Marketing y enemigos

Cabrera les dijo a los industriales que “dejen de llorar e inviertan”. Castigo mediático seguido de una orden. ¿Y la política? ¿Así se logran las inversiones en el mundo desarrollado?

 

Por Carlos  Leyba 

 

La ductilidad estratégica de Mauricio Macri –o de Jaime Durán Barba– lo llevó, en un primer momento, a negar el peso de la herencia.

 

No fue un acto de caridad sino una estrategia para mantener viva la campaña electoral que todos los males se debían a la desconfianza de los capitalistas, no sobre la realidad económica y financiera del país, sino sobre los que lo conducían.

 

La esperanza se basaba en el reemplazo. Con la elección ganada la panacea estaba sobre el mostrador: la confianza había llegado.

 

El destacado politólogo Luis Tonelli dijo más o menos que “Llegaron subestimando los problemas y sobreestimando sus capacidades”.

 

La consecuencia del triunfo era que, reemplazadas las horribles personas que conducían por otras personas exitosas, probas, “el mejor equipo en cincuenta años”, las inversiones  se desparramarían con energía inusitada. Aunque cueste creerlo el “marco teórico” era: confianza = inversiones. No había que  poner en marcha política alguna.

 

Guido Di Tella, en los ‘90, declaró “la mejor política industrial es no tener ninguna”. Los reclutados de la Fundación Pensar, al llegar al Gobierno, creían que “la mejor política de atracción de inversiones  es no tener ninguna”. Di Tella creía que los “mercados liberados a la Cavallo” nos darían la industria que merecíamos. Y el PRO entendía que “los mercados” más “la confianza” nos darían la inversión que merecemos.

 

Con Carlos Menem la industria fue bombardeada sin disponer de refugio alguno y la sobreviviente pena a la que el ministro Francisco Cabrera llamó “llanto”.

 

Con Mauricio Macri la inversión real todavía no llegó, excepto –como siempre– allí donde la naturaleza (no la confianza) o los regímenes especiales (no los mercados) la atraen.

 

Volvamos a la negación de la herencia. Los diseñadores del marketing, lo central de la política PRO, le preguntaban a los militantes con instintos políticos rebelados ante la ausencia del inventario recibido. ¿Para qué meterle mala onda al “cambio” recién llegado? ¿Para qué amortiguar la alegría del éxito?.

 

El cambio predicado era el crecimiento asociado a la expansión del aparato productivo. Y el triunfo y la llegada en diciembre de 2015 aseguraban la línea “de la confianza a la inversión y de ahí a la expansión del aparato y crecimiento. Lo principal estaba hecho: ganar y asumir el poder.

 

Con la confianza, el aluvión de inversiones y dólares. La convicción era tal que desde el primer día se preparó el blanqueo para que, además de los inversores blancos que llegarían de inmediato, se habilitara el regreso de los inversores negros.

 

Sin duda que el único cambio de raíz, en la economía presente, la heredada y conservada, será la expansión del aparato productivo, la revolución de las inversiones.

 

Sin duda el boom de las inversiones productivas es “la” medicina necesaria, tal vez insuficiente, pero sin ella nada mejor que el presente será posible.

 

Las inversiones, para el gobierno, serán consecuencia del marketing de la confianza. “El marketing” (y las redes) lo pueden todo y “las políticas” se tornan redundantes.

 

El 7 de marzo, en Salta, en una reunión del Business-20, preparatoria al próximo G-20 a realizarse en Argentina, Gustavo Weiss, de la Cámara Argentina de la Construcción, dice La Nación reveló que “la inversión desde 1980 a la fecha es negativa porque la amortización del capital fue superior al incremento del capital”.

 

Más allá de las cifras que puedan respaldar tal afirmación, no cabe duda que el aserto refleja el enorme deterioro de la calidad (productividady actualización) de la estructura productiva; la gigantesca destrucción de capital; el bajísimo nivel de capital por persona ocupada y la masa gigantesca de fuerza de trabajo para la que no hay disponible capital que multiplique, en términos productivos, el esfuerzo humano.

 

Eso explica el estancamiento de largo plazo y el hecho que hace muchos años que nuestro PBI por habitante no crece. La larga duración del estancamiento es fuente de conflictividad social.

 

Acertado propósito. Error de diagnosticar que la “confianza” en el equipo podría cambiar la tendencia a “desinvertir” en términos netos que señaló Weiss en Salta.

 

De aquella operación de marketing importa señalar que la ausencia de inversiones está liquidando los retazos de confianza que el Gobierno había obtenido en la primera elección y ratificado en la segunda.

 

La encuesta difundida a fines de febrero, de una consultora líder y muy afín a Cambiemos, señala que las expectativas positivas respecto del futuro global del país descendieron, y consultan a sólo el 38% de los entrevistados. Sólo el 31% cree que nos espera un año mejor y apenas el 22% valora positivamente la situación económica actual.

 

Caen la imagen del Gobierno y buena sólo la tiene un tercio de los encuestados y los consumidores han perdido 3% de la confianza mientras el promedio supone que la inflación del año estará en 30%. Sólo el 25% tiene una visión positiva de la situación general. Mientras que lo que la consultora llama “índice de optimismo ciudadano” se mantiene en zona pesimista.

 

La confianza que debía traducirse en inversiones no se tradujo y la consecuencia es el deterioro de la confianza.

 

Esto obliga al Gobierno a pensar que hace falta una política para lograr las inversiones para reestablecer la confianza inicial. El sólo pensar “una política de inversiones” es, para este Gobierno, un cambio de concepción. Cambio imprescindible.

 

Veamos porque. El discurso de confianza como factor de cambio llevó a Alfonso Prat Gay a sostener que la liberación del mercado cambiario no tendría consecuencias en los precios porque los mismos ya estaban alineados al nivel del dólar paralelo. No fue así. La inflación del primer año PRO fue mucho mayor que la de 2015 y quedaban en el tintero ajustes de precios relativos que, aquí y en Marte, se resuelven con la suba de los promedios.

 

La estrategia de liberación estuvo asociada a la idea de un solo tipo de cambio, con eliminación de las retenciones a las exportaciones y por lo tanto un impacto amplificador de la devaluación en todos los productos exportables, lo que operó como un acelerador de la inflación que querían contener.

 

Pero no sólo eso. A pesar de haber denunciado penalmente (el entonces ministro) a CFK por haber habilitado las escandalosas operaciones de dólar futuro, el gobierno decidió pagar $55.000 millones de pesos (a valores de hoy suenan a $100.000 millones) de ganancia de lotería con número cantado, a los especuladores financieros locales. Naturalmente esa “creación monetaria de la nada misma” –innecesaria y de dudosa moral– hubo que aplacarla con el método de la tasa de interés que implica, a través de la colocación de Lebac, que las entidades financieras las adquieren – entre otros fondos – con los depósitos en cuenta corriente y caja de ahorro que le cuestan cero pesos. Esas gigantescas transferencias de ingresos – innecesarias e injustificadas– alimentaron la tensión monetaria y la controversia entre tasa de interés, retraso cambiario y lucha contra la inflación. Pero nada de inversión. La confianza no resultó.

 

La pérdida de imagen y el riesgo de poder perder el poder, a pesar de no haber contrincante que se presente en la cancha, obligó a un cambio de estrategia de marketing.

 

Apareció la herencia asociada a la mega corrupción simbolizada en los “bolsos de López” y el delirio de los movimientos de recursos fiscales para enriquecer a los “emprendedores” amigos del gobierno con indicios de estar asociados a lo más encumbrado del poder.

 

Una doble Nelson sobre el pasado: “herencia económico social” muy difícil de digerir y la corrupción comprensible hasta para lectores de Upa.

 

Esa fue la tardía estrategia de marketing de demoler el pasado para que no intente volver. Pero no alcanzó.

 

Después del mal trago de las jubilaciones, el marketing  mutó a la combinación de demonización del sindicalismo, generalizando sin fundamento la conducta mafiosa de muchos dirigentes a la totalidad del movimiento obrero más el ataque endemoniando al Papa Francisco condenando, en definitiva, su vocación por la presencia de la Iglesia en los sectores más desprotegidos de la sociedad, mensaje –por otra parte– universal. Al respecto fue sorprendente (y honesta) el silencio del principal difamador de Francisco, el periodista Jorge Fernández Díaz, cuando Marcelo Larraqui en una entrevista en La Nación+ desarmaba con especial refinamiento una tras otra las consignas patoteras de Fernández Díaz: imperdible.

 

Pero a pesar de las andanadas disparadas por todos los medios afines, que no son pocos, contra los que critican la gestión, el foco de la sociedad, como consigna la encuesta de marras, sigue en el camino de la pérdida de la confianza y la crítica de la situación actual.

 

Al Papa y al sindicalismo se le agrega ahora un nuevo enemigo. El ministro de Producción les dijo a los industriales “dejen de llorar e inviertan”. Castigo mediático seguido de una orden.

 

¿Y la política? ¿Así se logran las inversiones en el mundo desarrollado?

 

Usando el método una de cal y otra de arena, el Presidente, después del exabrupto (coincidente con la acusación y detención de un ex presidente de la UIA por delitos de corrupción asociados al gobierno K), ha llamado al diálogo a los empresarios.

 

Por su parte Jorge Triaca viaja con algunos dirigentes sindicales por Europa.

 

Pero Mauricio a Francisco, que no tiene votos, lo hostiga con la promoción del aborto. Ahora devela que tan mal no le parece “el aborto libre y gratuito”. En ese mar se cosechan votos.

 

El abuso de marketing ha trastocado el sentido del ejercicio de la política. Pero también ha diluido la confianza.

 

La mejor reacción sería ejecutar “políticas” para lograr objetivos. Política para la inversión, como todos los países y otra de defensa del trabajo y la producción nacional.

 

Ese es el mejor marketing y no el de generar enemigos, porque el verdadero enemigo es el de los problemas reales y el poder se tiene para hacer las políticas que los derrotan.

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