Fútbol y quimera, política y utopía

Mauricio tiene una convicción futbolera, ámbito que, admitió, le ha enseñado más que la política: cree tener “el mejor equipo de la Historia”. Pero hasta ahora no ha hecho goles…a favor

 

Por Carlos Leyba

 

Los dirigentes políticos, para ser aceptados como líderes populares, entre otras tangentes, siempre han confesado una pasión futbolística, verdadera o falsa. Pasión que, con el paso del tiempo, con la profesionalización o el merchandising, ha logrado cruzar todas las clases sociales.

 

Sin exagerar, la aspiración de muchos padres es tener un hijo crack y, por qué no, una hija estrella. Ha quedado derogado aquello de “m’ hijo el dotor”.

 

Se trata del éxito y que la progenie disfrute las mieles de la fama, el dinero, la buena vida. No de todos, pero está en los sueños de muchos.

 

La política, antes, conectaba con el público, entre otras cosas, con el fútbol que ahora, además, representa sueños de progenie. Los políticos necesitan ser parte del fútbol para completarse.

 

Ser dirigente de fútbol es un escalón de la política. Lo es para empresarios como Mauricio Macri o Carlos Heller.  O, para la vida sindical, Hugo Moyano o Luis Barrionuevo. O para consolidar poder como es el caso de Aníbal Fernández o Daniel Angelicci.

 

El trampolín

 

Ninguno se detiene en el fútbol. Es un trampolín.  Banqueros y empresarios buscan el control de esas organizaciones para alimentar sus aspiraciones (y popularidad) políticas para complementar su poder económico.

 

Es que el fútbol pasó de entretenimiento y deporte a adhesión de multitudes. La política pesca en las multitudes. No para “pensar el país” o para hacer pedagogía de una visión de patria. No no.

 

Van a las tribunas a sumar votos. Sin votos no hay poder. Y sin poder –el poco que le queda al Estado en la globalización– no hay política.

 

¿Qué aprenden en ese pasaje iniciático del fútbol? Hasta no hace tanto se entrenaban en las luchas universitarias y en ellas el debate era por las visiones del todo. Las nefastas interrupciones de la precaria democracia se gestaban en los cuarteles.

 

El fútbol paga en términos de popularidad y entonces comienza el cachondeo con Marcelo Tinelli. Tendremos un hombre de estado… público. No confundir con un “hombre de Estado” que el fútbol, ni por asomo, puede formar. El fútbol forma equipos para ganarle a otros. La política, no. Constituye equipos con la misión de que ganen todos. El fútbol ha puesto potencia de multitudes en una oleada de insultos, desagradables y estúpidos, dirigidos al Presidente.

 

Los sociólogos reflexionan origen y consecuencias. Los periodistas deportivos han dialogado con nuestro Presidente, un hombre del fútbol, por el fútbol y, tal vez, para el fútbol.

 

Sebastián Fest, en La Nación (26/2), logró definiciones de Mauricio Macri. Fest escribe: “El Presidente está convencido de que todo lo que sabe de política lo aprendió en el fútbol y que la política no le enseñó nada nuevo”. Y si Julio Grondona “se hubiera dedicado a la política, no habría habido Perón, Evita, ni Yrigoyen. Estaríamos hablando de Grondona”. ¿Qué tal?

 

Los periodistas asocian a Grondona con un “capo mafia” y no con un líder de “la política” (menos mal) a la manera de los creadores del radicalismo y el peronismo.

 

Cuando Mauricio dice “política” –si su modelo, como parece, es Grondona– seguramente dice “habilidad para lograr, mantener y usar el poder”. En este contexto “poder” es más sustantivo que verbo.

 

Fútbol y política

 

En el fútbol, el “verbo” lo ponen los DT y los jugadores. Pero en política “el verbo” (poder hacer las cosas) requiere ideales, visión, estrategia, planes que, en el fútbol, no se conjugan como sí en la política que se ocupa de la Nación.

 

La política va por el bien común, el fútbol por el triunfo de uno de los contrincantes. Las lógicas no son iguales. No es lo mismo querer ganar que querer el bien común.

 

Los intelectuales del macrismo, que los hay, deberían prestar atención a estas definiciones.

 

Será que así como el mejor negocio futbolístico son las divisiones inferiores, ¿participar en las organizaciones del futbol será el mejor modo de formar esa clase de dirigentes que el país necesita?

 

¿Es el pasaje iniciático de los nuevos dirigentes por los clubes de todo el país la clave del cambio? ¿Ahí está el semillero? ¿No hay nada más que aprender? El modelo de éxito, ¿es el estilo Grondona, el sabio del “todo pasa”, aquel que no le hacía asco a nada? ¿Consolidarse adentro aliado con bases externas?

 

¿Es esta una lección de pragmatismo que demuele esa pérdida de tiempo de intelectuales provocando el pensamiento de las políticas públicas?

 

No es una broma. La “fuente fútbol” del equipo PRO es importante. La vieja SIDE fue confiada a un hombre del fútbol; V. Díaz Gilligan estaba vinculado a la compra-venta de jugadores; el ministro de Modernización trabajó en Boca; diputados, candidatos, etcétera. Mucho fútbol.

 

Fútbol es “equipo”. Y Mauricio tiene una convicción. No un programa en sentido estricto. Su convicción es futbolera: cree tener el “el mejor equipo de la Historia”. Equipo que hasta ahora no ha hecho goles a favor.

 

Carlos Menem buscó otros semilleros de éxito: cantantes, deporte acuático, y más. Ambos, Menem y Macri,  tuvieron algo de griegos a la mitad. Aplicaron “corpore sano”, imprescindible para el buen fútbol, la náutica, el canto.

 

Sin programa, en la charla con La Nación, Mauricio reveló su sueño. Seguramente podrá seguir otro período por ausencia del contrincante. Un triunfo por default consolidando su fuerza política. Tal vez engulla al radicalismo de Hipólito Yrigoyen y demuela al peronismo de Juan y Eva. No será Grondona, pero si hace lo antedicho, concretará su presagio sobre el jefe del fútbol.

 

Dijo Macri: “Ser presidente de Boca fue más difícil que presidir Argentina”. Todos dicen que en “el club” le fue bárbaro. Así que deberíamos confiar que en esto, que es más fácil para él, le irá bárbaro aquí también.

 

Obvio, las condiciones climáticas pueden generar una derrota en fútbol. Pero eso no es nada comparado con si te toca una sequía. Y puede que alguna condición externa te afecte. Pero en fútbol no te mata la suba de la tasa de interés o la complejidad de los mercados, la debilidad de Brasil, la manifestación de los ganaderos franceses o la política proteccionista de Donald Trump.

 

Es obvio que el Presidente lo sabe. Pero no sabemos que le pudo haber enseñado el fútbol acerca de eso. El dice que la política no le enseñó nada.

 

Lo que está en su cabeza es un sueño. Macri le dijo al periodista que su sueño es que Argentina “en quince años, sea como Canadá o Australia”.

 

Todos alguna vez escuchamos la frustración de haber sido alguna vez “como Canadá o como Australia” y haberlo, supuestamente, dejado de ser. Muchos economistas serios. Me acuerdo de Héctor Diéguez de la primera camada de discípulos de Julio H. G. Olivera y de sus notas sobre este tema que tanto ha ocupado a profesionales y que conforma una suerte de melodía de frustración. Y ahora es un entusiasmo PRO.

 

Hace un año Mauricio nos informó que la pobreza sería derrotada en veinte años.  Para volver al número de pobres de 1974, en veinte años, tendríamos que reducir la pobreza 13% cada año.

 

Sin ese logro no podríamos ser “como Canadá o Australia” así creciéramos vertiginosamente.

 

Crecer generando o manteniendo pobreza, no nos hace como Canadá o Australia.

 

Para ponerlo claro. Imaginemos que somos  nueve personas corriendo tomados todos de la mano. Unas son más lentas que otras. Cuatro de cada lado y en el medio el más veloz empujando. La velocidad está limitada por la de los más lentos. Y si el propósito es que todos lleguen, la velocidad será menor que la del más veloz.

 

Si los pobres, los que corren lento, tienen que avanzar 13% por año para terminar con la pobreza, imagine la velocidad necesaria de los ligeros.

 

Si ocurriera el 13% de reducción anual, en veinte años podría dejar la pobreza en menos 1 millón de personas. Retornar a lo que alguna vez fuimos.

 

En materia social, el mejor futuro es volver al pasado. La lógica de un país decadente, el que aun somos, implica que, para romper esa condena, hay que terminar con la pobreza aunque sea, como aspira Macri, en veinte años.

 

Esos números hablan que, en materia de estructura social, educativa y laboral, tenemos que salir de un pantano.

 

Ahora Macri nos dice que en 15 años tenemos que ser como Canadá o Australia. Hoy nuestro PIB por habitante es el 19% del de Canadá y 16% del de Australia.

 

El ministro Nicolás Dujovne y el propio Macri, se proponen crecer 3% durante veinte años. En términos por habitante esa tasa se reduce a 2%. A ese ritmo, y suponiendo que Australia y Canadá no crezcan, en 15 años tendremos un PIB por habitante que será…el 26% del de Canadá y el 22% del de Australia.

 

El ideal de Mauricio es incompatible con la estrategia de Dujovne.

 

Es que para aproximarnos a esos países en quince años hay que crecer 13% anual por habitante. Más que el doble que en China. Y tenemos que hacerlo bajando la pobreza.

 

Hechos y planes

 

No contamos con superrecursos de trabajo (mire las estadísticas educativas)  y tampoco con “super” recursos naturales. Según el Banco Mundial, nuestro capital natural por habitante es de US$ 16.185 y menor que el de Chile (U$S 55.113), Brasil (U$S 36.978), Uruguay (U$S 22.001), Paraguay (U$S 21.358) o Bolivia, que tiene US$ 17.527. Australia dispone de recursos naturales por habitante de US$ 180.792 y Canadá US$ 54.438.

 

No es cuestión de bajar las aspiraciones sino de pensar la estrategia para lograrlas.

 

No somos el país del ganado y de las mieses, ni tampoco el de la minería.

 

Perdimos el liderazgo social y educativo en la región.

 

Y fugamos el excedente de capital y lo seguimos haciendo. Conclusión, hace falta más que “la política” que enseña el fútbol, que no es poca cosa, para superar esas carencias. La lógica del fútbol ha demostrado que sirve para correr con un tenedor a los taitas de la política. Eso es verdad.

 

Para construir un país noble, serio, vida buena para todos, la escasez nos condiciona. Falta un plan y un consenso. Más plan y más consenso cuanto mayores sean las aspiraciones.

 

Eso no lo enseña el fútbol “para ganar” sino la política del bien común. ¿Dónde se aprende que quimera no es utopía?

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