Regresa la Historia

China será económicamente poderosa, pero políticamente endeble bajo las reglas de un solo hombre

 

Por Sergio Cesarin Coordinador del Centro de Estudios sobre Asia del Pacífico e India en UNTREf-CONICET

 

“El poder se ha globalizado, pero las políticas son tan locales como antes. La política tiene las manos cortadas. La gente ya no cree en el sistema democrático porque no cumple sus promesas. Es lo que está poniendo de manifiesto, por ejemplo, la crisis de la migración. El fenómeno es global, pero actuamos en términos parroquianos. Las instituciones democráticas no fueron diseñadas para manejar situaciones de interdependencia. La crisis contemporánea de la democracia es una crisis de las instituciones democráticas”

-Zygmunt Bauman

 

Los acontecimientos políticos en China durante los últimos días invitan a reflexionar sobre tendencias profundas que definen continuidades entre su pasado imperial, presente y futuro. El actual y futuro devenir de la reemergente China no puede ser evaluado sin establecer nexos conceptuales anclados en esta tríada temporoespacial útil para explicar el porqué de los sucesos.

 

Según muestran las curvas de Angus Maddison, China fue la primera economía del mundo hasta mediados del Siglo XIX, con el 35% del PIB mundial en 1790 y, según datos de 2016, hoy alcanza el 14% y, de cumplirse la utopía del “sueño chino” definida por el presidente Xi Jinping, alcanzaría el 20% en 2050 (Price Waterhouse) superando a Estados Unidos.

 

La exitosa China del Siglo XIX fue edificada sobre una arquitectura política centralizada, burocráticamente eficiente, ideológicamente guiada. Un vital y desarrollado mercado interno evolucionaba sobre la base de conductas promercado en un entorno sociocultural apto y una cultura mercantil permeable a los intercambios con el “mundo exterior” (Gernet, J.: 1996). El dominio político y social de monarcas autócratas desde una autocomplaciente posición como “ordenadores universales” se autolegitimaba en la formalización de conductas mediante ritos y costumbres impuestos por el predominante confucianismo proveedor de armonía, y garantías de estabilidad del pacto gobernante-gobernados. Esta crujiente configuración abrió paso a un siglo de guerras internas, conflictos externos y una tragedia nacional recién resuelta en 1949, pero su inercia entronizó a Mao como eje de autoridad superior. A partir de entonces, la China de “un solo hombre” se batió consigo misma hasta fines de la década del ‘70 del Siglo XX.

 

Hoy China nos devuelve algunas de estas pretéritas imágenes. Retoma la senda del desarrollo (sostenido crecimiento del orden del 4,5–5% hasta el 2050), aspira a recuperar su lugar de primacía regional y global, entreteje redes comerciales mediante ambiciosos proyectos de infraestructura y conectividad como el OBOR (ayer, la Ruta de la Seda), rediseña instituciones globales y adquiere crecientes capacidades militares a fin de contener amenazas externas (U$S 175.000 millones en 2018, el segundo presupuesto militar del mundo). En el plano político interno reafirma prácticas arraigadas en su “cultura política”; prácticas que, en su mayoría, Deng Xiaoping consideró disfuncionales para el despliegue de una estrategia reformista. Las medidas sobre limitación de mandatos presidenciales impuesta a partir de 1982 y la obligada jubilación de cuadros políticos a los 68 años servirían así para obturar la repetición del caos maoísta, difuminar el poder en varios dirigentes, acotar tensiones típicas de luchas sucesorias, y atenuar pujas inter faccionales. Las reglas de alternancia (princelings y tuanpai) aportarían, además, un marco de predecibilidad interna y externa sobre continuidad de las reformas. La imposición de parámetros generales sobre “modernización política” limitada con apertura económica buscaba así garantizar metas sobre desarrollo y, mediante arreglos institucionales consensuados, eludir formas de ejercicio despótico del poder.

 

Sin embargo, la imagen que China nos muestra rompe con dichas premisas. Involución política (Willy Wo-Lap Lam: 2015) y lentas reformas económicas parecen definir la agenda trazada por el actual liderazgo chino. En este contexto, la confirmación de la entronización de Xi Jinping como presidente de por vida reflota la idea de un Gobierno centrado en una persona que, a durante la Historia china, ha dado muestras de generar exitosas respuestas tácticas seguidas por turbulentos períodos de luchas internas. La pretensión de lograr unanimidad decisoria eliminando el modelo de “liderazgo colectivo” y depositar en una sola persona las “preferencias del cielo” sugiere, hacia el futuro, la irresolución pacífica de tensiones políticas internas. Las purgas llevadas a cabo por delitos de corrupción dejan su huella y la afectación de intereses partidarios, burocráticos y empresariales (público-privados) ha desacelerado la implementación de reformas.

 

El cambio en las reglas institucionales es una derrota para los reformistas liberales: el acotamiento del poder del Premier, Li Keqiang, es el principal indicio. Y la confirmación como vicepresidente de Wang Qishan, mano derecha de Xi a cargo de la Comisión Central para la Disciplina (organismo que ha desplazado o encarcelado a más de un millón de funcionarios por cargos de corrupción), es un premio al endurecimiento de políticas sobre homogeneización ideológica y lealtad partidaria. La creación de una Comisión Nacional de Supervisión con el  argumento de luchar contra la corrupción ampliará, además, los poderes partidarios de cibercontrol sobre la sociedad.

 

Los cambios que China se autoimpone son un “signo de época”. Coinciden con el resurgimiento de “poderes autoritarios” (Azat, J.: 2007) a nivel internacional, la crisis del orden liberal de posguerra, el asedio a la democracia y sus instituciones, la degradación de su legitimidad resolutoria como régimen y el grotesco estilo de conducción personalizado en Donald Trump erosionan su apoyo y enlazan con simpatías hacia un estilo de “autoritarismo patriarcal” (Xi Dada o Papá Xi como se lo suele citar). No en vano el “modelo chino” de acumulación resulta atractivo para líderes políticos latinoamericanos por su personalismo, eficiencia resolutiva y capacidad de disciplinamiento social en contextos de creciente pluralidad de intereses y reinado de la netconomy.

 

En síntesis, los reflejos de la Historia quedan expuestos con nitidez 200 años después del inicio de un ciclo de oprobio y dominación colonial. Como en aquel entonces, China será económicamente poderosa pero políticamente endeble bajo las reglas de un solo hombre. Esperemos que la historia posterior, si se repite, no sea como tragedia.

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