América Latina: ideología, dinero sucio y democracia

Tres de las cuatro mayores economías de la región eligen presidente en un marco de creciente polarización ideológica, denuncias de corrupción y desencanto democrático

 

Por Nicolás Solari

 

América Latina transita un año políticamente crucial para su futuro: tres de las cuatro mayores economías de la región eligen presidente en un marco de creciente polarización ideológica, denuncias de corrupción y desencanto democrático.

 

Pese a las innegables particularidades que tiñen cada rincón del continente, es posible identificar un patrón general que marca el contexto en el que se desarrolla el juego político electoral de este año. En primer lugar, se registra a lo largo y ancho de la región un progresivo desencanto con el ideal democrático. La última encuesta de la Corporación Latinobarómetro consigna la quinta caída consecutiva en el nivel de satisfacción democrática de la ciudadanía. En promedio, apenas 30% de los habitantes de la región dicen estar satisfechos con el funcionamiento de la democracia, guarismo que cae a 18% en México, 17% en Colombia y a apenas 13% en Brasil.

 

El desencanto democrático tiene mucho que ver con el fracaso del Estado latinoamericano en proveer bienes públicos de calidad. La seguridad, la salud, la educación, el empleo, los sistemas de seguridad social y, por sobre todo, la administración de Justicia muestran enormes déficits que redundan en la erosión del ideal democrático y la deslegitimación de sus élites. Al respecto, los escándalos de corrupción que se propagan por la geografía latinoamericana son un síntoma meridiano de la endeblez de su dirigencia política frente al avance de las investigaciones de corrupción que aprovechan la creciente bancarización de las transacciones financieras y la democratización de las redes sociales como medio de emisión, multiplicación y recepción de denuncias.

 

 

El dinero sucio se ha transformado en una mancha indeleble de la política latinoamericana. El caso Odebrecht es el más emblemático por su ramificación en diferentes países y niveles de gobierno, pero hay decenas de casos en distintas etapas de desarrollo. En Perú, el presidente Pedro O. Kuczynski renunció asediado por una combinación que incluyó dádivas, denuncias, cámaras ocultas y presión popular. En Brasil, el que fuera el presidente más popular del continente, fue sentenciado a doce años de prisión en un amplia investigación judicial –Lava Jato– que salpica desde el presidente Temer hasta el último de los miembros del Congreso. En México, el presidente Enrique Peña Nieto transita un deslucido final de mandato asediado por las denuncias de corrupción contra su esposa y círculo íntimo. En Colombia, el presidente Juan M. Santos -pese a ser galardonado con el premio Nobel de la Paz en 2016- se halla confinado a ser un actor de reparto en su propia sucesión. Las denuncias de corrupción caen con la misma fuerza sobre su gabinete que sobre los partidos tradicionales de Colombia. La tónica no varía en el resto de los países latinoamericanos: bienes públicos insuficientes y de escasa calidad, élites sospechadas y desencanto democrático componen el tóxico ambiente político de la región.

 

Este es el caldo de cultivo que alimenta la polarización política latinoamericana. La tantas veces anunciada muerte de las ideologías se demora y revierte. Frente a las desgastadas elites democráticas surgen liderazgos emergentes que canalizan el desencanto popular. La izquierda encuentra un inesperado impulso allí donde no ha estado vinculada al poder. El ex guerrillero Gustavo Petro muestra una innovadora coalición social que lo ubica con chances de entrar en la segunda vuelta presidencial, toda una novedad para la conservadora sociedad colombiana. En México, el polémico Manuel López Obrador lidera cómodamente todas las encuestas y amenaza con virar a la izquierda el rumbo del principal socio de los Estados Unidos. En Brasil, el caso parece estar invertido. El Partido de los Trabajadores que gobernó el país con Lula da Silva y Dilma Rousseff deambula sin rumbo al igual que el resto de la dirigencia. De un escenario de altísima imprevisibilidad se beneficia el ex militar Jair Bolsonaro, quien con un discurso nacional y populista acrecienta sus chances en la carrera a la presidencia. La emergencia de los nuevos liderazgos latinoamericanos plantea un desafío mayúsculo para las democracias de la región, en tanto que impugnan los procesos y actores tradicionales del juego democrático basándose en hechos objetivos: el fracaso del Estado en la provisión de bienes públicos y el ilegitimo enriquecimiento de los dirigentes políticos a costa del Estado. El resultado de estos procesos desborda los tradicionales sistemas de partidos, exacerba las diferencias ideológicas y traslada la tensión resultante más allá del escenario político. Se produce así la mentada fractura social que caracteriza cada vez más la actualidad de los países latinoamericanos.

 

El desenlace de las elecciones del Brasil, México y Colombia dará un indicio claro de hacia donde se mueve la región. Dos indicadores serán centrales para la elaboración de dicho diagnóstico.

 

  • El éxito o fracaso de las nuevas formas de liderazgos emergentes.
  • El comportamiento de dichos liderazgos en caso de alcanzar el poder.

 

Una vez despejados esos interrogantes será posible establecer si la polarización ideológica en ciernes es un fenómeno pasajero en el siempre dinámico escenario latinoamericano o si por el contrario pasará a formar parte –junto con la corrupción política y la ineficiencia estatal– del menú de problemas estables de la región.

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