103º aniversario del genocidio de los armenios

Mañana se cumplen 103 años de una de las páginas más trágicas de la historia del pueblo armenio y de la historia de la humanidad

 

Por Sergio Nahabetian

 

El 24 de abril se cumplen 103 años de una de las páginas más trágicas de la historia del pueblo armenio y de la historia de la humanidad. En el marco de la Primera Guerra Mundial, el Gobierno de los Jóvenes Turcos, en un imperio otomano decadente, ideó, planificó y ejecutó un plan sistemático para aniquilar a la población armenia que vivía en sus territorios ancestrales desde hacía cientos de años.

 

La “solución final” a la “cuestión armenia” terminó con la vida de 1.500.000 armenios, a manos de un Gobierno que utilizó todas las formas posibles e inimaginables de tortura y violencia contra sus ciudadanos de origen armenio. Estos no solo fueron sacados de sus casas a punta de arma, sino que se los arrojó al desierto bajo la excusa de reinstalarlos en un lugar más seguro y se los despojó de todas sus pertenencias y propiedades, que fueron saqueadas y ocupadas –en el mejor de los casos–o destruidas.

 

Si bien ya había antecedentes de matanzas de armenios desde fines del Siglo XIX, la “solución final” como política de Estado comenzó el 24 de abril de 1915 cuando el Gobierno, con la excusa del servicio a la patria en el Ejército turco, reclutó a todos los intelectuales, políticos, religiosos, comerciantes, y personas de influencia de origen armenio para asesinarlos despiadadamente, con el propósito de decapitar la cúpula de la minoría étnica armenia y dejar al resto de la población inerme e indefensa a merced de su proyecto de aniquilación total.

 

Esa población indefensa, compuesta por mujeres y niños, fue condenada a la muerte en el desierto, donde antes de eso fueron objeto de todo tipo de vejámenes, torturas y violaciones. El río teñido de sangre acompañó su paso hasta la muerte segura. Hoy sus restos, insepultos, aún pueden verse en el desierto de Der-Zor, con solo rasgar un poco la tierra. La Iglesia Apostólica Armenia –una iglesia nacional que reúne a más del 90% de los armenios en el mundo– les dio justa sepultura canonizándolos de manera colectiva como los Santos Mártires en una ceremonia única e histórica que tuvo lugar en la Santa Sede de Echmiadzín en el centenario del genocidio de armenios en 2015.

 

Los pocos armenios que lograron sobrevivir a las caravanas del desierto, huyeron de Turquía dejando todas sus pertenencias, que no los sobrevivieron.

 

Bajo la figura de lo que hoy se conoce como “genocidio cultural” el acervo cultural armenio fue sistemáticamente destruido también como política de Estado, con el propósito de borrar todo vestigio de la presencia armenia en esos territorios. Sin embargo, en el interior de Turquía, las milenarias iglesias armenias convertidas en establos –o con suerte en centros culturales o mercados– y los restos de muchas de otras, derruidas y abandonadas, junto a sus símbolos de fe, la cruz, ornamentos e inscripciones en su idioma son el testigo más acabado de que los armenios formaban parte de una sociedad organizada y laboriosa que contribuía al desarrollo del país.

 

La situación hoy

 

A pesar del tiempo transcurrido y pese a las evidencias que existen en su propio territorio, en archivos de El Vaticano, Alemania, Estados Unidos, Francia, Inglaterra y en diversas partes del mundo, Turquía aún niega el genocidio armenio. Reconoce que hubo muertes, sin estimar el número, pero las justifica dentro del contexto de la Primera Guerra Mundial. No conforme con ello, la Turquía de hoy –que dice no ser responsable de su pasado– ha borrado toda referencia al genocidio en sus libros de historia, distorsionándola y reescribiéndola a su antojo. Además, ha emprendido una suerte de cacería contra todo intelectual, periodista o investigador que hable del genocidio de armenios, condenándolos a prisión, amparándose en el controvertido artículo 301 del Código Civil (cuestionado por la Unión Europea, de la que pretende ser parte) que impone penas de prisión a quienes “ofendan la identidad turca”.

 

Hay varios ejemplos de ello, porque muchos intelectuales, profesionales e investigadores turcos han comenzado a cuestionarse sobre qué bases se ha fundado la actual identidad turca y han hurgado en la historia de su país en busca de una respuesta. ¿El resultado?: son perseguidos, acusados y enviados a prisión. Muchos de ellos han debido exilarse en el extranjero a fin de evitarlo.

 

Mientras eso sucede en Turquía, en todo el mundo, los armenios que conforman una diáspora de cerca de 8.000.000 de personas, se reúnen cada 24 de abril para honrar la memoria de sus santos mártires. Lo hacen con orgullo y reclamando justicia, reconocimiento y reparación al Estado turco. Recuerdan para que nunca más se repitan actos genocidas en ninguna parte del mundo.

 

En esa lucha, los armenios no están solos. Los acompañan los gobiernos de más de treinta países del mundo que han reconocido el genocidio de armenios. La Argentina es uno de esos países, que reconoció este delito de lesa humanidad con varias leyes provinciales y la ley nacional 26.199 del año 2007.

 

La activa comunidad armenia de Argentina, conformada hasta por una cuarta generación de argentinos descendientes de refugiados armenios, ha organizado una serie de actos de recordación. En primer lugar, una misa y acto que tendrá lugar el 24 de abril a las 16.30 en la Catedral San Gregorio El Iluminador, Armenia 1353, C.A.B.A.; una marcha organizada por las Juventudes Armenias, que partirá a las 19, desde la Facultad de Derecho hasta la residencia de la embajadora de Turquía y varios actos culturales como la presentación de una muestra fotográfica en la Legislatura porteña y una exposición e instalación realizada por artistas plásticos armenios en el museo MAR de Mar del Plata. Se replican actos similares en Rosario y Córdoba.

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One Comment

  • carlos esayan dice:

    Excelente nota Sergio , refleja claramente la dura historia de nuestros antepasados y el esfuerzo que los Armenios hacemos para que se reconozca nuestra causa.Es sumamene esclarecedora. Un fuerte abrazo

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