Una sugestiva provocación

Varios hechos inducen a repreguntar si Argentina tiene los equipos, el entendimiento, la brújula y la necesaria cultura sistémica para definir con éxito sus desafíos de política comercial

 

Por Jorge Riaboi Diplomático y periodista

 

Varios hechos inducen a preguntarnos si Argentina tiene los equipos, el entendimiento, la brújula y la necesaria cultura sistémica para definir con éxito sus desafíos de política comercial. O si le resulta indiferente aterrizar sin gran análisis sobre el complejo mercado global, sólo para alegar que el país cubre una amplia porción del planeta con acuerdos preferenciales, los que serán difíciles de aprovechar mientras dure la falta de competitividad.

 

Noventa días después de la Conferencia Ministerial de Buenos Aires, también es posible comprobar que aún no existen atajos fáciles para ajustar las reglas, mecanismos de decisión y negociaciones de la OMC al objetivo  de concretar, con la velocidad necesaria, los acuerdos que hagan mover el amperímetro de la economía, la tecnología, el medio ambiente y las demandas sociales. Los líderes de las naciones desarrolladas tienen otras prioridades. Concentran su energía en armar una estrategia eficiente y legal para frenar los desbordes asiáticos, lo que hasta ahora no consiguieron. Donald Trump no ayuda mucho cuando dispone, en forma unilateral y antojadiza, el aumento de los aranceles a la importación del acero, el aluminio, los lavarropas, los paneles solares y el biodiésel. Europa tampoco al cocinar restricciones ajenas al saber agrocientífico para proteger su sector agrícola.

 

Esos y otros centros de poder creen que las reglas de la OMC carecen de músculo para resolver conflictos liminares como el status legal y los tortuosos canales operativos de la economía de china, ahora sujetos a litigio formal. A fines de febrero, hubo indicios de que las naciones de la OCDE no descartan la posibilidad de pedir la eliminación del trato especial y diferenciado en favor de los países en desarrollo, donde militan naciones del calibre de China, Corea del Sur y Singapur. La OMC no saldrá de semejante polvorín si se empeña en hacer suyo un debate colateral sobre  la pobreza y el desarrollo, en lugar de dedicarse a evaluar la capacidad de competir de cada uno de sus miembros.

 

En estas horas, la mayoría de los países de la OCDE demandan reformas que menoscaban de hecho el multilateralismo y concentran buena parte de sus negociaciones en acuerdos regionales y bilaterales, sin negar paralelo interés por los acuerdos sectoriales dentro de la OMC, si éstos son flexibles, inclusivos, transparentes y tal cosa les permite recuperar la condición de “ganadores”. Repasemos algunas de estas genialidades.

 

El pasado 28 de febrero varios de los antedichos trazos estuvieron presentes en un debate realizado en el Instituto de Graduados del Centro de Comercio e Integración de Ginebra. Tal diálogo contó con el patrocinio del Gobierno de Bélgica (país sede de la Unión Europea) y se hizo para discutir cómo están las cosas tras el fracaso de la Conferencia Ministerial de Buenos Aires. El panel convocó a los jefes de misión de la Unión Europea, Estados Unidos, China y Benín, así como al director general de la OMC, embajador Roberto Azevedo más directivos de la UNCTAD y del Centro de Comercio Internacional. La ponencia básica, autocalificada con modestia de provocadora, estuvo a cargo del profesor de economía Bernard Hoeckman de la Universidad de Florencia y moderó Patrick Low quién fuera director de la División Economía y Estadística de la OMC.

 

Además de proponer el fin del trato especial y diferenciado, Hoeckman reiteró la conocida tesis de que la OMC debe orientarse a negociar acuerdos plurilaterales, de carácter sectorial, como mecanismo para retomar la negociación de los temas sueltos (tipo la economía digital). Al hacerlo reconoció que los asuntos transversales (por ejemplo la eliminación de subsidios generales y específicos), no suelen tratarse con efecto global en los acuerdos regionales de integración, lo que es un comentario valioso con erróneo fundamento. En el texto del referencial Acuerdo Transpacífico, al que Washington renunció hace un año y ahora quiere volver con la frente marchita, se disponía la prohibición de usar subsidios a la exportación agrícola en el marco del intercambio entre sus Miembros. Lo mismo sucede con la mayor parte de los acuerdos significativos (el de la Unión Europea y el del Mercosur entre ellos). Esa realidad plantea, a nuestro juicio, un  paradójico escenario: si realmente se profundiza la liberalización sectorial del comercio y se llega a desmantelar el trato especial y diferenciado para los PED’s, sin eliminar los subsidios en forma horizontal, sólo quedaría trato privilegiado para el comercio de las naciones desarrolladas y de otros importantes usuarios de ayudas estatales (por ejemplo la ex Cuadrilateral y Brasil).

 

Otra de las sugerencias que trajo Hoeckman, es la necesidad de  ampliar las normas de la OMC sobre regulaciones técnicas, lo que algunos calificamos como proteccionismo regulatorio, y las referidas al costo de competir, aportes dignos de ser registrados. En cambio resulta difícil aceptar la idea de negociar esos temas en pequeños grupos especializados, bajo el fundamento de que ello permitiría sesionar en forma productiva sin vulnerar los intereses de los países que no participen en el debate, en tanto el ejercicio no afectaría el tratamiento arancelario. Ese comentario resulta exageradamente tonto. ¿Desde cuándo el tenor de las reglas del proteccionismo regulatorio no afecta el acceso a los mercados y dejó de ser un polo neurálgico de las actuales conflictos de política comercial?. ¿Por qué privar de la educación incremental a toda la Membresía de la OMC que no forme parte de los trabajos sobre regulación, dejando que vea y escuche por Skype la porción de nueva sabiduría que casi nunca llega a la academia o a los gobiernos del planeta?

 

Adicionalmente, es buena la  idea de crear en la OMC mecanismos periódicos de autoevaluación, ítem que a mi juicio podría incluirse en algún capítulo del Mecanismo de Revisión de Políticas Comerciales (TPR en inglés), algo que sería extensible a la noción de verificar las futuras reglas sobre transparencia e inclusión. Pero Hoeckman omitió un condimento central: no hizo comentario alguno sobre las tres premisas de la doctrina Trump, las que por casualidad son objetivos permanentes del sistema GATT-OMC desde 1947 (el equilibrio comercial, la reciprocidad y el comercio justo).

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