La economía de las soluciones mágicas

Si se quiere diferenciar a profesionales con mayor o menor criterio científico, una forma es verificando hasta qué punto las propuestas incluyen preguntas, dudas y detalles

 

Por Pablo Mira Economista

 

Argentina es un país repleto de problemas (igual que la mayoría de los países), y es normal que sea difícil resolverlos todos ellos al mismo tiempo. Pero hay algo peor, como los problemas están entremezclados, solemos encontrarnos con dilemas: al querer solucionar un conflicto, empeoramos otro. Este tipo de complicación resulta típica cuando se trata de resolver problemas económicos.

 

Ríos de tinta se han gastado escribiendo sobre si la economía es una ciencia o no. La ciencia es un método (el “método científico”), de modo que si la economía impulsa el método científico, debería ser considerada como tal. Pero, lamentablemente, no todos los académicos respetan ese método (por ignorancia o mala praxis), y no todos las preguntas en economía pueden tratarse científicamente (por no tener suficiente validación empírica, por ejemplo). Aun así, hay un aspecto, o un metaaspecto de la economía que sí puede considerarse científico: la idea de que en nuestra disciplina la mayoría de las decisiones son dilemáticas, es decir, que ganan por un lado pero tienen costos por otros. En otras palabras, en economía no hay soluciones mágicas sin costos asociados o sin daños colaterales, y esta es la mejor aproximación científica de la que dispone nuestra profesión.

 

El epítome de la ausencia de soluciones mágicas empíricas son las llamadas “restricciones presupuestarias”, que en esencia nos dicen que no se puede gastar más de lo que se tiene hoy o se tendrá mañana. Alguien que prometa más jubilaciones, menos impuestos, menos emisión y menos deuda, está prometiendo una solución mágica. Pero también hay soluciones mágicas teóricas, que son las que se aferran a una única idea acerca de cómo funciona el mundo y que pretenden tener una solución simple y automática a todo lo malo que nos pasa.

 

Todos las hemos escuchado: la educación es la clave del desarrollo, la inflación es un fenómeno que se soluciona controlando solamente la cantidad de dinero, la industrialización es la única estrategia para crecer, el problema de la Argentina son los argentinos. Todos ejemplos de soluciones mágicas, aunque en este caso no por falsos, sino por parciales. Primero, porque estos determinantes únicos olvidan otros también muy importantes. Segundo, porque estas soluciones no suelen explicar con precisión las herramientas y los pasos concretos para llevar adelante el plan. Tercero, porque no se explicitan las circunstancias que podrían no llevar al fracaso de esa política. Y cuarto, porque no se aclaran los costos asociados a esa intervención.

 

Consideremos la afirmación de que la educación es la clave del desarrollo. ¿Estamos seguros de que no es necesaria la tecnología o la inversión pública y privada para el mismo fin? ¿Cómo traducimos “mejor educación” en la práctica: gastando más en los docentes, cambiando los planes de estudio o revisando toda la lógica escolar? ¿Qué hacemos si procurando mejorar la educación aparece una nueva teoría sobre cómo educar, o un shock de inteligencia artificial que nos obliga a repensar toda la estrategia? ¿Y cuánto cuesta mejorar la educación, quien lo va a pagar y cómo? La magia de la solución no está en las conexiones propuestas, que pueden ser correctas, sino en evitar el diablo de los detalles.

 

Si usted quiere diferenciar entre profesionales de la economía con mayor o menor criterio científico, una buena forma de hacerlo es verificando hasta qué punto las propuestas todoterreno incluyen preguntas, dudas y detalles. Si no encuentra en el discurso nada de eso, usted está ante un mago. Disfrute del espectáculo, pero no crea nada de lo que ve.

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