Brasil pospopulista

El encarcelamiento de Lula da cierto margen de esperanza para los partidos de centroderecha con miras a las elecciones presidenciales de 2018

 

Por Héctor Rubini Instituto de Investigación en Ciencias Económicas de la USAL

 

Lula ya está en la cárcel y no fueron pocas las sonrisas durante este fin de semana. No sólo las de la conducción del multimedio O Globo y la revista Veja, enfrentados durante años con el líder del Partido de los Trabajadores (PT), sino buena parte del arco político, incluido el ex presidente Fernando Collor de Melo. Paradójicamente, en septiembre de 1992, Lula se sumó a los líderes políticos y empresarios de Brasil para presentar el pedido de juicio político a Collor quien, finalmente, cayó por cargos de corrupción. Un cuarto de siglo después, Lula termina en prisión, y por corrupción, en las investigaciones todavía no concluidas sobre las maniobras del grupo Odebrecht en Brasil y en el resto de América Latina.

 

No se descartan más pedidos de hábeas corpus para su liberación, o acciones de sus abogados para reducir su condena de doce años y un mes de prisión. Pero también es cierto que el líder del PT está acusado en otras cuatro causas en su contra, que siguen avanzando. Su suerte futura está ahora en manos de sus abogados y de las cortes brasileñas.

 

La detención de Lula da cierto margen de esperanza para los partidos de centroderecha con miras a las elecciones presidenciales de 2018. En las encuestas de la agencia Datafolha encabezaba la intención de voto con 36%, y ahora el PT ve desmoronarse sus aspiraciones de volver al poder. El próximo 20 de julio los partidos deberán realizar las convenciones para definir sus candidatos y el 16 de agosto comienza el período de publicidad electoral hasta el 30 de septiembre. Las elecciones se harán el 7 de octubre y de haber balotaje éste, se realizará el 28 de octubre. La ley electoral exige que para que cada partido reciba fondos del Estado y acceda a espacios publicitarios gratuitos en radio y televisión y debates televisivos, deberá superar el “piso” de 1,5% de los votos en nueve estados.

 

La oferta electoral aparece bastante disgregada y con candidatos que deberán cerrar alianzas y esforzarse en poco más de cinco meses para captar votantes. Ninguno tiene fuerza propia para acercarse siquiera a la aprobación de Lula en las encuestas. Su “heredero natural” parecía ser o bien el paulista Fernando Haddad, o el bahiense Jacques Wagner, pero poco antes de su detención, el líder del PT elogió y presentó como sus sucesores al socialista Guilherme Castro y a la comunista Manuela D’Avila, ambos con consignas de izquierda extremistas y poco conocidos en el país.

 

Si el PT no quiere sufrir una catástrofe electoral, parecería razonable esperar que opte por la candidatura de Ciro Gomes, ex gobernador de Ceará y ex ministro de Lula e Itamar Franco. El nordestino asoma como el más adecuado para sumar electores de centroizquierda de una buena cantidad de estados, y polarizar con el diputado populista Jair Bolsonaro. Las encuestas lo presentan a este último con buenas posibilidades de resultar primero o segundo en la primera vuelta. No es ese el caso del socialdemócrata Geraldo Alckmin. Este último, gobernador de San Pablo, está bajo sospecha de haber recibido coimas de Odebrecht por 10 millones de reales y su partido (PSDB) quedó bastante golpeado luego de la “caída” de Aecio Neves en las investigaciones judiciales por corrupción.

 

Aun así, no será fácil para Bolsonaro lograr cierta migración de votos desde la social democracia, y está obligado a sumar otras franjas de votantes, ya que encabeza un partido (el Social Liberal) de muy bajo caudal de votos en los últimos comicios, y con poco espacio de publicidad gratuita en radio y televisión. Algo similar se le presenta al resto de los candidatos, algunos con altos índices de rechazo en las encuestas, y otros muy poco conocidos por el electorado: Marina Silva, Fernando Collor de Melo, el ex ministro de Hacienda de Henrique Meirelles, el ex titular del Banco de Desarrollo Económico y Social, Paulo Rabello de Castro, el empresario Flávio Rocha, el líder del Movimiento de los Trabajadores sin Techo, Guilherme Boulos, el ex banquero José Amoedo, el presidente de la Cámara de Diputados, Rodrigo Maia, el senador Alvaro Dias, la diputada estadual, de Rio Grande do Sul, Manuela D’Ávila, y el ex presidente del Tribunal Federal Supremo, Joaquim Barbosa, más conocido por su carácter explosivo que por sus ideas políticas.

 

El escenario electoral parecería conducir a un balotaje, después de una primera vuelta a la que llegan candidatos conocidos, pero con alto nivel de rechazo, o poco y nada conocidos ni tampoco previsibles. En general pareciera encaminarse a un ballotage entre Gomes y Bolsonaro, pero todavía es prematuro pensar en ese escenario como el único posible. Mientras tanto, las actuaciones judiciales continúan su avance, no descartándose la detención de otras figuras políticas. Algo que suma creciente inquietud para varios miembros de la actual administración que perderán sus fueros cuando Michel Temer entregue el mando en enero de 2019.

 

Mientras tanto, aun cuando los mercados habían recibido positivamente la inminente prisión de Lula y la caída de su candidatura presidencial, el resultado de las elecciones de octubre luce incierto. El humor de los electores no es el mejor, y como se observa en los últimos meses, parece exigir un futuro gobierno no salpicado de corrupción, y que dé respuesta a los principales problemas para los cuales la actual administración no ha mostrado progresos: la inseguridad física, la desocupación, el sistema de salud pública, y la calidad de la educación.

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