El nuevo zar de Rusia

Ante la falta de un oponente serio, existe la certeza de que las elecciones presidenciales del 18 de marzo permitirán que Vladimir V. Putin retenga su condición de primer mandatario de la Federación Rusa

 

Por Atilio Molteni Embajador

 

Ante la falta de un oponente serio, existe la certeza de que las elecciones presidenciales del próximo 18 de marzo permitirán que Vladimir V. Putin retenga su condición de primer mandatario de la Federación Rusa. Tal resultado es sólo una consecuencia de la debilidad de las instituciones políticas, cuya configuración responde al estilo y los métodos de este moderno zar de ese país-continente.

 

Putin llegó al poder en forma interina a fines de 1999, tras la forzada renuncia de Boris Yeltsin. En ese momento fungía como primer ministro, puesto al que llegó por su larga trayectoria en los organismos de inteligencia y por su cercanía al grupo próximo a Yeltsin que entonces ejercía el poder, el que aprobó su gestión contra el terrorismo checheno. En marzo de 2000 su designación fue convalidada por la vía electoral (ganó con el 53% de los votos). En 2004 fue reelecto hasta 2008. Ante la imposibilidad legal de un tercer mandato, se maquinó la ficción de promover a Dimitri Medvedev, quien designó a Putin como su primer ministro. Tras una reforma funcional de la Constitución en 2012, salió reelecto como presidente por otros seis años.

 

La presente campaña electoral estuvo signada por un discurso nacionalista e hipercrítico hacia Estados Unidos. El centro del mensaje se orientó a enfatizar el papel de Rusia como centro de poder competitivo en un mundo multipolar, a reformular sus aspiraciones geopolíticas (apoyadas en 4.000 armas nucleares) y al propósito de desacreditar el rol de nación subalterna que pretendía asignarle Washington. Sin embargo, la realidad demuestra que por ahora es una superpotencia declinante, que vive en gran medida de sus exportaciones de energía, con una población que decrece y una estructura militar incomparable con el poderío estadounidense.

 

El sistema político ruso está consustanciado con la figura autocrática y personalista de Putin, que descansa más en el marcado antioccidentalismo que en una ideología de formato estalinista. Es la Rusia de un one-man show, porque el líder adopta las decisiones casi a su antojo, sin siquiera la contención del desaparecido Politburó, de manera análoga a lo que sucedía en 1964, durante el Gobierno de Nikita Kruschev.

 

Los objetivos estructurales que busca consolidar el régimen se orientan a  reforzar su autoridad y popularidad (acorde con la preeminencia cultural rusa de lo que es el Estado y la irrelevancia de la separación de poderes); controlar la economía y la política interna; incrementar el gasto militar con el objetivo de potenciar y modernizar las fuerzas armadas, la industria bélica y su arsenal de armas nucleares; aumentar el poder de los órganos de inteligencia, afianzar el papel de la Iglesia ortodoxa y contener toda fuente autónoma de poder, lo que incluye a los medios de comunicación.

 

Las acciones internacionales de Putin (por ejemplo, en Venezuela) no rehúyen los episodios de intervención o guerra y están motivadas por una percepción dramática de las amenazas eventuales, tratando de asegurar sus intereses con objetivos similares a los que desarrolla Moscú desde los años `50. O sea la destrucción de la unidad de los países occidentales y del sistema global, el deterioro de la relación entre sus pueblos y Gobiernos y el aislamiento de Washington.

 

Hasta 2008, el valor de sus exportaciones de petróleo (Rusia es el segundo productor mundial)  y gas, que constituyen las 2/3 partes del total, originaron un ciclo quinquenal de bonanza económica. Entre 2014 y 2016, la declinación de los precios globales de la energía y las sanciones internacionales apagaron esa burbuja. Recién este año se insinúan tendencias positivas.

 

Con la excusa de restituir su “zona de intereses privilegiados” en los países que antaño integraban la URSS, Europa Oriental, el Cáucaso o en zonas críticas como Oriente Medio, el gobierno ruso decidió reducir la atención hacia sus problemas internos mediante riesgosas acciones militares y políticas. En paralelo buscó impacto global explotando las diferencias que coexisten en la OTAN, en la unidad transatlántica y en la Unión Europea (UE), con el deseo de interferir en los procesos eleccionarios del Viejo Continente por medio de un eficaz aparato de propaganda,  medios sociales y nuevas tecnologías, dando indiscriminado apoyo a movimientos populistas y de extrema derecha.

 

Al ver la inacción occidental ante la intervención rusa en Georgia (2008), Putin utilizó la caída de su aliado Viktor Yanukovich para intervenir en la crisis de Ucrania. Mediante una precisa maniobra militar, logró la secesión y absorción de Crimea, fundando sus acciones en la voluntad de sus habitantes y en el apoyo de la población local rusa hacia el enfoque “Crimea es nuestra”, dando a su pueblo el segundo motivo de orgullo tras la victoria soviética sobre la Alemania nazi. A ese episodio le siguieron los enfrentamientos en el este y sur de Ucrania, donde los separatistas intentaron controlar las regiones de Donetsk y Luhansk con el respaldo de “acciones de guerra híbridas” o ambiguas.

 

En Siria, la intervención militar de septiembre de 2015 en apoyo a Al-Assad, convirtió a Moscú en un operador central de la seguridad de la región y hoy su influencia es visible en todo Oriente Medio, porque no sólo preside los esfuerzos para limitar la guerra civil en ese país, sino también se inserta en el volátil tema curdo, en la medialuna chiíta iraní, o participa decididamente en negociaciones con Arabia Saudita y los países del Golfo, mientras Egipto e Israel definen entendimientos con el Kremlin y Turquía mastica la opción de establecer un eje estratégico con Putin.

 

Todo ello sugiere que Argentina no debería tomar a la ligera sus relaciones con Moscú. No puede ignorar que está frente a un país que es un actor global, empeñado en proyectar su poder con el objetivo de esmerilar el orden liberal y reflotar una nueva Guerra Fría con Estados Unidos. Moscú hace sus apuestas haciendo pie en la amenaza de producir nuevas e invencibles armas nucleares y en la voluntad de manipular su capacidad cibernética. La experiencia indica que el Kremlin no dilapida las oportunidades y explota las flaquezas de sus contrapartes para consolidar sus intereses políticos y económicos, como lo demuestra el apoyo al insólito régimen de Nicolás Maduro. El Kremlin hoy no brinda un terreno fértil para una alianza estratégica, por lo que nuestros vínculos bilaterales deberían ser positivos y muy cuidadosos, a la espera de tiempos mejores.

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