El panorama comercial y las cuentas externas

La economía deberá transitar un período en el cual resulta clave mantener el acceso al financiamiento externo mientras llegan las inversiones que lleven a un aumento de las exportaciones y que permitan sortear las actuales restricciones

 

Por Ricardo Carciofi y Rosario Campos

 

En 2017, el saldo negativo del comercio de bienes ascendió a casi US$ 8.500 millones, en un contexto de estancamiento exportador, crecimiento de la actividad económica y apreciación del tipo de real multilateral. En 2018, surge la pregunta acerca de la viabilidad del sendero de déficit comercial y el de la cuenta corriente. En un trabajo que publicamos recientemente (“Argentina: El panorama comercial y las cuentas externas en 2017”) examinamos con detalle varios aspectos de la reciente evolución de las cuentas externas. Aquí siguen sus principales conclusiones.

 

  • Estancamiento exportador

 

En 2017 las exportaciones solo crecieron 0,9%. Las agroindustriales cayeron por menores ventas de los complejos oleaginoso y cerealero. Por un lado, los menores envíos del complejo sojero (poroto, aceite y pellets) se derivan de una reducción de la superficie sembrada en la campaña 2016/17 respecto de la anterior. Por otro lado, a pesar de la mayor siembra y producción de cereales en la campaña 2016/17 respecto de la anterior, la suba en las exportaciones de trigo fue compensada por la reducción de los envíos de maíz en 2017 respecto del año previo. En particular, los envíos de maíz durante el año experimentaron un retraso respecto de 2016, cuando se habían desacumulado stocks desde el inicio del año. En dirección inversa, en 2017 se destacaron las mayores exportaciones de manufacturas industriales, impulsadas por el dinamismo de material de transporte terrestre (vehículos automotores para transporte, principalmente de mercancías); metales comunes y sus manufacturas y piedras y metales preciosos. Los destinos que más contribuyeron al crecimiento de las manufacturas fueron los países del Mercosur (liderados por Brasil), del resto de Aladi y del Sica (países centroamericanos).

 

Con el foco puesto en 2018, las ventas externas agroindustriales se verán impactadas negativamente por el efecto de la sequía sobre la producción de soja y maíz. Las ventas externas de soja y derivados serán menores por la reducción de la producción (42 millones de toneladas en 2017/18 en comparación con 57,5 de la campaña anterior [1]), tanto por menores rendimientos como por una menor superficie sembrada. Si bien hubo un incremento en la superficie sembrada de maíz, se estima una reducción en la producción (34 millones de toneladas versus 39 en la campaña anterior), debido al impacto de la sequía. Por su parte, en 2018 cabe esperar que continúe el panorama favorable para las manufacturas industriales, especialmente si se confirman las proyecciones de mejor nivel de actividad de Brasil (2,7% en 2018 en comparación con 1% en 2017).

 

En 2017, las cantidades exportadas se ubicaron casi en el mismo nivel que en 2005. Cuatro factores principales se destacan detrás del desempeño exportador de Argentina en la última década. Primero, el conjunto de políticas con sesgo antiexportador de la administración anterior (hasta 2015) restó dinamismo a la oferta exportadora, en particular del sector agroindustrial. Segundo, el desempeño macroeconómico de Brasil, considerando que es el principal destino de exportación (16% de las ventas externas totales en 2017) y de un tercio de las exportaciones de MOI. Tercero, el acceso a los mercados externos está plagado de obstáculos, especialmente en los productos agroindustriales en los que Argentina es más competitiva. Cuarto, la apreciación real del peso conspira contra la producción de bienes transables.

 

  • Recuperación de las importaciones

 

En 2017 las importaciones aumentaron 19,7%, tanto una suba de las cantidades como de precios. Como es sabido, además de los precios relativos, las cantidades importadas dependen del ciclo económico: con la expansión del PBI en 2017, aumentaron todos los usos económicos de las compras externas: las destinadas a la inversión (bienes de capital, piezas y accesorios para bienes de capital); los insumos para la industria local en recuperación (bienes intermedios) y también bienes de consumo y vehículos automotores de pasajeros. El déficit comercial con los dos principales socios –Brasil y China– se profundizó en 2017, por el dinamismo de las importaciones, que conjuntamente representaron 45% de las compras externas totales.

 

La elasticidad de importaciones, definida como el cociente entre la variación de las cantidades importadas y el PBI, se ubicó en torno a cinco en 2017. Es de esperar que en 2018 la elasticidad de las importaciones vuelva a registros compatibles con valores históricos (en torno a 2).

 

 

  • El panorama comercial y de las cuentas externas hacia adelante

 

El 2017 cerró con un resultado comercial de bienes negativo récord medido en dólares corrientes. Hay que remontarse a 1994 para encontrar un déficit mayor con relación al PBI (2,4% en comparación con 1,4% en 2017). Esta situación señala la exigente demanda de divisas que tiene la economía argentina.

 

En ese contexto, surge la pregunta de la viabilidad de ese sendero. En este sentido, sería equivocada una lectura que ponga un énfasis exclusivo en el frente comercial como determinante del desequilibrio de la cuenta corriente. El déficit externo señala un exceso de gasto doméstico sobre el consumo –insuficiencia de ahorro– que se cubre apelando al financiamiento externo. Se trata de un problema macroeconómico y no tan solo comercial. Más aún, tal escasez de ahorro tiene origen fiscal. El sendero que se ha venido recorriendo fue factible porque, por un lado, existe liquidez en los mercados y, por otro, porque las políticas que se han venido aplicando abrieron el camino para el financiamiento del sector público.

 

Mirando al futuro, si el Gobierno permanece en el sendero anunciado de ajuste en la economía pública, queda claro que una expansión de la oferta exportable neta por encima del crecimiento de los factores de absorción ayudaría considerablemente a aliviar las necesidades de financiamiento externo. Sin embargo, la hipótesis de un shock externo favorable de tal magnitud luce poco probable. Es en este contexto que el estancamiento exportador ha devenido en un obstáculo al crecimiento. La dificultad estriba en que las políticas de apoyo a las exportaciones –incluyendo la apertura de mercados, la disminución de costos logísticos y transporte, la reducción de los impuestos y, en general, los instrumentos de apoyo a la producción– constituyen una herramienta necesaria pero no suficiente.

 

Por un lado, su impacto tiene lugar en plazos más largos que las exigencias macroeconómicas. Por otro lado, la posibilidad de alcanzar un mayor dinamismo de las exportaciones depende de la demanda externa y de la inversión doméstica en los sectores transables que, por esta vía, contribuya a la mayor productividad de tales actividades. Sin embargo, la respuesta no es automática. La materialización de estas inversiones se halla estrechamente asociada a precios relativos y niveles de rentabilidad tal que justifiquen la asignación de recursos en tal dirección.

 

Mientras tanto, la economía habrá de transitar un período en el que resulta clave mantener abierto el acceso al financiamiento externo, a pesar de la corrección alcista de la tasa de interés que ha anunciado recientemente la Reserva Federal. Esto supone recorrer un estrecho desfiladero mientras llega la respuesta de inversiones en la producción de bienes transables que lleven a un aumento de las exportaciones y que permitan sortear las actuales restricciones.

 

[1] Bolsa de Cereales de Buenos Aires. Panorama Agrícola Semanal. 8/mar/2018 https://t.co/ OANbGqim4c

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