Las guerras comerciales también son guerras

Esperemos que la experiencia de los ’30 ayude a Trump a evitar, casi cien años después, males mayores

 

Por Eduardo R. Ablin Embajador

 

Según el presidente Donald Trump “las guerras comerciales son buenas, y fáciles de ganar”. ¿Pensaría el presidente Herbert Hoover lo mismo ante la petición de mil economistas de prestigiosas universidades de Estados Unidos de vetar la Ley Smoot-Hawley en 1930? Los académicos advertían que se trataba de una norma nociva por sus severas consecuencias, y anticipaban que el enorme aumento de los aranceles afectaría los costos de producción y precios domésticos, deterioraría los ingresos de la población y desencadenaría una crisis internacional.

 

Como en 2016, el proteccionismo y la inmigración monopolizaron la campaña electoral de 1928. La Ley Arancelaria (“Tariff Act”) de 1930 –conocida como Ley Smoot-Hawley– elevó masivamente la protección comercial, presumiendo así mitigar los efectos de la Gran Depresión.

 

El incremento originalmente destinado a resguardar al sector agrícola de la deflación mundial de precios devino –luego de la crisis financiera y de mercado de valores de 1929– en la protección arancelaria generalizada más elevada de la historia estadounidense, con fuerte impacto sobre el comercio internacional, dada la condición de primer importador mundial de EE.UU.

 

Muchas contrapartes reorientaron sus flujos comerciales generando graves desequilibrios, una competencia desenfrenada y sobreproducción sin mercados. La Ley –ícono del aislacionismo económico– benefició a corto plazo a los agricultores e industrias de EE.UU., aunque la espiral de represalias arancelarias pronto perjudicó la exportación. En un marco de proteccionismo creciente, la economía mundial derivó en 1931 hacia una inevitable crisis financiera. Inglaterra –afectada por la interrupción de la cadena de pagos de las deudas soberanas– debió abandonar el patrón oro y dejar flotar la libra esterlina mientras muchos países recurrían al bilateralismo, devaluaciones competitivas, cuotas y otras medidas restrictivas en materia de comercio y pagos.

 

Casi cien años después

 

El Gobierno de Trump pretendió acordar con la República Popular China (RPC) un plan para reducir el creciente déficit bilateral de US$ 375.000 millones (2017), pero la falta de progreso apresuró la imposición de aranceles sobre el acero y aluminio, cuya sobreproducción se atribuye a China. Ahora se analizan aranceles punitorios sobre importaciones de origen chino, fundados en una investigación del Departamento de Comercio bajo la Sección 301 de la Ley de Comercio de 1974 –normativa autónoma que autoriza represalias ante acciones en materia de propiedad intelectual contrarias a empresas de EE.UU–.

 

Se apunta así a las políticas de inversión en la RPC, que obligan a las empresas foráneas a transferir a sus forzados socios locales tecnología sensible como contrapartida para permitir su radicación. La oficina del representante para el comercio exterior (USTR) valuó la tecnología cedida en US$ 30.000 millones, duplicando otras fuentes dicha cifra, que la Casa Blanca validaría para aplicar aranceles resarcitorios sobre productos tecnológicos para consumo y telecomunicaciones. Otros sectores bajo examen incluirían a textiles, calzado, juguetes y muebles, mientras se contemplarían restricciones a las inversiones chinas en EE.UU. e inclusive a las visas estudiantiles.

 

Aunque sectores empresariales presionan para accionar contra las políticas industriales de la RPC, la Cámara de Comercio de los EE.UU. advirtió contra los aranceles masivos sobre productos chinos, alertando acerca del daño a los consumidores así como el peligro de una destructiva guerra comercial con serias implicancias para el crecimiento económico y creación de empleo interno, así como para el principal destino de las exportaciones agrícolas.

 

Un ataque directo sobre el modelo industrial chino implica escalar la dimensión del conflicto y obvias contramedidas, perturbadoras del comercio internacional y los mercados de valores Más aún si EE.UU. intenta soslayar las reglas de la Organización Mundial del Comercio.

 

La lección del ‘30

 

Entre 1930-1933, EE.UU. vio reducirse 66% sus importaciones y 61% sus exportaciones, alcanzando el desempleo 25%. La Conferencia Económica Mundial de la Liga de las Naciones ya había llamado, en 1927, a la reducción de barreras comerciales, advirtiendo que “guerras arancelarias” no cosecharían la paz mundial.

 

Lo demás es conocido, ya que la “guerra comercial” desatada por el Gobierno de Hoover no resultó un antecedente menor en la gestación de la Segunda Guerra Mundial.

 

Ganarla no fue precisamente fácil y, como vencedor, EE.UU. intentó forjar un sistema financiero y comercial multilateral que, 70 años después, parece dispuesto a tirar por la borda. Nada permite imaginar que la historia pueda repetirse. La estructura económicofinanciera mundial dista de asemejarse a la de los ‘30, aunque rememorar los hechos tal vez pudiera ayudar a Trump a evitar males mayores.

 

Las opiniones vertidas son de exclusiva responsabilidad del autor y no comprometen a la institución en la cual se desempeña.

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