retrocesos ante el éxito del “capitalismo con características chinas”, o del “socialismo con características chinas” –como el régimen prefiere definirlo– que llevó a un enorme país pobre a convertirse en una sociedad industrial con crecientes ingresos.

 

No obstante, las expectativas occidentales de que la apertura e inserción económica mundial -junto a la institucionalización de la sucesión en el poder- conllevarían reformas políticas democratizadoras no han resultado corroboradas.

 

No cabe desconocer que la RPC logró que 300 millones de campesinos salieran de la pobreza –en su mayoría al integrarlos a la actividad manufacturera urbana, cuyos ingresos eran 2,5 veces superiores– aunque aún requiere desplazar otros tantos para consolidar una clase media que permita reducir las profundas diferencias de ingresos entre la próspera costa oriental y el resto del país. Esta tarea, aún pendiente, es enfatizada por el Presidente Xi cuando plantea que superar un desarrollo “inadecuado y desbalanceado” constituye la “contradicción principal de China en el Siglo XXI”. Cuestión difícil mientras subsista la “Gran Muralla Invisible” constituida por el registro de residencia o “hukou”, que impide la libre radicación de sus ciudadanos.

 

Al respecto, parece existir consenso en la conducción del PCC respecto de los requisitos para alcanzar una sociedad próspera: a) superar la etapa de economía manufacturera, a la búsqueda del predominio de los servicios; b) reducir la sobreproducción descontrolada y sus conflictivos efectos internacionales; c) avanzar hacia el desarrollo de alta tecnología propia, enmarcada en el programa industrial “China 2025”, encarado como respuesta a sus crecientes costos laborales que ya exceden los de la región, lo que exige el paso a sectores productivos más sofisticados para mantener sus ventajas competitivas; d) reducir la dependencia del sector exportador fortaleciendo el mercado interno, de forma de minimizar los reclamos de las contrapartes comerciales; e) convalidar la propiedad empresaria en manos efectivamente privadas, de manera de independizar las políticas públicas de las presiones de las empresas estatales; f) reconvertir los excedentes de la población rural en urbana, permitiendo recrear una producción agropecuaria a escala competitiva, y g) establecer un nuevo modelo de interconexión comercial y estratégica que permita ubicar a China en el eje mundial, liderando proyectos como el “One Belt, One Road” (o “Nueva Ruta de la Seda”). En este sentido, la Asamblea del Pueblo incrementó el presupuesto militar en 8% hasta US$ 142.000 millones, o casi 2% de su PIB, proporción que aunque inferior al 3,3% de los EE.UU. acontece en un entorno crecientemente conflictivo en que la RPC mantiene disputas territoriales con al menos seis vecinos en el Mar de la China, generando una percepción amenazante en la región, anticipo de una potencial confrontación futura por la primacía de EE.UU. en el Pacífico.

 

El debate presente parece girar, entonces, más en torno de la implementación que de las metas programadas, por lo que la severa campaña anticorrupción exhumada por Xi Jinping del manual maoísta pretende justificarse por la necesidad de revitalizar la credibilidad del PCC, de forma de contar con la fortaleza necesaria para liderar la transformación en ciernes. Así, aunque la potencial continuidad de Xi Jinping en el poder coarte las expectativas de mayor liberalización interna, tiende a preservar al proyecto planteado de un eventual fracaso, con el consiguiente peligro de una nueva fase de inestabilidad.

 

A ello apunta como reaseguro la incorporación a nivel constitucional de su filosofía política como “pensamiento de Xi Jinping”, equiparándolo al de Mao. La elección como vicepresidente de Wang Qishan, ex jefe de la poderosa “Comisión Central de Disciplina e Inspección” del PCC, garantiza la presencia de un líder eficiente y leal a Xi Jinping, quien en 2013 le encomendó la depuración de la burocracia que obstaculizara la transición, siendo un millón y medio de funcionarios –el mayor número desde la época de Mao– sometidos al “shuanggui”, sistema disciplinario interno del Partido. Según dicha práctica los encausados pueden quedar incomunicados o desaparecer largo tiempo, hasta que se hace pública su confesión, ya expulsados del Partido.

 

Durante el proceso de reformas la RPC supo siempre aprovechar los instrumentos propios del sistema multilateral que le garantizaron reglas estables para su inserción económica mundial. Su nuevo objetivo “de ocupar un lugar en el mundo” conlleva un impetuoso avance que la hace topar inevitablemente con EE.UU. así como la Unión Europea (UE). El Gobierno de Trump ha lanzado una primera ofensiva comercial intentando reducir su déficit bilateral, al mismo tiempo que penalizar a la RPC por sus prácticas en materia de propiedad intelectual y bloquear su nuevo programa industrial de alta tecnología. Atenuar el déficit bilateral resultará eventualmente complejo de no mediar un acuerdo, ya que refleja desbalances de ahorro e inversión que podrían verse agravados por la reforma tributaria del Gobierno de Trump, al reducirse el ahorro doméstico e incrementarse el déficit público y de cuenta corriente en EE.UU. También muchos líderes europeos temen al enorme flujo de inversiones chinas hacia Europa Central y los Balcanes, visualizado como un intento por dividir a la UE con el objeto de imponer un modelo propio de orden global.

 

¿Podrá Xi Jinping perdurar en el poder con carácter vitalicio, conduciendo a la RPC hacia una nueva era? La imagen de Mao, por su parte, quedó relegada a los billetes emitidos por el Banco del Pueblo, íconos del capitalismo.

 

(*) Las opiniones vertidas son de exclusiva responsabilidad del autor y no comprometen a la institución en la cual se desempeña.

 

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