Negociemos mano a mano

La reunión Trump-Kim Jong-un puede ser positiva si abre el camino a la diplomacia y un prerrequisito de ese proceso es que Washington adopte un enfoque cuidadoso

 

Por Atilio Molteni Embajador

 

Durante el primer año de su mandato, las acciones internacionales del presidente Donald Trump estuvieron contenidas por la opinión de miembros relevantes de su Gabinete que asignaron relevancia al liderazgo y a la orientación tradicional de Estados Unidos.

 

Como lo demuestra el despido del secretario de Estado Rex Tillerson, y su reemplazo por Mike Pompeo, que a diferencia de su antecesor tiene mucha empatía con las ideas y objetivos del presidente, tal escenario está cambiando a la velocidad del sonido. Sólo con ver cómo administra su conducta ante el tema más peligroso del tablero mundial, la crisis con Corea del Norte (RPDC), exime de sumar otros antecedentes para demostrar que Trump se distingue por una constante e inquietante falta de previsibilidad.

 

Por espacio de un cuarto de siglo años, los intentos de los presidentes Clinton, Bush y Obama dirigidos a negociar un mecanismo de desnuclearización con ese país, fracasaron estruendosamente. RPDC llevó a cabo seis ensayos nucleares de creciente potencia desde 2006. El 28 de noviembre de 2017 superó sus antecedentes cuando lanzó un misil Hwasong, capaz de llegar a la costa oeste de Estados Unidos, planteando un grave problema geopolítico y demostrando, en pocas palabras, que la capacidad y los avances de Pyongyang no pueden ser ignorados.

 

Durante su campaña electoral, Trump aludió a la posibilidad de negociar directamente con Kim Jong-un. Una vez en el Gobierno, criticó duramente a Pyongyang por sus pruebas nucleares y los ensayos de misiles. Nadie duda de que se trata de un país extremadamente totalitario, que fomenta el terrorismo y es dirigido por un gobernante irracional y brutal. Si bien ante el mundo Kim utiliza una retórica belicosa fundada en la posesión de esas armas, procura no acabar como otros dictadores de igual calaña.

 

Aunque a principios de 2017 Trump y Xi Jinping convinieron en cooperar para lograr un rumbo diferente ante ese problema, China aplicó muy gradualmente las sanciones necesarias para contener a su vecino. Quizás no lo considera un problema que deba resolver por sí misma, pues trata de evitar que el colapso del régimen le depare un gigantesco caos posterior, y la posibilidad de que este desarrollo afecte sus intereses estratégicos. Pero no obstante su alianza con RPDC durante la Guerra Fría, existen signos de deterioro en esas relaciones bilaterales. Beijing sabe que la condición de potencia nuclear con objetivos propios de este último país, acentúa la inestabilidad regional, sin que ello disminuya su total dependencia de la energía, los alimentos y el comercio chinos.

 

Por otra parte, con las pruebas de misiles y las amenazas de un ataque nuclear, también aumentó la inseguridad de los aliados de Estados Unidos. Tanto Japón como Corea del Sur esperan que Washington continúe asegurando la disuasión estratégica en el Asia. Sin embargo, no existe ninguna buena opción militar respecto de la RPDC, debido a que sus fuerzas armadas podrían infligir daños muy importantes a Seúl antes de que se puedan neutralizar sus capacidades. Japón no escapa al alcance de esos misiles.

 

EE.UU. debe coordinar sus posiciones con Corea del Sur, Japón y otros aliados regionales, mientras mantiene su presencia militar en la región

 

Washington advirtió al régimen de Kim Jong-un de que todas sus opciones están sobre la mesa y que la era de “la paciencia estratégica terminó”. Trump amenazó con “fuego y una furia jamás vista en el mundo” y agregó que Pyongyang estaba “clamando por guerra”. En otras declaraciones terminantes ante la ONU, denunció a Kim (lo calificó de “hombre-cohete”) por provocar al mundo entero con una impensable pérdida de vidas, subrayando que ante la necesidad de defenderse y defender a sus aliados, no tendría otra opción que un ataque preventivo a la RPDC.

 

La Casa Blanca sabe que el camino razonable es intentar una diplomacia heterodoxa, basada en una fuerte presión política y económica que sirva para fortalecer el aislamiento de Corea del Norte. En el transcurso de 2017, el Consejo de Seguridad impuso cuatro conjuntos de sanciones, que esmerilan sin cesar la capacidad del régimen coreano. Por otro lado, algunos analistas destacan que Kim es un asesino, pero no un suicida, de modo que, a pesar de sus declaraciones agresivas, no parece desconocer las terribles consecuencias de un ataque preventivo.

 

En febrero pasado emergió un hecho inesperado. Atletas norcoreanos participaron en las Olimpiadas de Invierno en Pyeongchang y dos altos funcionarios de Corea del Sur visitaron al dictador norcoreano. El 6 de marzo, Kim Jong-un les dijo que estaba dispuesto a conversar sobre la posibilidad de desnuclearizar la península y normalizar sin precondiciones las relaciones bilaterales, al tiempo de señalar que si Trump se reunía con él, podrían concretar un avance histórico. Días después, los enviados de Corea del Sur se reunieron con el presidente Trump, quien de inmediato aceptó el ofrecimiento (condicionado por la Casa Blanca a la adopción de medidas concretas y verificables –y a la no realización de pruebas nucleares o misilísticas-). La reunión tendría lugar en mayo, en una locación a determinar y será precedida por una cumbre de los dos líderes coreanos en Panmunjom.

 

La antedicha reunión puede ser positiva si abre el camino a la diplomacia. Un prerrequisito de este proceso es que Washington adopte un enfoque cuidadoso. Debido a las muchas experiencias negativas acumuladas en anteriores intentos, es preciso que esta operación sea organizada por un grupo negociador altamente calificado (ahora inexistente ante el caos y las vacantes no cubiertas en el Departamento de Estado), adopte una agenda comprensiva y una estrategia para alcanzar objetivos muy estrictos. Por su lado, los norcoreanos tienen sus propios designios, los que incluyen el deseo de evitar el colapso de su régimen, demorar la unificación de la Península y obtener ventajas económicas para su pueblo.

 

La comunidad internacional no esconde su especial interés por esta negociación. Es consciente de que la paz del planeta no es ajena al resultado de dicho esfuerzo, el que demandará un proceso será prolongado, ya que el abandono por parte de Corea del Norte de sus armas nucleares y misilísticas, su regreso al TNP y a la OIEA como condición previa a la normalización de las relaciones, y el levantamiento de las sanciones existentes, incluye problemas sensibles referidos a la península coreana.

 

A su vez, Estados Unidos debe coordinar sus posiciones con Corea del Sur, Japón y otros aliados regionales, mientras mantiene su presencia militar en la región. Un problema adicional es la posición del presidente Trump con relación al Acuerdo Nuclear con Irán, respecto del que amenazó con retirarse. El habitante de la oficina oval no debería limitarse a buscar resultados políticos inmediatos y actuar, como lo hace frecuentemente, por medio de los tweets.

 

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